Vuelvo, busco, te encuentro…
comer de tu anzuelo me
convierte en trampa.
Llámame Justicia, la razón de tu caída

Osado el prófugo que tanto desea a su jaula volver. Pero, ojo, no hay síndrome de Estocolmo por tratar aunque sí un excautivo por temer. Sabedor de su condición tomó ventaja, puso los riesgos en su favor y asumió el rol del que más odió.
Sirva esta entrada como una especie de tráiler letroso de un maravilloso corto mexicano: Jaulas (2009) de Juan José Medina, el producto audiovisual multipremiado por trazar una circunferencia que pone al terror y a la ternura
en el mismo costal.
Vejez, querubines, cantos prisioneros, desierto, religión, obsesión. Ideas aisladas tendrán que convivir para armar los trozos de una pieza cuyo ensamblaje parece imposible. El reto es duro pero al final queda la recompensa de una trama surrealista de gran aliento.
Imagina: marionetas animadas en el desánimo de la vegetación que cede a la sequía entre coros de gloria, por la vida de lo más inerte. ¿Recuerdas los querubines que aparecen en los retablos de las iglesias o en los frescos sobre las lejanas representaciones del paraíso? No tienen cuerpo. Apenas cabeza sobre alas, son guardianes y participan en la disposición de voces angelicales que adoran a Dios.
En Jaulas, Juan José Medina tiene una versión especial de estos seres celestiales, los obliga no solo a sobrevivir en el escenario más inhóspito, también tendrán que cantar en ausencia de los privilegios que les da el Todopoderoso y después, por qué no, dejar por algún lado del desierto, en el olvido, la bondad y la perfección. Hay que pecar, ¿para qué esperar a que Dios haga justicia? ¿Por qué creer en el karma? ¿Cómo quedarse de alas cruzadas a esperar que todo caiga por su propio peso? Absolutamente no.
Y si el prófugo, por alguna razón atina en que tiene la facultad extraordinaria de no ser un ser humano, pecará, hará justicia, le perderá la fe al karma y extenderá sus alas para hacer que caiga quien tenga que caer.
Querubín violentado hasta las consecuencias últimas, el símbolo tradicional de la iconografía católica renuncia a su significado primario, en él recae la preocupación social de ser sometido:
Alabado sea el altísimo que le dio libre albedrío para revelarse ante su victimario con las alas bien puestas…

@lejandroGALINDO
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