La sociedad mundial y por lo mismo la sociedad mexicana están en un proceso acelerado de pérdida de referentes morales que a todos asusta, asombra y de dientes para afuera rechaza, pero que de una forma u otra se va incorporando en nuestra cotidianeidad, en nuestra costumbres y valores, y que pasan a ser aspectos que parecieran repudiables, pero a medida que suceden ya todos los días, dejan de asombrarnos, de indignarnos.
Desde que tengo uso de razón, y de esto ya transcurrieron cerca de seis décadas, recuerdo que al referirnos a la clase política –por poner el ejemplo más trillado– se decía que casi todos sus integrantes practicaban una corrupción clara, continua, conocida, que se reflejaba de distintas formas en expresiones del dominio público, en chistes, en anécdotas, sin embargo, se conocían personajes de ese mismo gremio que merecían reconocimiento amplio, ya fuese por sus méritos personales, o su actividad en favor de amplios sectores de la población, por su cultura, por su oratoria o por su presencia social. El movimiento estudiantil de 1968 nos hizo sentir a muchos que este país necesitaba cambiar urgentemente y alimentó una esperanza de reformar o transformar, por la vía de las armas o por métodos pacíficos, el injusto sistema político económico que nos dominaba y nos sigue dominando.
Hoy en día, esa idea esperanzadora pareciera que ha desaparecido, hemos visto como numerosos e importantes miembros de la clase política, especialmente la vinculada al partido en el poder, más no exclusivamente, han perdido todo recato, toda discreción y todo mínimo asomo de vergüenza pública, para caer en el más total descrédito. Se han convertido en saqueadores profesionales, que teniendo en su poder una fortuna descomunal, continúan realizando actividades ilícitas para aumentar ese enorme botín adquirido.
Ya no se contentan con algunos millones, ni con decenas de millones, ni siquiera con centenas de millones, es más, no les alcanza con miles de millones, ahora aspiran a poseer decenas o centenas de miles de millones de pesos, como lo han evidenciado los casos de los últimos gobernadores de Veracruz, Chihuahua, Sonora, Quintana Roo, Campeche, y de los que se acumulen en lo que nos resta de este ejemplar sexenio, cuyo líder no ha reparado en hacer uso del poder político para beneficiarse personalmente, tal y como fue documentado por los periodistas que ahora están sufriendo en bastantes casos, la venganza de una clase exhibida y vilipendiada por una creciente población crítica, aún no suficientemente organizada, como para impedir tales represalias.
Soltaron el control absoluto (si es que alguna vez lo tuvieron) del negocio del narcotráfico y bajo el esquema de la guerra contra algunos y el apadrinamiento a otros, desataron la barbarie en la que vivimos actualmente. Hace no muchos años, 20 o 25, leíamos y veíamos noticias del terrible ambiente bélico en que se desangraba un país latinoamericano llamado Colombia, y no faltaba quien afirmaba en los medios de comunicación masiva que afortunadamente México estaba muy lejos de llegar a esos extremos. Hoy en día, nuestro país ha rebasado las cifras de muertos, desaparecidos, desplazados y las autoridades (¿?) mexicanas están prácticamente rebasadas en cuanto a la administración de justicia se refiere. Del secretario de Gobernación y el procurador hacia abajo existe una total y absoluta falta de efectividad en ese rubro que raya en el escándalo internacional más sonado en muchas décadas y países.
Y la falta de respeto hacia los más débiles, minorías de todo tipo, indígenas, homosexuales, discapacitados y especialmente el tema de la violencia desatada contra mujeres, jóvenes y niños y niñas de todas partes del país. Pero esa falta de respeto llega ya a niveles de increíble violencia, con ausencia total de escrúpulos, con un sadismo indescriptible y generalizado que las mismas autoridades se niegan a reconocer y atender con los argumentos más estúpidos que su escasa humanidad puede proporcionarles.
Un número creciente de hombres en este ambiente de falta de justicia y atiborrado de corrupción, se creen facultados para secuestrar, golpear salvajemente, violar y finalmente asesinar a cuanta mujer se les atraviese, a privar a muchas otras de su libertad y esclavizarlas en el terrible delito de la trata de personas, donde también caen niños y niñas sometidos a la prostitución, arruinándoles el resto de sus vidas, o si no asesinándolos para comerciar con sus órganos. Todo esto con la cómplice inactividad de las autoridades en la mayoría de los gobiernos “legalmente constituidos”. No puedo justificar ni lejanamente comprender el tipo de placer que obtiene un individuo, que se procura un orgasmo, a cambio de la vida de una mujer o de una niña o de un niño. Esto es algo inaudito que éste Estado mexicano está propiciando a través de muchas de sus mezquinas instituciones y autoridades.

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