“Las dos señoras españolas vestían una blusa sin mangas y una falda corta, por encima de la rodilla; medias de seda y zapatos de tacón alto, iban todo de negro. Su cabeza estaba cubierta por una mantilla del mismo color sujetada por una peineta de marfil. Gafas oscuras escondían sus ojos.
“El cajero del banco que las recibió supo de su origen no solo por su forma de vestir sino también por su espantosa pronunciación del francés. La voz cantante, mal ajustada al idioma que estaba sacrificando, era la de la mujer de más edad. La joven callaba y seguía las palabras y los pasos de la otra.
“El hombre las dejó solas en la habitación en que estaba la caja de seguridad que había rentado el marido y padre hacía más de 25 años, y en la que sabían se encontraba una cantidad enorme de billetes de 500 euros que las comprometía con el fisco español.
“Abrieron la caja y vaciaron su contenido en la mesa de metal que tenían enfrente suyo. Estaba todo lo que el difunto les había dicho. Dejaron algunas joyas, pero el dinero se lo metieron entre la ropa, aunque eso en Ginebra salía sobrando.
“Al salir del banco respiraron hondo. Ningún empleado les había molestado y ningún viandante las estaba observando. En el auto estacionado en la esquina las esperaba el marido de la joven, que también hacía de chofer.
“Llegaron al hotel pasado el mediodía y después de un breve descanso se reunieron en el comedor para comer abundantemente. Llevaban en las manos bolsas grandes de deporte que hubiesen llamado la atención en otro lugar que no fuera Suiza.
“El dinero que llevaban entre los tres era ya menos que el que habían extraído de la caja, pues ya se habían deshecho de parte de él en el banco. Se distribuyeron por varios lugares de la ciudad y en todos ellos procedieron de la misma forma.
“A los pocos días salió la noticia en un conocido diario español, el cual describía con algún detalle lo sucedido, pero sin identificar a las mujeres y al hombre que estaban detrás de los hechos.
“Varios retretes de la ciudad de Ginebra, incluidos los del banco X, resultaron atascados, ante la sorpresa de los clientes, con billetes de 500 euros que habían sido previamente cortados en tiras. Un abogado de los responsables pagó las reparaciones.”
K no sabía si reír o llorar ante esta historia que leía una y otra vez frotándose los ojos. Su cara mostraba tanta vergüenza ajena que le resultaba imposible mirarla en el espejo. M estaba de visita en casa de su hermana y no podía acudir a ella para aliviar su indignación.

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Artículo anteriorEdición impresa: 22 de septiembre de 2017
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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.