Como parte de las estrategias de fomento al turismo, en 2001 nació el Programa pueblos mágicos una marca que básicamente se ha dedicado a maquillar las problemáticas reales de los pueblos en los que se aplica y es utilizada para fomentar el despojo de territorio y cultura de los pueblos originarios.
Es decir, detrás de la creación del pueblo mágico hay un trasfondo para ejercer las prácticas depredadoras del capitalismo salvaje acompañado de una reinvención de los pueblos, su cultura, su historia y su territorio basado fundamentalmente en el despojo y en la creación de un halo místico. Pero también, sustentado en el capitalismo, en algo muy parecido al mundo de fantasía creado por Walt Disney. Un modelo de “parque social” de entretenimiento en el que efectivamente reine la “felicidad”, risas, “bienestar” y diversión sin fin en un solo paquete: “pueblo mágico”.
Un sofisticado montaje político, social, económico y cultural que maquilla la realidad en beneficio de políticos, corporaciones nacionales e internacionales y empresas sin escrúpulos que lucran con la cultura y los recursos de los pueblos en esa nueva vertiente similar a la franquicia Disney, literalmente, una marca como indicó Enrique de la Madrid Cordero, secretario de Turismo, en una entrevista a Notimex en 2016: “Lo que queremos es seguir cuidando la marca, y si hablamos de los retos hacia adelante, creo que se trata de buscar un mínimo común denominador para que todos los visitantes sepan que cuando van a un pueblo mágico van a encontrar ciertas condiciones de igualdad, digamos en términos de accesibilidad, seguridad, limpieza en la vía pública”, (Revista Expansión, 2016/10/14). Al final, este mundo creado o pueblo reinventado no es más que el sustento cultural del neocolonialismo y el ideal del capitalismo.
A nombre del fomento turístico, un turismo que no representa una derrama económica equitativa para la comunidad –un asunto que olvidó mencionar el secretario de Turismo en su concepto de “igualdad”– sino para los monopolios, complejos e infraestructuras turísticas (hoteles, cadenas de restaurantes o la proliferación de las cadenas transnacionales de tiendas de conveniencia como Oxxo y Seven eleven) por encima de la producción de pequeños comerciantes y locatarios locales, ya no digamos de artesanos y vendedores ambulantes, quienes son sistemáticamente expulsados de las plazas principales, en el mejor de los casos, o violentados por las policías municipales al alterar con su sola presencia las normativas de los pueblos mágicos y porque “afean” el paisaje para el turismo. No puede haber comercio ambulante.
De igual manera, se vuelve un negocio para los ayuntamientos, ya que los comerciantes, y sobre todo, los artesanos deben de pagar derecho de piso en sus propias plazas. A la par, las fuentes de empleo que generan las transnacionales, al igual que las empresas turísticas locales, están basadas en la explotación de la población marginal, en la especulación de las artesanías, por ejemplo, a través de la reventa en las tiendas boutiques locales o el regateo directo a los productores.
No menos grave es el hecho que la franquicia recibe recursos millonarios de la federación en un ejercicio presupuestal carente de transparencia con el que se ha dedicado a, literalmente, saquear los territorios de los pueblos originarios: Construir carreteras, casetas, balnearios, deforestar las regiones, destruir zonas arqueológicas que estorban a la construcción de la infraestructura, expropiar terrenos, en fin, un sinnúmero de barbaridades para sostener ese concepto disneisyano de parque de diversiones que gobiernos lacayos, corruptos y sumisos al capitalismo y empresarios depredadores están implementando por todo el territorio nacional.

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