Juan Oviedo Bernal

Después del triunfo arrollador de julio último, AMLO ganó con más de 30 millones de votos, lo que le permitió obtener una inmensa mayoría calificada en la Cámara de Diputados y también ejercer el control total en la de Senadores y, para no dejar ningún control adicional, también refrendó triunfos de mayoría relativa en más de la mitad de los congresos locales y se alzó con el triunfo también en siete de ocho gubernaturas en juego. Y no se diga en ayuntamientos, sindicaturas y regidurías. Un triunfo de inmensa mayoría, similar únicamente, como en los mejores tiempos del otrora partidazo tricolor, triunfos que sellaban así el más puro estilo para gobernar, de un presidencialismo fuerte y abusivo que le ganó el mote de “la dictadura perfecta”, según la apreciación de otro gran representante de la derecha latinoamericana, el escritor peruano y fallido candidato presidencial, Mario Vargas Llosa.

Sin duda que diversos autores académicos mexicanos, desde los tiempos de Arnaldo Córdoba y Adolfo Gilly, pasando por Roger Bartra o Jorge Carpizo hasta los últimos ensayos de Jorge Castañeda, reseñan y explican la consolidación del sistema político mexicano y hacen alusión al surgimiento de un presidencialismo fuerte y dominante.

Con el Partido Nacional de la Revolución o con el Partido de la Revolución Mexicana, antecedentes directos del PRI, hasta 1946 el presidencialismo mexicano tuvo su mayor auge bajo las siglas tricolores y hoy, paradoja del destino, un movimiento de masas similar al que fue institucionalizado en la década del Cardenismo logró por tercera ocasión doblar a uno de los partidos políticos más vetustos de América Latina y del mundo entero… Pero hoy, la derrota que le fue asestada pone en peligro su permanencia en la vida política y electoral del México postmoderno, un partido dañado electoralmente, señalado como promotor de la corrupción y de los males endémicos de este país, un partido que acusan de complicidad en la política pública neoliberal, un partido que fue el brazo electoral de un gobierno autoritario y represor; un partido que le endosan la promoción de políticas públicas que dañaron la estructura social y avaló tácitamente una política rapaz de acumulación; un partido que propició la pobreza extrema, un partido que fue la agencia de colocaciones de los gobiernos en turno, un partido que se dice mucho de él y se sigue escribiendo su epitafio…

Para sus críticos, el PRI simboliza todo lo malo que sucedió después del México postrevolucionario… sin embargo, nunca olvidar que después del triunfo de la facción del norte en la Revolución mexicana, la creación de un partido con alcance nacional permitió transitar del México de las revueltas al México de las instituciones. Y qué decir del corporativismo sindical y la Ley Federal del Trabajo, el reparto agrario y la certeza jurídica del ejido; la educación gratuita y el Estado laico; y uno de los grandes ejes que apuntalaron a este país: el periodo conocido como el desarrollo estabilizador y una tasa de crecimiento económico de 7 por ciento anual, ese es el gran mérito y el más grande legado del priismo, entre otros resultados. Cierto estoy que a un conglomerado de críticos no les gusta esa afirmación categórica, pero es una realidad insoslayable. Pueden escribir los ensayos más severos y acusar al PRI de todo lo malo en nuestra incipiente democracia, acusar de alianzas perversas y hasta de cohabitar con el narcotráfico en el ejercicio del poder y vender los recursos naturales de este país, hasta poner en riesgo la soberanía nacional, pero no se puede negar el mérito de hacer de este país la decimoquinta economía a nivel mundial, en el México contemporáneo y en los nuevos tiempos de la globalización económica. Sin embargo, en estos momentos de euforia triunfalista y de hacer por decreto unipersonal una “novedosa” transformación social, hoy los menos hacemos la pregunta del millón: “¿En esta nueva etapa histórica, qué lugar ocupamos en el contexto económico mundial?
Pero la historia la escriben los vencedores, dice el apotegma crítico historiográfico, porque el riguroso análisis académico es más elocuente y sabe expiar culpas y endosar facturas, quienes hacen una interpretación retrospectiva de la historia, saben escudriñar y desenterrar los elementos más acuciosos de los ciclos de la historia, donde las acciones colectivas e individuales siempre lograrán imprimir el sello característico de su época y hasta el estilo personal de gobernar. La historia de un país es resultado de acciones humanas y naturales concatenadas con externalidades sui generis que determinan el rumbo y destino de un Estado-nación.

