Christian Arely Sandoval

El mismo día que le vi los calzones a mi tía me enteré de la existencia del Infierno. Bueno, decir calzones es mucho, vi solo la orillita de unos calzones con un hoyo brutal en medio.

Tenía la cabeza recargada en una de sus piernas, del grueso de un jamón, mientras en la otra ella sostenía una versión ilustrada del Nuevo Testamento. Solo tuve que girar y bajar un poco la cabeza para ver unas mangas largas de tela luida hasta las rodillas, unos minibordes rasgados al centro con una maraña de pelos negros que me asustaron. Me hubiera gustado meter el dedo, pero ella había empezado a leer.

Jesucristo, en viñetas a todo color, decía que teníamos que dar nuestras cosas a los pobres, perdonar a los enemigos y amar a Dios más que a todo. La parte de “perdona a tus enemigos” mostraba un joven sonriente en el suelo, sentado entre los pedazos desperdigados de un jarrón que en la viñeta anterior le habían roto en la cabeza.

No quería dar mis juguetes a los pobres, perdonar a los enemigos se me hacía impensable tras años de abuso escolar y familiar, pero ella dijo que iría al Infierno si mentía o desobedecía a mis padres.

Esa noche no pude dormir. Había mentido, me había vengado; también había usado el nombre de Jesús en vano. Definitivamente me convenía más el catecismo, donde el padre decía que los niños no tenían pecado. En la oscuridad, temblando de miedo y arrepentimiento, decidí que sería una bondadosa mujer.

Me convertí en una cobarde. No mentía, así tuviera que evidenciar a mis padres –“pero papá, si tú dijiste que doña Pinita era una vieja gorda y pedorra”–; aguantaba llorando quedito las vejaciones de mis hermanos, si la ira me hacía regresar el golpe en un rato venía el arrepentimiento. Eso sí, nunca regalé mis juguetes a los pobres.

Cuando acabé la secundaria entré directamente a trabajar de oficinista ciega. A escribir en planos de la ciudad dónde estaba cada tienda, cuántos postes había, dibujar circulitos representando coladeras, no sabía para qué, pagaban y ya. En cuanto pude costear una pensión de estudiantes me mudé.

La colonia era sucia y apenas alumbrada. Mucha gente de ahí andaba por las calles con la mirada fija en el piso. Nunca me rocé con nadie, iba al trabajo y volvía a dormir.

Pero nunca dejé de verlo: un hombre de edad indeterminada instalado en la acera, sobre su silla de ruedas –podía ser joven por el grueso de sus brazos, podía ser viejo por lo enjuto de su cara– Debía sufrir mucho al estar plantado allí esperando nada, solo, a lo mejor sin comer, a lo mejor sin nadie que se preocupara si le llovía o si era demasiado el calor. Cuando salía yo, a las ocho de la mañana, ahí estaba, cuando volvía ya se había metido.

–Buenos días–, le dije un domingo, que salí por huevos, pensando que conversar podría distraerlo un poco.

–Buenos días, señorita–, contestó sorprendido, pero en un tono cortés –¿no trabaja hoy?– Me había visto.

–No, no, por ser domingo, ¿cómo está usted?, se ha de aburrir aquí sentado todo el día.

–Pues ya ve, no hay de otra, hace un año que tuve un accidente en el trabajo y…–
No terminó la frase. Levantó la cobija raída que tenía en las piernas: un pantalón negro, casi marrón de lo deslavado, que en una pierna llegaba hasta el tobillo y en la otra, a medio muslo, revelaba un grueso muñón.

Era un muñón musculoso, enteramente liso en la parte donde debía estar el resto de la pierna, sin vello. Me quedé unos instantes mirando.

–Lo siento–, dije y eché a andar a paso rápido hasta mi oscuro cuarto.

Esa noche soñé con el hombre. Más bien con el muñón. Deslizaba la palma de mi mano por su lisura casi plástica, probaba su resistencia con los dientes, arañaba el grueso de carne con mis uñas comidas, mínimas, y lo acariciaba para consolarlo del desprecio de todas esas mujeres que jamás lo tocarían.

La semana venidera ignoré al sujeto, que primero agitó la mano a manera de saludo y luego permaneció inmóvil igual que siempre. Se dio cuenta que yo no volvería a pasar a su lado para conversar.

Pero me obsesioné con aquel grupo de músculos truncos. Soñaba con utilizarlo de almohada, imaginaba ser una boa para devorarlo completo, pasando días con él en mi interior, obstruyéndome la garganta, mis colmillos de caricatura dientes rodeando la pierna de un sujeto tranquilamente sentado en su silla de ruedas, al que apenas tomaba en cuenta.

El siguiente domingo, un poco a manera de disculpas, volví a pasar cerca.

–Buenos días.

–¡Buenos días!
–Le he traído algo de pan, señor… espero no se ofenda.

–¡Pero hombre, no! ¡Muchas gracias! ¿Cómo me voy a ofender de las atenciones de una señorita como usted?
–Que lo disfrute mucho, puedo traer un poco de café si quiere, espéreme.

–No hace falta, tengo. Si gusta usted pasar nos comemos un pedacito.

–No quiero molestar, tal vez su familia…

–¿Familia? No tengo, aquí no hay nadie que se enoje, que se contente tampoco. Vivo solo.

Pensé que era un vecindad pero solo era una casa muy flaca con un pasillo largo y oscuro con olor a baño, al final del mismo estaba la cocina tan herrumbrosa como la de mi pensión.

–Voy a poner el pocillo-, dijo. Al fin había descubierto cómo se desplazaba, girando las ruedas de su silla con sus brazotes.

–Entonces vive solito, ¿no le da tristeza?
Rocé con las puntas de los dedos el desgastado mango de la silla de ruedas, rasgando suavemente con las uñas la esponja, y luego sus rizos ligeramente grasientos. Al enfrentar a mi anfitrión, reconocí esa cara enjuta, ese cuerpo musculoso como una caricatura ilustrada en un libro religioso para niños.

–Ha de darle más tristeza a usted.

–Perdón.

Me tiré de rodillas abrazada a su cintura, pidiendo perdón y perdón, bajé la cobija, sujeté el muñón brillante sopesándolo, rasguñando su lisura, dándole lengüetazos sedientos, mordiendo como si la piel fuera cáscara de jitomate.

Tenía la boca llena, pero seguía hablando imploraciones. Unas manos me empujaron tratando de alejarme, pero yo, de pura gratitud, con una mano empecé a sobarle el pene casi tan grueso como el muñón de mis amores. Hasta que, gruñendo, me jaló por la cintura y me sentó en la silla, con él.

El café y el pan no es muy frecuente tomarlos al mediodía, pero hubo que tomarlos. Me compuse un poco antes de caminar hacia la puerta, sin hablar.

Comentarios