Sentada frente al televisor, era el 12 de octubre de 1968, yo la vi entrar al estadio de Ciudad Universitaria. Ella iba vestida toda de blanco, no era una novia, no representaba ninguna pureza, no esperaba llegar a un altar, Enriqueta Basilio representaba a la fuerza femenina, su manera de trotar y cada pisada representaba el avance femenino en todos los deportes, ella se estaba convirtiendo justo en ese momento en la primera mujer en portar la antorcha olímpica e inaugurar la fiesta más grande del deporte mundial.

Su short y su camiseta brillaban con el Sol; sus calcetas y sus tenis estaban iluminados con lunas blancas; su diadema, una corona de color neutro que contrastaba con su cabello de noche bendecida, espigada se movía al ritmo del aire; orgullosa asemejaba a una diosa del Olimpo, la fuerza y la gracia, cuerpo de mujer que no cree en el sexo débil, mente sana que palpa la igualdad.

Subió un escalón y sus músculos reafirmaban su poderío. Subió tres y seis escalones más para alcanzar la cima sin prisa, pero con ritmo de triunfadora. No necesitaba instrucciones, subía adivinando el gozo, presintiendo la cumbre, segura de que llegaba a un lugar cercano, anhelado, ganado en cada zancada. Ningún peldaño la cansó ni la preocupó. En ninguno quiso descansar, la coordinación de su cuerpo y su pasión se volvieron uno en ese ascenso.

No hizo esfuerzos, no mostró cansancio, su respiración acompañaba los aplausos y los gritos de euforia. No había agonía, más bien un total amor por la vida la envolvía todita.

Estoy segura que mientras corría, ella sentía latir todo su cuerpo, el correr de su sangre por las venas, el corazón gozoso y atrevido parecía repetirle: sube, sube, adelante, dirígete a la cumbre, a la cumbre más alta de todas las cumbres y lo hizo, lo logró. Desde la parte más alta descubrió el paisaje del pedregal, teniendo como testigo el volcán Xitle ya dormido que soñaba con ella, el Ajusco imitaba la gallardía de esa mujer que levantaba la antorcha olímpica para incendiar todos los cielos, para chamuscar las nubes y provocar su rebeldía, quemaba pasados de indiferencia, su figura hacía recordar y confirmar que las mujeres de fuego existen y provocan con su lumbre, inspiran con sus llamas.

Y su figura deslumbraba desde lo más alto del estadio de Ciudad Universitaria. Con la antorcha saludó al norte, y los vientos de libertad suspiraron. Después señaló al sur, ese punto cardinal que siempre se ha unido a las revueltas más provocadoras. El oeste, le guiñaba cómplice y el este se derritió por ella.

Norma Enriqueta Basilio Sotelo desde ese instante hizo historia, solamente tenía 20 años y los 93 escalones ascendidos fueron solidarios con su juventud y con su pasión deportiva.

Nació en el Valle de Mexicali, cachanilla hasta el alma, desde niña practicó el deporte, corría compitiendo con todos los vientos, brincaba vallas, segura de evadir cualquier obstáculo que se interpusiera en sus sueños. La antorcha, una metáfora para celebrar la vida. Con ella encendió el pebetero para inaugurar la Olimpiada de 1968 y cuando su rostro palpó ese calor, su piel fue acariciada por esas chispas, y lo supo: “Ese día yo nací para el mundo”. Queta Basilio, mexicana, mujer, deportista, la primera mujer en portar la antorcha olímpica en ese México 68.

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