Julney Stefany Martínez Islas*

Pretendo que este ensayo sea –y creo fervientemente– una posible respuesta al vacío que mi generación experimenta. Los intelectuales del siglo XIX y XX forjaron sus propios conceptos acerca del amor y sus implicaciones, tanto sociales como interpersonales. Desde Stendhal y su radiografía del amor-pasión, que induce la conclusión de que el amor es ese flechazo a primera vista que llena de admiración, gusto y esperanza que conlleva la idealización del otro, hasta la postura freudiana en donde es una muestra de la libido dirigida a otra persona o a sí mismo en un acto egoísta, pasando por Bauman, su concepto de amor líquido y la idea de que somos mercancías desechables e intercambiables.

En la revolución sexual de la década de 1970, Marcuse, Reich, Fourier, entre otros, dejaron nociones del amor de las cuales difiero. El amor no es una pasión como ellos lo señalan o una mercancía intercambiable. No podría concebir algo tan inefable como efímero y mundano –pasiones que se dan en el calor y la efervescencia de la primera mirada entre los enamorados–.

Por mucho tiempo, el amor fue tema secundario en la unión de dos personas, ya que los matrimonios eran arreglados con fines e intereses económicos y sociales entre familias. A través del tiempo, como consecuencia de los descubrimientos e innovaciones del siglo XX como lo fueron la pastilla anticonceptiva y la liberación de la mujer en occidente, se pudo “escoger” al ser amado con quien compartir la vida.

Es opcional –pero de suma importancia– que la concepción del amor se atienda de manera personal. Lo percibo como una patología mal tratada. Me atrevo a hacer tal declaración a diferencia de la creencia de que se trata de “algo” que sucede fortuitamente o que es un evento del destino. Tal afirmación es una forma muy irresponsable. Se tiene la creencia de que el amor es la circunstancia que llegará tarde o temprano a nuestras vidas, si es que se tiene suerte. Se considera que el amor mueve al mundo y es una de las emociones más mágicas y sublimes.

En el mismo siglo XX, Erich Fromm expuso otra perspectiva con relación al amor, mencionó que es la solución a la angustia existencial –separatividad–, la cual tiene o debería ser solucionada por cada individuo.

Se tiene la premisa de amar al prójimo como a nosotros mismos, pero cómo saber si una se ama a–sí–misma. Fromm nos muestra en El arte de amar que no es cosa fácil para quien desea practicarlo o quiera aprender este arte. Se requiere disciplina, compromiso, paciencia y tiempo.

El amor a sí mismo

El amor a sí mismo se ha considerado como un acto egoísta. Calvino lo calificó de “peste” y Freud habló del amor a sí mismo en otros términos. De acuerdo con el autor, en la primera etapa del desarrollo nace el “ello”, instancia de la personalidad en la que solo se evocan los deseos y pensamientos que deben ser satisfechos a la brevedad posible. Es una etapa de la primera infancia que se debe superar antes de llegar a la adultez. Así, el narcisista es incapaz de amar a otro ser humano y a sí mismo. Fromm, haciendo referencia a lo planteado por Freud, sostuvo que el narcisista se odia y en casos extremos es insano.
Practicar el amor al prójimo parece cosa simple, se confunde con ser altruistas o con la falacia de “hacer la buena acción del día”.

¿Cómo amar a otro ser humano y no llegar a la confusión de una lástima disfrazada de caridad o un falso altruismo?

En la búsqueda de una certeza, Fromm me ayudó a entender de una manera dolorosa, pero clara, la importancia de amarse a–sí–misma.

Solo me tengo a mí, aunque esto no es suficiente. Las personas a mí alrededor son ajenas aun existiendo lazos fraternos llenos de ternura y comprensión; no puedo compartir mis más profundos deseos con nadie. Aunque los cuente, probablemente no serán recibidos. La capacidad de hacerme feliz solo está en mí, delegar esa carga no sería muy saludable si pretendo empezar a amarme. No podría ser libre, me volvería víctima de las decisiones que alguien tome por mí. No está en mi realidad ser marioneta de un titiritero y privarme de los “privilegios” y desgracias de una “libertad” consciente.

