Araceli Jiménez Pelcastre y José Manuel Crespo Guerrero
Área académica de trabajo social

Consumir pescados y mariscos aporta numerosos beneficios en lo alimenticio, lo económico, lo social y lo ambiental. Como alimento, los pescados y los mariscos no solo son sabrosos, sino que contienen proteínas, minerales, vitaminas y ácidos omega 3. De tal suerte que nunca faltan en las dietas de los deportistas profesionales y amateurs. Más allá de los beneficios que producen en la salud, consumir pescados y mariscos mexicanos, sobre todo en estos tiempos de confinamiento, es un acto solidario para el sector.

Como es sabido, México tiene dos extensas zonas de costa, una en el océano Atlántico, otra en el Pacífico y numerosos cuerpos de agua como lagos, presas y ríos que facilitan la actividad pesquera y acuícola. Por eso, es llamativo que tratándose de un país que ocupa la posición número 17 del mundo en productos hidrobiológicos, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), su población únicamente consuma un promedio de 13 kilogramos por persona al año, al ser la media mundial de 25 kilogramos.

También es de resaltar que los consumidores mexicanos se inclinan por adquirir un puñado de especies. La tilapia es la que más se vende, así como la basa y los filetes de blanco del Nilo. El problema de los dos últimos es que son de importación, por lo que no contribuyen a generar riqueza nacional. Además, proceden de granjas acuícolas, generalmente asentadas en países asiáticos, donde su manejo es cuestionable en términos de sostenibilidad socioambiental y energética: ¿es viable consumir un pescado que se cría a miles de kilómetros, existiendo en México 15 mil 69 kilómetros de costas y 6 mil 500 kilómetros cuadrados de lagunas interiores? Mientras tanto, los productos frescos capturados en el país y certificados por el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (Senasica) y la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), son muy demandados por los exigentes mercados internacionales. Por si fuera poco, la certificación mundial Marine Stewardship Council (MSC), para pesquerías artesanales de base comunitaria, también reconoce productos mexicanos. Una parte importante de los pescados y los mariscos mexicanos proviene de la pesca ribereña, que se realiza en pequeñas lanchas y cerca de la línea de costa, la cual representa el 97 por ciento de las 76 mil embarcaciones pesqueras censadas y un porcentaje altísimo de los 300 mil trabajadores que tiene el sector. La pesca ribereña participa en la economía azul, al ser respetuosa con los ritmos de la naturaleza.

Consumir pescados y mariscos mexicanos es una forma de apoyar a un colectivo económicamente desfavorecido, que tiene dificultades para continuar laborando en estos momentos de pandemia. Los canales de comercialización hacia otros países se han interrumpido por el cierre o reducción de los flujos aéreos. Congelar la producción y almacenarla incrementa los gastos y refuerza el círculo de la pobreza: con los almacenes llenos, los pescadores no pueden salir a faenar.

Incluir más frecuentemente los pescados y los mariscos en nuestras dietas contribuirá a diversificar las proteínas que ingerimos, difundir la gastronomía mexicana, dar soporte a los pescadores en tiempos difíciles y favorecer la economía azul. “Comer rico, comer sano, comer pescados y mariscos mexicanos” nos fortalece.

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