Lentamente se están agregando nuevos elementos al paisaje urbano, no se trata de árboles, tampoco son lámparas nuevas, menos cestos para la basura o impensable en algunas rampas, se trata de letreros de distintos tamaños y materiales con letras visibles para cualquiera: “Delincuente estamos organizados y unidos, si te agarramos te linchamos, basta a la delincuencia”, “Cuidado rata, si te agarramos te linchamos”, “Vecino vigilante”, esos y otros mensajes semejantes pueden leerse en las calles de las colonias.
Primero fueron rejas en puertas y ventanas, luego quien pudo y se organizó cerró calles a manera de privada, para después contratar servicios privados de vigilancia, los más pudientes han instalado equipos de vigilancia y alarma en sus viviendas y negocios, algunos más han podido cambiar sus domicilios a zonas “más seguras”. Así poco a poco hemos incrementado las medidas para proteger a nuestras familias y nuestros bienes, pero todos esos esfuerzos han sido poco eficaces porque los robos y asaltos siguen siendo asunto cotidiano, tan cotidiano como omitir la denuncia.
“Amenazan con linchar a delincuentes en colonia de Pachuca”, “Ladrón a punto de ser linchado en Huejutla”, “Casi linchan a dos asaltantes en Mineral de la Reforma”, “Rescatan a tres de ser linchados en el Estado de México”, “Policías rescatan a seis de posible linchamiento en la Ciudad de México”, son encabezados comunes en los noticieros de los distintos medios de comunicación, junto con la promesa eterna de las autoridades sobre el castigo a los responsables. Lo que lleva a preguntarme cómo se define la responsabilidad, porque tan solo el año pasado se registraron más de 60 linchamientos en todo el país, ocurriendo con mayor frecuencia en Estado de México, Puebla y Ciudad de México.
El linchamiento como el juicio espontáneo que realizan un grupo de personas, que también se asume como ejecutor del castigo, parece una amenaza y un acto real a cargo de personas desesperadas por protegerse; estas generalmente en lo personal y en lo familiar pueden tener vidas tranquilas y pacíficas pero en situaciones extremas y en grupo pueden reaccionar de manera violenta y hasta homicida.
Los letreros que están decorando nuestras calles y colonias son claras amenazas derivadas de la certeza de que las instituciones creadas para la protección de las y los ciudadanos no funcionan porque no acuden pronto al llamado de auxilio o porque al llegar los agentes apenas tienen lo básico para tomar nota del caso, ¿cuál es la responsabilidad que otorgamos a los tomadores de decisiones sobre la falta de profesionalidad y equipamiento de las fuerzas de seguridad? ¿Se puede culpar a los agentes por no exponer su vida porque sus familias también quedan desprotegidas?
Puede ocurrir que se detenga al delincuente, pero su capacidad económica o su red de complicidad lo hagan inmune, o quizá puede suceder que el incumplimiento del debido proceso lo deje libre. Por tanto el aparato judicial y justicia de nuestro país también tienen su cuota de responsabilidad frente a los linchamientos ocurridos y por ocurrir.
La desconfianza está instalada en nuestras vidas, en el miedo real o ficticio ante lo desconocido, lo raro o lo diferente podemos reaccionar de la peor manera, especialmente cuando sabemos que nos tenemos a nosotros mismos para salvaguardar nuestras vidas y nuestros bienes, porque las instituciones encargadas de nuestro bienestar nos han fallado, por ello no será extraño que los linchamientos sigan ocurriendo.
¿Quiénes serán los culpables?
Los que omiten o trasgreden sus funciones y responsabilidades a pesar de recibir un salario proveniente de los fondos públicos.

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