Estoy en mi casa, la misma que desde hace unas semanas y todo este mes de abril es y será mi cautiverio, jamás una prisión. Estoy en la casa que justo hoy, me avisan oficialmente, hemos terminado de pagar. Qué satisfacción. No puedo creerlo, una y otra vez consulto mi banco en línea y sí, en adeudo dice cero pesos. Qué rápido pasó el tiempo, quince años para poder decir: Mi casa.

Y yo que había planeado celebrar este logro con la gente que amo, me he quedado con las ganas. Nada de hacer una pachanga sensacional. Nada de salir a festejar para bailar toda la noche. No me queda más que evocar el primer día que la habitamos, las historias que guarda y las que nos faltan por vivir. En ese recuento hago un pequeño censo y confirmo que tiene tres habitantes, los dos hombres que amo y yo. Somos una cooperativa, nadie es jefe de familia, somos sencillamente una familia. Siempre haciendo malabares para estar juntos, marcando nuestro territorio en inquebrantable santa paz. Convivamos entre la tolerancia amorosa y la discreción solidaria. Cada uno tiene su lugar favorito, nadie se invade ni trata de inventar batallas para ganar nuevos territorios. Compartimos las santas comidas donde se charla de todo lo que nos une y callamos lo que puede separarnos.

En estos días en que virus sin alma tambaleó abruptamente nuestra rutina familiar hemos cambiado pocas costumbres. Por ejemplo, ahora vemos los noticiarios únicamente por la noche, no para huir de la realidad, solo para atormentarnos menos ante esos cuerpos sin vida envueltos en sábanas, tantos números acompañados de la palabra muerte o la imagen de los mismos políticos abusivos. Confirmamos desde nuestro exilio hogareño que hay pocos líderes que apapachan al pueblo y nos conmovemos profundamente con los testimonios de la gente, la misma que vive al día, la que debe salir a trabajar porque de otra manera no sobrevive, la que padece peor que nunca la violencia en casa. Palpamos ese ambiente de incertidumbre, lamentamos que no se trate de una mala película con un ilógico argumento sobre pandemias absurdas y estamos atentos a compartir información que oriente, que tranquilice, que nos reconcilie y nos dé fuerzas para ganar esta batalla.

Y yo que desde el inicio del 2020 esperaba ilusionada el día de hoy, este día en que acabamos de pagar nuestro recinto hogareño, no dejo sentir un agridulce sabor de boca. Nunca imaginé que mi celebración, como yo, se deba quedar en casa. Sí, en casa, porque, repiten por todos lados, hay que quedarse en casa. Yo misma lo digo. Me resigno, obedezco, obligo a la gente que amo a hacerlo por su bien, nuestro bien. Es la única manera de evitar más contagios, de bajar esa curva de muerte e inestabilidad. Me quedo en casa, pero no me alejo de lo que pasa allá afuera. Me quedo en casa, hago todo y nada, me aburro y me entretengo. Me redescubro y me acepto. Los miro a ellos para espiar lo que me provoca seguir amándolos. Me lleno de entusiasmo si imagino –por eso lo hago seguido– que recibo los abrazos de Silvia –mi eterna aliada–, que sigo el paso veloz de mi amigo Vicente o que escucho la voz serena de mi querida Francisca Robles. Me quedo en casa, y aunque sea hoy, saco el vino y las copas para olvidar incertidumbres y celebrar con sus tres habitantes que esta casa, cautiverio por 30 días, ya es todita nuestra.

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