En un momento de sus frecuentes arrebatos la vieja abuela, en 1960 frente a la pérgola escenario de la músicas, bajo las sombra de un gran fresno en una banca de fierro fundido tipo “la encarnación” del municipio de Zimapán Hidalgo siglo XIX, no podía contenerse y la mayor parte de su discurso lo palabreó al filo del asiento y hasta de pie, utilizando para expresarse no solo las manos, pies, movía coordinadamente hombros, cuello, cabeza, tronco, con muchas expresiones del rostro gesticulaba al hablar, al salivar jalando aire de los más hondo de sus tripas. Gritaba llamando poderosamente la atención “nuestro legado como real minero de Pachuca, nuestra herencia está en peligro, la están borrando al acabar con nuestra identidad, están demoliendo el legado, se encuentra amenazada la esencia minera, nos quieren desarraigar”.
Acogida en su neurastenia, triste, bajando la intensidad de la voz, susurró que a finales del siglo XIX, el 13 de enero de 1868, el intachable tribuno, legislador, maestro, escritor, diplomático Ignacio Manuel Altamirano, trató a toda costa y trance con enaltecido empeño de quitarle, de mutilar, a la fastuosa iglesia monástica del añejo convento estilo renacentista de San Agustín del siglo XVII, 1677, de impresionante altura 24 metros, 12 de ancho y 64 metros de largo, de perfecta factura, cúpula circular, ostentando dignamente portada del barroco esculpida en piedra en altorelieve luciendo a San Agustín sosteniendo a la Iglesia romana rodeada de sacerdotes de la misma orden agustina. Don Ignacio hizo todo para destruir la espigada y admirable linternilla de este santuario para convertirla en Biblioteca Nacional, 1884-1997, en la Ciudad de México.
Quedó en silencio, sofocada como recién resucitada, siguió con su averiguata. “La riqueza de nuestra herencia argentífera de villa minera son en gran parte los lugares marcadamente de tradición; los de esparcimiento, compra, platica, diversión y ocio, son nuestro legado común de una ciudad esas plazas, plazuelas, jardines, mercados, edificios públicos, portales, monumentos calles, callejas y quioscos de músicas que nacen junto con la minería, por la explotación platera se fundan y funden con nuestra identidad” ella los tenía como de mucha importancia antigua natural. Aunque el anciano mineral por varias razones tenga escaso haber hereditario, aún con el florecimiento de la minería en el siglo XIX, 1850, así la minúscula heredad desfigurada, destruida y hasta desaparecida deliberadamente, pausadamente, injusta e iletradamente en su mayoría por “autoridades” irresponsables y particulares con el permiso de las mismas, se asoma y reclama su permanencia.
Sí, se revela de diferentes formas como en el año 2015 que fue temiblemente anunciada la demolición, la destrucción del artístico quiosco-pérgola de las músicas Abundio Martínez 1991, copia del de 1944, aconteciendo algo sorprendente que viene a marcar un despertar en la real historia de la villa minera en respuesta al derrumbe de ese quiosco-pabellón que el gobierno, alcalde y personeros habían confabulado, revelándose a eso muchos ciudadanos sin ningún interés gobiernista únicamente por conservar el legado, sin desear recibir quincenas, comodatos, presupuestos, puestos públicos. Sin ningún rubor ni temor de “patear la cacerola” protestaron los valerosos enérgicamente en contra de la autoridad que pretendía arrasar con esa hermosa obra artística única de cantera, levantando la voz con la razón en contra de justificaciones y peroratas irracionales de servilitas pegados a la ubre del gobierno.
Esta artística pérgola, si bien a según la ley no es histórica, hoy por esos hechos gloriosos de los pachuqueños empeñados en conservar y preservar nuestra identidad se ha vuelto “heroica”. Resistiendo los embates del autoritarismo, el poder económico que dan los dineros públicos, el servilismo, la complicidad… a esas palabras que resultan como miel al paladar que agradan a muchos adeptos “sí señor, sí señor usted es el conocedor, lo que usted diga”. Quedó ahí, dio marcha atrás la autoridad que es “la que manda y tiene la razón” dejando como ya es sabido en el arrobo la opinión de sus “conocedores y especialistas”, la viejilla diría gozosamente “los dejaron chafeando y en la loma”, ahora sobre la histórica plaza Independencia dejan la huella de la desolación, de la ineptitud, del desconocimiento, convirtiéndola en la ya popular plancha Indecencia.
Ese desfiguro resultó en armonía con despampanantes y chirriantes fachadas al norte y sur de la plaza, que parecen jícaras michoacanas o alebrijes oaxaqueños de superficiales formas y escandalosos colores desatinados selectos por “especialistas conocedores”. Esas sí son “de la discordia”, se pelean por ser las más feas y charras, esas sí “rivalizan”, se les ha olvidado que por decreto presidencial la plaza histórica tiene una obra artística, el Reloj, protegida junto con su entorno; el espacio que la contiene y su derredor. La abuela les gritaría “eso sí no dijo Juárez”.
El cascabel al gato, cascabelea, “un nuevo gran atentado al centro histórico” del mineral de Pachuca, enorme edificio de más de 10 niveles, ninguna autoridad lo ve o hace que no lo ve, está ahí entre las calles de Salazar y Matamoros bien asomando a la de Guerrero, violando los reglamentos; pisoteando el de Obras Públicas, el de uso de suelo, el de construcción, se dice de un contubernio en sociedad de los antes y ahora propietarios con la aún autoridad, presume su ostentación y su mal gusto ¿qué no tiene licencia? ¿O quién la condonó? Se hace un llamado a la próxima alcaldía.

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