En términos generales se define como proteccionismo la política económica orientada a proteger de la competencia extranjera a la producción y las empresas nacionales, mediante aranceles, impuestos a las importaciones, para encarecerlas y reducir su competitividad, esto además de otras medidas de bloqueo como prohibiciones, cuotas, etcétera, con el afán de que los consumidores compren lo producido en su país. Se busca asimismo fomentar el empleo nacional. El capitalismo en las potencias europeas y en Estados Unidos nació y se consolidó en un ambiente protegido; así fue en Francia, en el siglo XVII, con Jean-Baptiste Colbert, ministro de finanzas de Luis XIV, y en general con el mercantilismo que rigió por siglos en las metrópolis. En Inglaterra fueron ejemplo los elevados aranceles de las leyes cerealeras, que obstaculizaban las importaciones de granos. Mas para 1846, y bajo el cobijo teórico de Smith y Ricardo (la teoría expresa la dinámica de la realidad), vino la era del librecambio, cuando Inglaterra abrió su economía, después, obviamente, de la Revolución Industrial, que disparó su productividad y competitividad, circunstancia que hizo indispensable penetrar y dominar otros mercados. Fue oportuna, más bien oportunista, la apertura.
Pero al capital lo persiguen irremisiblemente las crisis económicas, frenos bruscos en la actividad productiva, que se ha desfasado, rebasando la capacidad del mercado, que se satura y debilita, y donde las empresas no pueden colocar sus mercancías, por lo que muchas dejan de operar o lo hacen por debajo de su capacidad. En un mercado contraído crece el desempleo y se ahondan los sentimientos de xenofobia, particularmente hacia inmigrantes, vistos como competidores para los cada vez más escasos puestos de trabajo: en 2015 el desempleo en la Unión Europea alcanzó 9.4 por ciento. Y las crisis propician el proteccionismo; con la Gran Depresión de 1929-1933, las economías se cerraron nuevamente; en Estados Unidos, con la Ley Hawley-Smoot, de 1930, que impuso altísimos aranceles en más de 20 mil productos importados. En tales condiciones, y habiéndose cerrado también las economías de Latinoamérica, cobró impulso la industrialización, apoyada en la política de sustitución de importaciones implantada en la década de 1940 y promovida por la CEPAL de Raúl Prebisch; durante las siguientes décadas se registraron las tasas más altas de crecimiento, pero aquello terminaría con el neoliberalismo.
Para la década de 1970 las potencias producían a toda su capacidad e impulsaron de nuevo el libre comercio; vino el neoliberalismo, y a México se le obligó a “desarancelizar” su economía, eliminando las protecciones existentes (por ejemplo en cereales, como maíz, leche), convirtiéndonos en el país con más tratados comerciales, el más abierto, el más papista que el Papa. Mas la tal apertura fue asimétrica: libre flujo mercantil de Estados Unidos a México, pero limitado, con mil y un trampas y subterfugios, de aquí para allá, y, obviamente, el freno a la emigración. Y se consolidó nuestro estatus de coto comercial de la gran potencia, que nos limita o impide comerciar libremente, por ejemplo con China; remember el Dragonmart y la fallida construcción del tren ligero México-Querétaro. Pero el neoliberalismo no solo es una práctica: vino acompañado de su correspondiente teoría, con antiguos dogmas sacados del cuarto de los trebejos de la vieja doctrina inglesa, como el “libre movimiento de los factores de la producción”, según el cual, la eficiente operación de la economía de mercado solo es posible con la más irrestricta movilidad del capital, el trabajo y las mercancías. Para eso se obligó a los países pobres a eliminar obstáculos y dejar hacer, dejar pasar, con el consecuente desmantelamiento o reducción de varios sectores productivos y el debilitamiento de las empresas nacionales, muchas de ellas arruinadas por la invasión de mercancías extranjeras.
Hoy, como desarrollo en espiral, vuelve la crisis, la de 2007-2008, segunda más severa de la historia capitalista, con un nivel de gravedad sin precedente y causando un estancamiento crónico: el crecimiento promedio del PIB en la Unión Europea fue de 0.9 por ciento en el periodo 2004-2014, y según la Comisión Europea, en 2015 el PIB creció en 2.2, en éste será de 1.8, y 1.6 para el venidero. Este año Estados Unidos crecerá en 2.2 por ciento (FMI). Es una crisis atípica porque no ha tenido la recuperación normal de las tradicionales, y no muestra visos de ceder. En estas circunstancias ocurren el Brexit y el triunfo de Trump. Pero cerrar economías encuentra resistencias en sectores empresariales como el aeronáutico, cuya colosal escala de producción no puede operar dentro del estrecho mercado nacional; esto explica el conflicto reciente de Trump con el fabricante de aviones Boeing, y con las automotrices a las que se pretende obligar a permanecer en Estados Unidos.
Y es natural que el proteccionismo que, como antes, surge en las grandes potencias, se expanda como reacción en cadena. A la par, se está consolidando Gazprom, el gigante ruso del gas, mayormente propiedad del Estado, y Rusia se protege limitando importaciones agrícolas procedentes de Europa ante las represalias impuestas por la Unión. China clasifica sus sectores industriales, por su grado de apertura a la inversión extranjera directa, en tres categorías: los permitidos, los restringidos y los prohibidos; pues bien, el Estado ha agregado recientemente más en las últimas dos categorías, y aplica también taxativas regionales. Las naciones soberanas cuidan, pues, sus áreas productivas más sensibles y estratégicas, no así México, modelo de indulgencia con las transnacionales; por ejemplo, permite a las mineras saquear los yacimientos, dejándonos a cambio cerros huecos, aguas y suelos contaminados y millones de enfermos que nosotros debemos curar, mientras ellas cargan con el oro, como antaño.
Pues bien, hoy cabalga de nuevo el proteccionismo a escala global, en el caballo del Brexit y en el triunfo de Donald Trump, con su política agresiva que culpa a México y sus trabajadores de una crisis crónica que solamente la ambición sin límite del capital ha desatado. Pero nosotros no somos culpables sino víctimas de un sistema donde el capital, buscando maximizar la ganancia, se desplaza entre sectores productivos y entre regiones y países, buscando la mayor rentabilidad, y eso hacen las empresas del mundo entero, que tienen al planeta a su disposición. Es la lógica del capital, que busca ganar lo más posible, en el menor tiempo y con el menor riesgo. Por nuestra parte, no podemos quedarnos en la parálisis: debemos tomar nuestras propias medidas, guiados por una política económica nacionalista, auténticamente soberana. Y como decíamos en anterior ocasión, un reajuste macroeconómico global de tales magnitudes entraña, sí, graves consecuencias, pero también, dialécticamente, oportunidades: nos empuja, por propia necesidad, a buscar el comercio con otras naciones y a consolidar el mercado interno, en beneficio del pueblo.

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