Ya estamos en las fiestas de los muertos (sí, en plural, porque como ya he platicado en este espacio, el Día de Muertos va más allá de un par de días en el calendario). Lo que continúa, la jornada anual y maratónica de tragadera descomunal, desenfrenada, voluntaria y emocionante que se da en los últimos meses del año.

Es cierto, comenzamos el 15 de septiembre con las fiestas patrias, pero, honestamente, los arranques más fieros se dan en el Halloween-Día de Muertos. Y es que para los mexicanos es un gusto enorme prepararnos mentalmente para la ruptura de dietas, pues casi desde julio o agosto, comenzamos a vaticinar lo que será el alza de la curva…de nuestras barrigas. La mercadotecnia nacional también fortalece estos sentimientos, este hype que año con año nos somete a los platos y tazas llenas de bebidas hipercalóricas.

No me refiero a una mercadotecnia de grandes cadenas. El mejor marketing es el que ofrecen las panaderías vendiendo pan de muerto desde épocas tempranas. Las mismas que después pondrán en sus vitrinas las roscas de Reyes apenas terminando el Día de Muertos. Completamente intencional, por supuesto. Sin embargo, funciona muy bien para anunciarnos el fin de año de manera premeditada.

Por otro lado, uno más capitalista (en el sentido más superficial de la palabra), los supermercados y las tiendas departamentales también propagan este virus de derroche adelantado, adornando sus pasillos y estantes desde agosto, preparando mentalmente a todos de cuánto costara la ornamenta este año. Claro, solamente unos cuántos renuevan su colección de elementos decorativos. Mucho tiene que ver con la experiencia de “usar lo mismo cada año”: de las cosas muy divertidas propias de estas épocas es desempolvar aquellos atavíos, testigos de generaciones y de miles de historias en las estancias de todas las casas de este país. ¿O apoco no es sumamente emocionante el torrente de anécdotas y remembranzas cuando estamos sacando los adornos para Día de Muertos o Navidad? De igual manera, las industrias de entretenimiento hacen lo propio: películas, música conceptual y eventos en redes sociales y videojuegos que integran a los individuos con presencia virtual a todos los festejos que se enmarcan a estos días. En fin, sea cual sea la forma, consolidada o no, por encaminarnos a las últimas (y quizá más importantes) fiestas del año, siempre terminan con platos a la mesa y las más firmes intenciones de darse rienda suelta con las delicias gastronómicas.

Que gran emoción te da, apoco no, cuando llegas a casa y sientes el olor a tamales. La esencia de la transformación, las ánimas de los cerdos que ahora viven enterrados en manteca y masa, cobijados por hojas de elote. Poético. O que incomparable sensación la del inconfundible aroma y color del dulce de calabaza, encadenado con pepitas doradas y servidas sobre un dulce espejo de leche tibia. Realmente, podría pasarme horas describiendo los múltiples y por todos conocidos alimentos oriundos de estos meses. Más bien, quiero que hagamos reflexión de las sensaciones que nos orillan a empecinarnos mientras estamos a la mesa.

¿Será que la frase “una vez al año no hace daño” es demasiado poderosa como para usarla como as bajo la manga, en más de una ocasión? ¿Es un alivio y un consuelo? ¿O simplemente costumbre, para aliviar la culpa y resentimiento post-cena? Desde mi punto de vista, significa esto: en efecto, todos subimos de peso. Es difícil resistirse y en nuestra cultura hasta parece grosero decir que no cuando nos acercan un tamalito, un molito, un chocolatito. Y claro, somos gente muy educada. ¿Cómo despreciar? Asimismo, entregarse a la gula resulta un premio después de todo lo que normalmente atravesamos a estas alturas. Imaginen en un año como este, en donde dejamos de ver a tanta gente. Muchos otros se nos adelantaron y ni siquiera pudimos decir adiós. Hay que comer y beber por ellos. Es un año en el que debemos darnos cuenta de que la comida está para disfrutarse, como si fuera la última vez. Después de todo, jamás sabremos que nos espera el año próximo.

Es muy importante para los mexicanos el alivio que nos brindan los placeres culinarios. Al final del día, siempre estamos muy agradecidos por la comida de cada día y no solo desde las aristas religiosas. Considerando la pobreza que nos azota y que realmente todos los que me leen tienen el privilegio de comer, al menos, dos veces al día, sí es prudente y necesario ser agradecidos, con quien tú quieras, pero agradecidos.

Y bueno, quisiera terminar pidiéndoles, a todos ustedes, que simplemente dejemos a un lado la culpa y disfrutemos. Nos lo merecemos, no cabe duda. Sí, pecaremos de gula y probablemente tengamos que padecer resentimientos y remordimientos allá por enero, ya veremos qué procede entonces. Y así, damos por inaugurado el último bimestre del año, el más interesante, el más rápido, el más nostálgico. Coman todo el mole, tamales y pan de muerto que les inviten, déjenle a sus muertos en sus altares, si así se puede, pues vienen de muy lejos y tienen hambre. Hagamos extensas estas ganas de disfrutar nuestros manjares. Después de todo, el mexicano está tan arraigado a sus sazones que hemos dedicado una festividad para honrar a los difuntos y hacer que vuelvan, para seguir comiendo. ¡Que empiece la tragadera! Prohibido pesarse.

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