Gracias a mi maestro, el escritor hidalguense Agustín Cadena y a su curso La muerte y la literatura, he conocido a un personaje femenino que desde el primer párrafo me enamoró. Ella es la personaje central de un relato titulado “Siempre hemos vivido en el castillo” y fue escrito en 1962 por Sherley Jackson (1916-1965). La obra tiene muchas virtudes, pero bien dice mi querido maestro, una de las más destacadas es que esta autora le dio a la literatura de terror el lado muy femenino que le hacía falta: rompe estereotipos, comparte un humor siniestramente delicioso y transforma en macabro lo cotidiano. Por eso, les comparto esta carta que le escribí a ese personaje ya memorable en mi vida…
Querida Merricat:

Gracias porque desde las primeras páginas te presentaste transparente y honestamente conmigo. Me diste tu nombre completo: Mary Katherine Blackwood, pero de cariño tu hermana te dice Merricat. Eres todavía una niña, tienes 18 años, yo 55, pero descubrí que teníamos mucho en común porque empecé a aullar contigo. Yo, como tú, también “pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo… pero he tenido que contentarme con lo que soy”.
Construiste tu propio castillo, Constance y tú siempre vivieron en él, te esforzaste de verdad para ello. Tus amuletos te ayudaron, tus palabras mágicas te fortalecieron, la luna te iluminaba. Toleraste al tío Julián, la memoria latente de lo que pasó ese día. El único que siempre recordaba que estabas castigada por desobediente y traviesa. El único que recordaba ese salero, el mismo que Constance se puso a lavar después de la tragedia que ocurrió aquel día. El tío Julián, el único que creyó que efectivamente era necesario lavar ese salero porque tenía una araña. El único que nos da pautas de lo que pudo pasar ese trágico día: “Constance los vio morir a su alrededor como moscas (les ruego que me perdonen) y no llamó al médico hasta que ya fue demasiado tarde. Lavó el azucarero. Tenía una araña dentro —dijo Constance — Le dijo a la policía que esa gente merecía morir.”
Y en tu historia eres buena y eres mala, estás viva y eres fantasma, odias y amas, deseas la muerte, apuestas por la vida. La única certeza es que tu castillo es el único lugar seguro, porque lo inventaste tú, porque lo proteges tú, porque lo destruyes y lo reconstruyes cada día. Te volviste leyenda y mito.
—Lo puse en el azúcar.
—Ya lo sé. También lo sabía entonces.
—Tú nunca te ponías azúcar.
—No.
—Por eso lo puse en el azúcar. Constance suspiró.
—Merricat —dijo—, nunca más volveremos a hablar de ello. Nunca.
Yo me estremecí, pero ella me sonrió con dulzura, todo iba bien.
—Te quiero, Constance —dije.
—Yo también te quiero, Merricat

Y yo también te quiero, Merricat. Y en tu honor, me pongo a aullarle a la luna.

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Profesora investigadora en la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Doctora en ciencias políticas y sociales por la UNAM. Especialista en estudios de la mujer por El Colegio de México. Ha publicado una gran variedad de libros y artículos académicos. Es columnista tanto en medios impresos como digitales. Ha recibido diferentes reconocimientos por su trayectoria feminista y periodística.