BRICIA MARTÍNEZ

¿A caso hay algo más increíble como los colores transformándose, adquiriendo diversas tonalidades que van desde las más chillantes, las mezclas más extrañas, hasta difuminarse y desaparecer? Así sucede con los atardeceres y sus múltiples gamas de rojo, pero también ocurre con nuestra piel bajo determinadas circunstancias.

Arcoíris sangriento

Cuando nos golpeamos muy fuerte, con el pasar de los días notamos que sobre la superficie de nuestra piel se forma una mancha que paulatinamente cambia de color. A esas peculiares marcas del dolor se les conoce como hematomas, en su sentido formal, y moretones en el habla coloquial de México.

Los moretones aparecen porque las venas y capilares de la piel se rompen, entonces la sangre comienza a fluir, pero como no hay una vía por la cual pueda liberarse, esta se acumula bajo la piel.

El color del moretón se modifica en función de los niveles de hemoglobina. Primero será rojo, pero después de 48 horas se transformará en morado, azul o incluso negro –porque la sangre no logra captar suficiente oxígeno–; después los glóbulos rojos se rompen, lo que genera biliverdina y bilirrubina –pigmentos encargados de darle a nuestro moretón las tonalidades verdosas y amarillentas “tipo zombi”–, las cuales se irán desvaneciendo hasta que se haya completado la cicatrización y la piel recupere su aspecto normal.

No se trata del petirrojo

En ciertas regiones de España, los moretones son conocidos como “cardenales”, pero hay diferencias entre uno y otro. Los cardenales son manchas focalizadas, de profundidad variable, producidas por una herida punzante; es decir, cuando un objeto filoso o puntiagudo penetra en la piel, se rompen vasos y tejidos, provocando una hemorragia.

Se caracterizan por su color rojo carmín, aunque también presentan gamas variopintas que van del rojo vino al negro nocturno, debido a la intervención de las plaquetas y las proteínas que regeneran los tejidos.

Constelaciones carmesí

Los cardenales, por su parte, no deben confundirse con las “púrpuras”, manchas de entre dos y 10 milímetros que de lejitos parecen simples moretones, pero de cerca simulan un cúmulo de diminutas estrellas de color rojo violáceo o negro sobre la superficie de la piel.

Generalmente se producen por derrames derivados de la inflamación de los vasos sanguíneos y por deficiencias del sistema inmunológico, que provocan el aumento o la disminución de las plaquetas. Aunque son benignos, en algunas ocasiones se requieren tratamientos especiales para recuperar el nivel de plaquetas y restablecer el funcionamiento de los vasos sanguíneos.

Nuestro cuerpo es como un círculo cromático y todo gracias a los compuestos de la sangre y los procesos de cicatrización.

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