Ahora, el pertinente rescate de un texto del 2013:

Durante la década de 1960 la generación de la posguerra se levantó contra el sistema y gritó a los cuatro vientos: ¡No más guerra!, y la cultura pacifista (acompañada de marihuana, orgías, LSD y un montón de arte y poesía) se extendió por todos los estratos sociales.

Desde los más pobres hasta los más ricos se contagiaron de la fiebre pacifista, del “make love not war” y del “war is over”. Todo mundo llevaba un jipi dentro que compró la fórmula perfecta del imperialismo, un pueblo que repudia la guerra, el combate, que cree que las ideas son superiores a las armas, es decir, John Lennon y su generación nos condenaron al activismo pacífico mediante el juicio irracional de la violencia.

Y es que desde la posición privilegiada de sus promotores, el pacifismo resulta más que atractivo, necesario: ¿Cómo no promover la paz desde la certeza del futuro? Aquellos que han condenado la protesta violenta lo han hecho desde el vislumbre de un futuro óptimo, satisfecho, ni John Lennon ni el Dalai Lama ni los auténticos líderes de las “revoluciones sin manos” se han caracterizado por vivir en la angustia, en la incertidumbre, en el futuro que se cierra y aplasta por la mecánica de los mercados que reduce los salarios y el poder adquisitivo, por la pobreza que debe conformarse con las migajas del poder, ni mucho menos por el hambre y la desesperanza.

El error del jipismo, de John Lennon y de tantos idealistas de aquella época (que se replican en todas las generaciones gracias a su poder de seducción) fue que al condenar la guerra condenaron también la violencia en general, tachándola de irracional y fuera de lugar en nuestros contextos occidentales, tan intelectuales y refinados que reprobaron también la protesta violenta, condenando a los auténticos indignados, a aquellos que de verdad sufrimos la incertidumbre del futuro, a combatir al aparato de poder con canciones, poesía y “protestas pacíficas”, nos condenaron a la desventaja, pues condenaron al fracaso cualquier intento revolucionario porque a partir de la retórica pacifista toda revolución nace trunca, está incompleta desde el principio.

La auténticas revoluciones deben pasar por tres etapas: una ideológica (de indignación y planeación), una armada (inevitable manifestación violenta del deseo de cambio) y una de institucionalización (en la cual los ideales se convierten en instituciones y aparatos oficiales del Estado del nuevo orden).

Las revoluciones contemporáneas están destinadas a saltar de la ideología al cambio verdadero mediante un puente que tiende la misma estructura de poder, están condenadas al fracaso desde sus bases, desde sus propias configuraciones que comulgan con lo “irracional” de la violencia.

A lo que voy es que, hasta donde hemos podido experimentar, la protesta pacífica, la presión social y las cartas con millones de firmas de indignados han servido para un carajo, parece que la “resistencia” civil y pacífica trabaja a servicio del Estado y no de los oprimidos. La protesta pacífica, la resistencia civil organizada no ha dado frutos de ningún tipo, solo ha promovido la perpetuación del poder que oprime y explota a la mayoría de nosotros.

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