En solo siete meses los mexicanos decidirán quién será el próximo presidente de la República, tiempos difíciles esperan al país. Sería muy bienvenido que a la vuelta encontráramos una sociedad cimentada en el diálogo, con capacidad para discutir las políticas públicas, una sociedad que invierta el discurso y requiera menos consensos y más conflicto, porque la democracia se maximiza y enriquece con el conflicto. Previsiblemente no ocurrirá, los debates no solo serán aburridos y acartonados, peor aún, inútiles. En la teoría democrática tradicional aspiramos a que las elecciones revelen la voluntad o las preferencias de la mayoría sobre una serie de problemas. Lamentablemente eso rara vez sucede, por una razón, el ciudadano común está poco interesado en las noticias de la política, ¿por qué debería esforzarse en participar? Este esquema nos propone a un ciudadano que vive para servir a la democracia, en vez de una democracia que exista para servir al ciudadano.
La otra parte de la ecuación que hoy buscamos problematizar es: ¿Qué proyecto discutirán los candidatos? En la discusión, el disenso es la levadura del Estado democrático, por lo tanto, el país necesita ideas nuevas y propuestas posibles, si se quieren irreverentes pero realizables. Pensemos por un momento en lo que opinan los actores sobre el tema de educación, por una parte los ciudadanos y por la otra algún partido político. Recuperemos lo que plantea Gabriel Zaid en alguno de sus textos como El progreso improductivo, La economía presidencial y Empresarios oprimidos, en esos escritos sostiene que el mercado puede ofrecer soluciones a la pobreza y desigualdad si se aprovecha de manera creativa, sin bloqueos culturales e ideológicos de nuestras clases políticas y académicas (por ejemplo la mentalidad empleocentrista que no solo no se entiende , ni siquiera ve la importancia del autoempleo), Zaid propone atenderlos por vías de mercado mediante la oferta de microcréditos oportunos, dinero en efectivo, medios de producción baratos y pertinentes a las necesidades de los solicitantes, todo para fortalecer la autonomía personal y comunitaria y alentar la formación de pequeños empresarios y microempresarios.
Esa es una óptica, la otra, la de un partido político, queda expresada en el Proyecto de Nación 2018-2024 que Andrés Manuel Obrador, líder de Morena, presentó; el documento, revisado por Guillermo Sheridan, existen afirmaciones singulares, por ejemplo: “Proceso de aprendizaje, sucede porque hay comunicación entre neurona y neurona y entre célula y célula”; o que “educación y cultura caminan de la mano”; que la televisión ha creado “una cultura espuria que no nos representa”; también que “la cultura forma el eje transversal de toda transformación revolucionaria”; la propuesta informa que a partir de 2018 la educación será “universal, gratuita, laica, democrática y nacional”, por lo que “ ningún joven será rechazado al ingresar a las escuelas preparatorias y universidades públicas, es decir, habrá 100 por ciento de inscripción”; la pregunta obligada aquí, una entre muchas, es ¿dónde queda la autonomía de las universidades públicas?
¿Qué propone el “Proyecto de nación” Lópezobradorista? Por lo pronto, en educación, más allá de los lugares comunes, prejuicios, mesianismo, autocomplacencias, visiones catastrofistas y nostálgicas; no plantea nada, absolutamente nada, no existen propuestas de políticas públicas de mediano y largo plazo que propongan soluciones eficientes y eficaces.
Esa idea nos devuelve al nudo gordiano: Hasta ahora los partidos políticos están más interesados en calificar que explicar, en vociferar que dialogar, en exaltar que analizar, en ese contexto, cuáles son las perspectivas del futuro de la democracia a la luz de los relevantes cambios políticos y sociales producidos en las últimas décadas, no solo en México, sino en el mundo; por ejemplo, pensar y discutir cuál es nuestro horizonte económico sí, como todo parece indicar, se cancela el Tratado de Libre Comercio, o cómo nos reinsertamos virtuosamente en la comunidad europea. La agenda es muy amplia, la discusión no. En ese escenario, una verdad de perogrullo sería que la política y su agenda solo se pueden procesar a través de los partidos políticos, pero poco ayuda al desarrollo democrático del país los partidos amorfos, desarticulados, anclados en la desinformación, en la rigidez de una única voz, en la demagogia.

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