La primera vez que escuché la frase “pueblo lagartijero” fue en la narrativa de un amigo que describía anécdotas sobre los políticos hidalguenses, que al referirse a las disputas por las candidaturas y nombramientos del partido hegemónico, ellos, los de arriba, se asombraban de la lucha encarnizada que ocurre en los municipios y pueblos marginados por estar dentro de los elegidos por el partido gobernante.

Según cuenta, la clase política hidalguense no concebía cómo los políticos pueblerinos pueden utilizar todos sus medios para lograr ser el candidato de un lugar que es insignificante para los dueños del poder, pero de gran interés para los aspirantes locales que incendian sus pasiones en cada proceso electoral con la esperanza de ser reconocidos por la casta de los que siempre han “repartido el queso” y que emplean el divisionismo en las regiones mediante el reparto clientelar de migajas presupuestales y el acceso acotado al poder.

Por ello, el título retomado en esta columna es una denuncia sobre el desprecio que han construido las élites gobernantes para referirse a los pueblos marginados de México. Para ellas, la naturaleza de un pueblo lagartijero es sinónimo de barbarie, de marginación, pobreza y burla, lo que ha generado efectos negativos en todos los aspectos de la vida pública del país. Reconocer este hecho nos ayudará a resarcir las injusticias sociales en las que vivimos, por lo que estamos obligados a democratizar la vida pública, que incluye hasta ese lenguaje discriminatorio, si realmente queremos revertirlo.

Ese sectarimso ha permeado durante muchos años y a la hora de gobernar se ha traducido en el diseño de políticas públicas clientelares, que carecen de diagnósticos para su implementación, están cargadas de desprecio y son profundamente polarizantes. En tiempos preelectorales prolifera la entrega de apoyos y ayudas sociales para hacer el recordatorio de que hay que votar por el aspirante que reparte más migajas y que los habitantes de los pueblos lagartijeros deben de aplaudirle para que la ayuda regrese en las siguientes elecciones; un círculo vicioso que reproducen los políticos y que tristemente avala la ciudadanía.

Significar a los pueblos marginados bajo estas definiciones ofensivas no es un asunto menor, porque nos reitera el triste panorama de la desigualdad que todavía existe en México, que además de ser económica también es política, porque aún se hace la distinción clasista entre políticos de primera con los de tercera; porque no es lo mismo haber nacido en la cuna de la élite política heredera de puestos, que hacer carrera desde un pueblo marginado que solo es visible en épocas electorales.

Por ello, nacer en una comunidad marginada representa un doble reto a sus habitantes; el de acceder al presupuesto público, que se distribuye mayoritariamente en la cabeceras municipales. Pero, también en el terreno de las representaciones políticas, que en su mayoría están acotadas a puestos menores. México es un país tristemente discriminatorio, por lo que se debe de avanzar en la construcción de políticas igualitarias, donde todos tengan las mismas oportunidades de acceder al presupuesto público y a la representatividad popular.

La hipocresía política se asienta en el clientelismo, por lo que debemos dejar de creer que desde el gobierno se resolverán todos los males de la sociedad. Los ciudadanos tenemos la responsabilidad de construir una sociedad más justa y, esto, por fortuna comienza muro adentro en nuestros hogares. ¡Hagámoslo, desde nuestros pueblos lagartijeros, pero cargados de mucha dignidad!

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