Guadalupe Acosta*

*Comunicóloga de profesión, madre por elección y escritora de corazón.

Qué más podemos hacer cuando hemos leído todos los libros del estante, cuando nos hemos ocupado de limpiar todos los rincones, sacando los trapos sucios. Rebuscamos en la mesita de noche la pomada para el corazón, pero se ha terminado por el uso diario en rutina de este encierro. Cuando se han extinguido los ímpetus de los nuevos platillos por aprender a cocinar, todos cojines se han bordado, y los pantalones remendado, ya no hay cuentos que escribir, ni un mándala sin colorear, ya no quedan ganas para ver series, documentales o películas, para escuchar playlist de novedad.

Qué hacer cuando se empieza a extrañar a todos, los no vistos hace muchos años, y las últimas almas alegres que vimos antes del encierro. A la familia, a nuestros abuelos con ojos cristalinos de experiencia y nuestros parientes pequeños con manos de olor dulzón como su puro corazón. Cuando se sabe que no es posible verlos, abrazarlos, sentirlos. Por qué ello sería fatal.

Cuando hemos dejado de tener certeza de cuando nos será posible volver a hacerlo.

Qué hacer cuando todo nos hemos dicho, lo que duele, lo que sana, lo que se queda inerte, cuando tanto se ha hablado que ya no nos podemos mirar a los ojos por miedo a lo que sale de nuestra boca. Y hacemos voto de silencio.

Qué hacer cuando las heridas se abrieron, sangraron y se comienzan a cerrar de nuevo. Dejando nuevas cicatrices con ese viejo escozor; pero un rojo vivo que se niega a desaparecer.

Qué hacer cuando más se extraña y se extraña a todos, a los presentes y a los fantasmas. Cuando por las noches pasa un desfile de desamores por la cabeza. Y algunos hasta se han curado con una plática frente a la pantalla. Pero siguen deambulantes, dando vueltas por las entrañas en las horas más entradas de la madrugada.

Qué hacer cuando no hay más, cuando la párvula melancolía ha crecido cada mañana y ahora es una esforzada tristeza que a todos lados nos acompaña. Y se remolina en la regadera confundiendo gotas de agua con lágrimas desesperadas.

Cuando se extraña a cada ser, pero se extraña más a uno mismo. Y se ha cansado de ver esos ojos tristes tras la ventana.

Ya no habrá aventuras, tal vez no sentiré las olas abrazando mis piernas otra vez. No escucharé de nuevo el susurro del viento, golpeando las hojas en una noche de acampada. Habrá ausencias que no regresaran por más que gritemos suplicantes.

Mi corazón no será el mismo; ahora extraña, se desgarra y se intenta sanar. Pero tal vez ya ni siquiera tengamos mañana para bailar.

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