A principios de 2011 corrían los primeros días del naciente gobierno del estado de Puebla, encabezado por Rafael Moreno Valle Rosas, y la fuerza del cobro de facturas cabalgaba montada en el atropello y el abuso del poder.

Para el efecto, tenía el respaldo y complicidad de personajes como Ardelio Vargas, entonces secretario de Seguridad; de Víctor Antonio Carrancá Bourget, procurador general de Justicia –ascendido, merced a una reforma legal por el Congreso controlado por Moreno Valle, como fiscal general del estado desde enero de 2016–; y de Fernando Manzanilla Prieto, secretario general de Gobierno.

Pero, Manzanilla no era un funcionario más; se le conocía como el súper secretario general de Gobierno, cerebro artífice del triunfo electoral de Moreno Valle Rosas y de la estructura de la administración que arrancó con golpes contra los amigos del saliente gobernador Mario Marín, por supuesto considerados enemigos del debutante mandatario estatal.

Poco después, Manzanilla Prieto se convertiría en cuñado de Rafael, cuando contrajo nupcias con Gabriela Moreno Valle Rosas. Cuentan que ese fue el factor que provocó el distanciamiento entre Fernando y Rafael; el gobernador aducía que no podía tener en su gobierno a su cuñado; cuestión del dizque conflicto de intereses.

Y Manzanilla renunció en 2014, más no precisamente por las razones argumentadas por Moreno Valle Rosas.

Hoy, merced a declaraciones de Manzanilla, se sabe que hubo diferencias de fondo entre lo propuesto en campaña, de la que Fernando fue coordinador, y la forma en que su cuñado gobernaba, entre la deshonestidad, corrupción y opacidad en el manejo de los dineros públicos.

Además, hay otros asuntos vinculados al crimen organizado que explicarían cómo es que Rafael Moreno Valle Rosas triunfó en 2010 contra la aplanadora del entonces gobernador Mario Marín y su delfín Javier López Zavala, y en julio de este año su esposa Martha Erika Alonso logró lo propio y fue declarada gobernadora electa, aunque corre el riesgo de que le sea revocada la constancia de mayoría.

Y es que, Fernando Manzanilla, diputado federal electo por la alianza Juntos Haremos Historia, es decir, Morena, y en vías de asumir la curul en el palacio Legislativo de San Lázaro como coordinador de la bancada del Partido Encuentro Social (PES), cuando arrancó campaña en busca de la curul, habló fuerte pero sus declaraciones quedaron en lo local, es decir, en Puebla y poco trascendieron al ámbito nacional.

Las campañas de lodo estaban en todo lo alto, cuando Manzanilla Prieto sostuvo que el gobierno de su cuñado estaba igual o peor que el de Mario Marín. Y que su renuncia a la Secretaría General de Gobierno obedeció precisamente por eso, porque lejos de cumplirse las ofertas de campaña, se incumplía. No había transparencia ni honestidad, no se combatía a la pobreza y, en fin, refiere Manzanilla, no era esa la agenda que se había planteado en campaña.

En efecto, en esos días Rafael Moreno Valle desplegaba inusitadas tareas de relumbrón, con cargo al erario y con recursos que aducía no eran de crédito alguno. ¿De dónde, entonces?
Pero, paralelamente y como parte fundamental para fincar los cimientos de su cacicazgo, se deshacía de los enemigos, entre ellos el empresario Ricardo Henaine Mezher, quien fue aliado de Mario Marín. Moreno Valle operó para despojarlo de importantes propiedades. Y en ello contaba con la operación de Fernando Manzanilla.

Lo elemental es, empero, la causa por la que realmente rompió Manzanilla con Moreno Valle. El hecho es que la ruptura es un asunto irreconciliable de familia, tanto que la hoy gobernadora electa ha negado cualquier parentesco con el marido de su cuñada Gabriela Moreno Valle Rosas.

¿Qué hubo de fondo, de suyo grave como para que, sin duda con elementos probatorios, Manzanilla acusara a su cuñado, el poderoso exgobernador Rafael Moreno Valle Rosas, de vínculos con el crimen organizado, protector y beneficiario del llamado huachicoleo?
Pudiera ser una versión, un trascendido de esos que suelen surgir al calor de las campañas electorales, cuando se olvidan compadrazgos y hermandades, juramentos y pactos de sangre, porque la lucha por el poder no tiene nada que ver con un encuentro de hermanas de la caridad o un día de campo, pero no.

Se trata de un asunto grave y que tuvo su arranque en aquellos días de campaña electoral, en 2010, cuando Rafael Moreno Valle Rosas enderezaba sus ambiciones personales en la ruta de arrebatar el poder al PRI, al partido que lo encumbró y al que había pertenecido su abuelo, el médico militar que fue secretario de Salubridad en el gobierno del poblano-oaxaqueño Gustavo Díaz Ordaz.

En ese arranque de campaña, los responsables del trabajo tenían la brújula perdida y fue precisamente Fernando Manzanilla Prieto quien metió orden y llevó al triunfo a su cuñado, quien no lo contemplaba e su equipo, pero por su valía terminó nombrándolo secretario general de Gobierno.

¿Fue en pago o por complicidad? Porque Manzanilla, como hoy lo evidencia en sus declaraciones, supo de la fuente de esos vastos recursos con los que se compró el voto, especialmente en la zona de la Sierra norte y en la mixteca. Cuentan que los votos eran pagados en efectivo; dependiendo de la población, el voto era pagado entre 2 mil y hasta 5 mil pesos.

El tema se denunció, pero la autoridad electoral ya había sido cooptada por los operadores de Moreno Valle, como ocurrió en el pasado proceso electoral, de acuerdo con Manzanilla. ¿Alguien dudaría de la fuente o las fuentes de información del hoy diputado federal electo?
Cuando andaba en campaña, Manzanilla dejó abierta esa presunción de las amistades poco recomendables de su cuñado. Ayer, en declaraciones a Claudia Guerrero, colega reportera del diario Reforma, dijo que el clan de los Valencia, vinculado al negocio del huachicoleo en Puebla, “opera políticamente para el grupo del exgobernador Rafael Moreno Valle”.

Y puntualizó que “los Valencia, como otros grupos delincuenciales vinculados al huachicoleo, operan políticamente para el morenovallismo y a cambio de esos servicios políticos en sus regiones, reciben como pago una carta de impunidad que les permite actuar con absoluta libertad en sus negocios ilegales”.

Aún más, acusa que no existe confianza en la Procuraduría General de la República (PGR) para investigar y esclarecer los vínculos entre el morenovallismo y las bandas de robo de combustible que han desatado la violencia en Puebla. “Esta Procuraduría –sostuvo– es parte de un gobierno federal que ha solapado a Moreno Valle y que ha mostrado en múltiples ocasiones que también le extendió su carta de impunidad”.

De esas andanzas, en 2011, se publicaron versiones que fueron desatendidas. ¿Se investigará al senador electo Rafael Moreno Valle Rosas y a su esposa declarada gobernadora electa del estado de Puebla? La impunidad galopa, galopa. Luego le platico más de este interesante e insultante tema del abuso del poder y la construcción de un feudo poblano, de un gobierno que en campaña vendió el maná, el cambio, un estado con justicia para los pobres. Y Rafa quiere ser presidente nacional del PAN. Conste.

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