¿Qué sería de la vida sin amor a–mí–misma?

Fromm postuló que entre los tres o cuatro años nos envolvemos en una vida de conformismos, tratando de cubrir ese vacío con ocho horas de trabajo u otras actividades para después recompensar mediante cosas materiales: viajes, vicios, etcétera. Es posible que él tenga razón o sea una verdad acomodada a nuestra época, se ve tan normal y bien visto por la sociedad que nos ofrece confort y pequeños placeres. Muy en el fondo, existe nostalgia, la de ser amados y cuidados con ternura.

Aprender a amarse implica un gran compromiso y un interés genuino por practicarlo todos los días, no como un pasatiempo o en momentos de aburrimiento y tedio.

¿Cómo empezar a amarme?

No se debe cometer el error de esperar un manual con acciones exactas. Debe quedar claro que es una virtud y no otra forma de egoísmo. Para comenzar, tal vez se deben superar dependencias, la omnipotencia narcisista y el deseo de explotar a los demás. Desarrollar una personalidad genuina sería un buen comienzo.

Los elementos básicos para todas las formas de amar son cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento (Fromm, 1956). Ahora bien, por cuidado se debe entender el procurar de manera activa la vida y cultivar el crecimiento de lo que amamos; una forma de cuidado es preservar el cuerpo, cultivar la mente y no empobrecerse con pláticas, música y televisión sin sentido. La responsabilidad no se debe ver como una obligación, sino como el acto de estar listos y dispuestos a responder por la propia existencia. Asimismo, el respeto, nos dice Fromm, es la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener consciencia de su individualidad única de tal manera que podamos ser capaces de ver capacidades y limitaciones. Es erróneo querer ser alguien que no somos, no existe obligación a permanecer en donde hay incomodidad.

¿Por qué y para qué actuamos de la manera en que lo hacemos?

Por último está el conocimiento, el cual solo será posible en la medida en que profundicemos en nuestro ser. Verse tal cual, ubicar el lugar que se ocupa en la vida y redireccionar los pasos al que se quiere llegar. La honestidad es una parte importante en ese proceso –digamos–, de autoconocimiento. Es importante no engañar, cultivar autoestima y ser creyentes de nuestras habilidades y capacidades. Nadie se presentaría a una entrevista laboral con un currículo arrugado.

¿Por qué las personas no se aman?

Vivimos en una época en donde todo tiene que ser rápido y eficiente, las máquinas producen a gran velocidad y en gran cantidad. El trabajo y la escuela consumen la mayor parte de nuestro tiempo. Si tan solo nos diéramos cuenta de que solo hay una vida.

El arte de amar, como lo plantea Fromm, es una actividad un tanto laboriosa y de práctica continua en la que se echa una mirada al interior. Puede que no nos guste lo que miremos, es común tener miedo si se hace una introspección meticulosa sobre quiénes somos. Conocerse y aceptarse. Por fortuna, en la actualidad tenemos especialistas de la salud que son de gran ayuda en este arte que se quiere aprender. Vale el tiempo y el esfuerzo que se le dedique.

Existen dos caminos. La “aceptación de lo que soy” y continuar creciendo, practicando el amor al prójimo. Si me amo puedo amar al mundo. O este otro que se revela cuando aun sabiendo lo anterior, se niegue y se quede una en un estado de conformismo.

Sigo creyendo con fervor en la bondad de la humanidad, sé que dentro de cada persona hay algo de mí y viceversa. Sé que eso me permite amarlos. A través del cuidado, conocimiento, respeto y responsabilidad demuestro mi amor. Y al amarlos me estoy amando porque también soy humanidad y merezco el mismo trato que cualquier otro individuo.

*Es estudiante de la licenciatura en psicología en el Centro Universitario Hidalguense

Comentarios