Existen formas que nunca cambian. Por ejemplo, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) pasó de ser el palo de escoba con que se perseguía a la piñata prianista llena de caca… huates, a ser una piñata que esperamos no traiga la misma colación.

La función que desempeña cada uno (ser piñata o ser garrote) depende en mucho de cómo se forjaron. Si siempre te tocó ser piñata y de repente te encuentras con el garrote en la mano, difícilmente podrás dar garrotazos certeros desde los primeros intentos. Debes aprender, habituarte, medirle y calcular, observar sin tapujos o prejuicios, y sobre todo, entender la estatura o altura de aquello que debes o quieres romper.

Pero, para no seguir con mis términos prosaicos, por favor lean lo que encontré en el muro de Paco Díaz y que, ni él ni yo sabemos quién lo redactó, lo único en que coincidimos es en lo excelso de su explicación, lo cual nos hace agradecer leyéndolo y entendiendo que nuestro país está en vías de transformarse con la acción y pensamiento de una sociedad buena y patriota…

¿Contra qué protestan las elites?

El proyecto encabezado por AMLO tiene los siguientes objetivos declarados: separación entre poder político y el poder económico; redistribución de la riqueza con miras a fortalecer la capacidad de compra de los más pobres y relanzar el mercado interno; consecución de la paz para todos a partir de esta prosperidad mejor repartida; combate a la corrupción y austeridad como mecanismos para liberar fondos destinados al desarrollo sin incrementar los impuestos y como base para la construcción de un estado eficiente y barato.

Todo eso respetando el orden democrático y con un enfoque pluriclasista, donde al 30 por ciento más favorecido se le ofrece la paz social derivada de la prosperidad y “la oportunidad de hacer negocios, obtener ganancias lícitas y progresar sin trabas ni ataduras”.

Nada del otro mundo. En ningún país civilizado las elites armarían un escándalo por esto. Es claro que no se trata ni remotamente de comunismo. Vamos, ni siquiera es la reedición del nacionalismo desarrollista o del estado de bienestar en el sentido que lo propuso Ramírez Cuéllar recientemente. Si queremos buscar un referente en la historia para la propuesta del presidente no sería Keynes, mucho menos Marx. En el mejor de los casos estaría en el bando de quienes buscan reconciliar la economía de mercado con algunos principios éticos (como Amartya Sen) o recuperar un sano liberalismo al estilo de Adam Smith (donde el mercado prevalece pero el Estado no renuncia a su deber de proteger a los más pobres).

En términos más generales, el proyecto apunta a una nueva modernización en clave capitalista, del estilo de la Reforma y la Revolución mexicana, que busca eliminar los factores de retraso en la estructura económica y política del país.

Es significativo que las elites mexicanas sean refractarias a esa propuesta. Indica que no son elites modernas, cuyos beneficios provengan del desarrollo de su propio esfuerzo y de la consecución de ganancias lícitas. Así que el problema no es que sean ricos.

El problema es que una buena parte de esa riqueza proviene del aprovechamiento privado de los recursos públicos y no de su condición de empresarios innovadores de tipo schumpeteriano.

En las altas esferas de los negocios, eso involucra miles de millones de pesos. Tan solo en el Fonden existen 200 mil millones de pesos sin esclarecer, trasferidos a contratistas que nunca entregaron las obras correspondientes. Los famosos “moches” ilustran el proceso completo: el diputado bajaba la obra a los municipios y contratistas favorecidos a cambio de una tajada.

Para evitar el fin de esos procedimientos deshonestos salieron las elites a las calles. Y con eso evidenciaron que son el elemento de retardo en la modernización del país. Dicen protestar contra el comunismo, pero en realidad protestan contra las exigencias de una modernización capitalista que les pone ante la idea.

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