Alejandro Calvillo

A quién puede impactar la publicidad de las precampañas a la que nos exponen una y otra vez de manera intensa, repetitiva, hasta hastiarnos. No se puede creer que, incluso, un fiel seguidor de un precandidato o de un partido político, no quede hastiado de su propia campaña publicitaria.
Cuando la publicidad se repite hasta al hastío suele ser contraproducente. Lo anterior puede ser de beneficio para el producto u opción política que no hace uso de esta publicidad invasiva. Sin embargo, cuando todos los productos u opciones políticas participan de la misma publicidad hastiante, no hay opción que se beneficie.
En las elecciones de 1988 se demostró que la intensa y hastiante campaña, sin medida, contra Cuauhtémoc Cárdenas, no obtuvo los frutos esperados de generar el miedo entre la población y el sistema tuvo que recurrir a la caída del sistema, al fraude electoral para evitar que llegara a la presidencia de la República.
Las elecciones se han convertido en ventas publicitarias de productos políticos, pero sin la regulación que existe para evitar la publicidad engañosa entre las diversas mercancías. Los publicistas electorales venden sus estrategias por el mundo, ofrecen su poder persuasivo y van de un país a otro ofreciendo sus habilidades para engañar y manipular el voto de los ciudadanos. Y esta estrategia publicitaria se suele enfocar más en quitarle valor al contrincante que en valorar a su candidato. Y sobre el enemigo lo que hay que generar es miedo.
Los procesos electorales, en la era del hiperconsumo, se han convertido en un espacio de mercadeo que no tiene igual con ningún otro tipo de producto. En México, el uso de los tiempos oficiales en los medios electrónicos de comunicación, sumado al alto financiamiento para las campañas en los espacios públicos, los medios electrónicos y las redes sociales, ha alcanzado niveles difíciles de encontrar en otras naciones. Esto genera una sobreexposición de la población a las campañas de mercadeo político.
No se han creado formatos que permitan conocer las propuestas de los partidos políticos y los precandidatos. Los debates entre pre o candidatos no permiten a los ciudadanos entender y valorar las propuestas de cada uno. Suele ganar el debate no quien tiene mejores propuestas, sino quien es más hábil en la contra argumentación. Y nunca en un debate puede irse a profundidad en tema alguno. La posibilidad de tener espacios de difusión masiva para que se expresen las propuestas y se cuestionen, no existe.
En estas circunstancias, por el poco conocimiento que tienen los electores de las propuestas de precandidatos, candidatos, partidos y alianzas, las elecciones se realizan, sin conocimiento de las opciones. El derecho más básico de los consumidores es el derecho a la información, a realizar una elección bien informada sobre los productos y los servicios. Este derecho básico que existe para los consumidores no existe para los electores.
El elector, a diferencia del consumidor, se enfrenta a campañas publicitarias engañosas de precandidatos y candidatos que ofrecen lo que no pueden dar, lo que significa publicidad engañosa. En caso de un producto o servicio, esta publicidad está prohibida, pero no en el caso de elegir a quien va a gobernarte. Por otro lado, el consumidor, a diferencia del elector, tiene la opción de un etiquetado que indica los ingredientes que contiene el producto. El precandidato o candidato se ofrece al elector con una serie de propiedades que lo asemejan a un producto milagro.
Vivimos en una partidocracia en la que los partidos políticos han ejercido el poder Ejecutivo y Legislativo para su propio interés. Paralelamente, los poderes económicos legales, los de las grandes corporaciones, y los ilegales, los del crimen organizado, han penetrado las opciones políticas para las elecciones del 2018. ¿Dónde más y dónde menos? ¿Quién podrá actuar más en beneficio de los intereses colectivos? ¿Quién podría devolver la independencia a los organismos ciudadanos?
Esto no nos lo dirán las campañas políticas.

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