Bajo esa techumbre incierta, esa historia que hoy se construye con adjetivos y calificativos inocuos, del pueblo bueno y la prensa fifí, donde la autoridad moral se confunde con la mentira mañanera y la imprecisión citadina, donde las mea culpa tienen dueños y los males endémicos nacionales, son reminiscencias del pasado, como en el discurso del echeverrísmo, bajo esa premisa jurídica de vigilar y castigar, escribiría Michel Foucault, el INE pretendió regular un proceso de actualización interna en la vida del partido que levanta enconos y tolvaneras políticas. El Partido Revolucionario Institucional fue la misma dirigente senadora Claudia Ruiz Massieu Salinas, a través del consejo político nacional, órgano interno y estatutariamente donde se toman las decisiones más trascendentales de la vida partidista, quienes señalaron que la nueva elección de su comité ejecutivo nacional será mediante el método de consulta a la base militante, y agradecieron al INE su intención de firmar un convenio de colaboración para regular el proceso interno. El no como respuesta es una clara señal que el partido será quien tome las grandes decisiones y también la pirotecnia que hace alusión a romper lanzas entre grupos y aspirantes y comenzar la lucha interna.

Varios son los grupos políticos priistas que tienen presencia y están identificados con ciertos aspirantes que buscaran ejercer el control del partido. Dispersos, agazapados o encubiertos, con mayor o menor presencia, intentarán y participarán: el grupo de Alito, Alejandro Moreno, gobernador de Campeche; grupo de Ulises Ruiz, exgobernador de Oaxaca; un solitario José Ramón Martell, vinculado al candidato perdedor José Antonio Meade Kuribreña; el grupo de Luis Videgaray con sus alfiles Pepe Calzada o Baltazar Hinojosa; y hasta Peña Nieto con su hijo putativo: Aurelio Nuño y un grupo muy visible que impulsa la candidatura del doctor José Narro Robles, y también pretende participar sin soslayar a Ivonne Ortega, exgobernadora de Yucatán, muchos grupos pero la disputa será entre dos corrientes muy fuertes y vínculos poderosos: por un lado está Alejandro Moreno, gobernador de Campeche, quien tiene el respaldo de varios gobernadores priistas y se dice tras bambalinas y en los corillos políticos que es el candidato de AMLO. Por otro lado, está el doctor José Narro Robles, exrector de la UNAM y quien fue el último secretario de Salud de Peña Nieto.

La disputa avizora complicados esquemas de confrontación, desde hace algún tiempo Ulises Ruiz se enteró que fue escuchado, mediante métodos sofisticados de inteligencia y hay grabaciones que demuestran sus compromisos con el inquilino de Palacio Nacional. David Penchyna trabaja como mediador y pretende sumar a Ivonne Ortega al equipo del doctor Narro; mientras que Manuel Velasco, exgobernador de Chiapas, hizo una alianza perversa con Alito para intentar repetir la hazaña peñanietista, de la mano de otra modelo de Televisa, arribar en 2024 a la primera magistratura y como corolario y evidente respaldo para Alito en su intento para alcanzar la dirigencia tricolor, el nuevo gobierno ya tiró línea y empezaron los primeros embates al exrector universitario, el asunto de los medicamentos que dio a conocer en una entrevista mañanera tiene nombre y apellido. Hay que evitar que el PRI se levante y propiciar su división total y eso lo saben muy bien Miguel Osorio, Manlio Fabio Beltrones, David Penchyna, Jorge Carlos Ramírez Marín, Rene Juárez Cisneros, entre otros muchos, y que hoy van juntos de la mano para fortalecer y apoyar la candidatura del doctor José Narro Robles.

Ciertamente el escenario priista se antoja complicado, muy complicado mientras que el fantasma del coronel Guajardo se percibe y olfatea como en Anenecuilco, Morelos, con incienso de traiciones y turbias negociaciones.

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