Vivir dos veces el 19 de septiembre, día que nunca se olvida.

1985. Soy una adolescente que está haciendo su tesis, que ese 19 de septiembre escucha la voz materna: “¡Está temblando!” Y me dije “qué flojera, son las 7:19, voy a la hemeroteca a las nueve de la mañana”. Pero el movimiento sacude como nunca, me levanto de inmediato. El pequeño departamento truena en verdad. Mis hermanas y yo nos tomamos de la mano. Mi madre reza con fervor. Mi papá, el único hombre entre nosotras, intenta mostrarse valiente, calmarnos. Repite despacito y casi en voz baja: “Ya está pasando, ya está pasando”, pero el momento nos parece eterno, los cuadros se mecen alocados, nuestro tucán de barro que cuelga parece querer volar por sí mismo. Y de pronto, la calma. Me asomó por el ventanal y una vecina hace lo mismo desde su casa, mostramos al mismo tiempo el pulgar, estamos bien. No hay luz, desayunamos sin dejar de comentar ese instante de pavor. Mi papá se va a trabajar, pero a los pocos minutos nos grita desde abajo, nuestro departamento está en el cuarto piso: “¡No salgan, la ciudad es un caos, se cayeron edificios, un desastre total!” De inmediato busco mi radio y unas pilas, llorando escuchamos la voz de Jacobo Zabludovsky que describe edificios derribados en el centro, se cayó el Nuevo León de la unidad Tlatelolco, las torres de Pino Suárez, el hospital Juárez, el centro médico. La voz del periodista se quiebra cuando informa que también las antenas y los espacios de Televisa están destruidos. Fue un jueves de luto. Mis hermanas y yo juntamos nuestras muñecas amadas y fuimos a donarlas al campamento de costureras para que sus hijas tengan a quien abrazar por las noches. Mi ciudad es un ejemplo, la palabra solidaridad brota por todos lados. Los milagros existen. Los de siempre se esconden, los de siempre se atreven a robar a un pueblo herido. Pero seguimos adelante y cada 19 de septiembre, no olvidamos.

2017. Estoy de visita en el último piso de la rectoría de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, un ligero mareo me pone en alerta y al observar que todo se mueve, no dudo en decirle al señor rector: “Está temblando”. Admiro su temple, pide que todos salgan del edificio. Bajamos con calma, después comprendo que no hubo pánico porque es muy raro sentir un temblor en Hidalgo. Casi nadie vivió como yo ese 19 de septiembre de 1985.

Cada piso que desciendo mi corazón se acelera. Me preocupo, rezo, que no pase nada en la Ciudad de México, por favor, suplico. Ahora con las llamadas nuevas tecnologías de inmediato llegan las noticias, la tragedia otra vez nubla mis ojos. Intento darme fuerza abrazando a la gente que está conmigo. Cruzo al otro lado de la carretera para sentir cerca a mi esposo, llamo a mi hijo, mando mensajes: “Espero que estés bien. Besos”. El edificio de mi amiga Josefina fue de los muchos que se afectaron con este terremoto. La he visto luchar ya un año por recuperar su espacio, su hogar, ha sido tan agotador. Lloro las muertes de gente que no conocí. No puedo creer que 32 años después me vuelva a sentir tan triste y frágil. Esta mujer adulta llora como esa jovencita de 1985 mientras veo las noticias. Me consuela nuestra fuerza, el puño en alto.

19 de septiembre, nunca olvidaremos lo que ese día nos ha tocado vivir.

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