La vieja anciana tenía costumbre de caminar por la antigua ciudad minera de Pachuca, en ocasiones llegaba al dicho “centro” para 1910 jardín plaza Independencia, ahí sentía y rememoraba en plácido eco palabras que Alejandro de Humboldt escribió a su familia a finales del siglo XVIII confesando: “Si yo tuviera que escoger otra ciudad donde vivir que no fuera Alemania, me quedaría en la Ciudad de México”, para luego ella repetirse: “Los que tenemos nuestra raíz, nuestro arraigo en el antiguo mineral de argento, lo seguimos eligiendo, preferimos el viento de la villa”.
En esta aldea está la estirpe minera, aseguraba, con suma angustia la viejilla protestaba por la desaparición y demolición de nuestra herencia, compungida levantando la vista tímidamente hacia al viejo casco con sus plazuelas, jardines, barrios, plazas, templos religiosos, portal, calles, callejas, callejones, caserío, vecindades fincas de labor, talleres y demás lugares de trabajo, suspiraba moviendo la cabeza redundaba ante el deterioro “no está conservado, ni se sabe ni se entiende de recuperación, restauración, menos de revitalización”.
De la plaza Mayor ahora Constitución con su fuente, rodeada de la alcaldía, de sus portales, de la Asunción de María y diversos comercios, que fue de gruesos adoquines de piedra labrada, lo que dejaron son vergüenzas. Lo mismo en el antiguo jardín histórico de la plaza de Las Diligencias, es un espacio que han ido desfigurando, alterado en el tiempo, en sus inicios fue sitio de diversión y algarabía donde se ubicó la improvisada plaza de toros Avendaño, después jardín Independencia y de diligencias siglo XVIII y XIX, dando paso a El Reloj, monumento símbolo del Centenario en el siglo XX, ahí se configuró el nuevo centro del mineral con hermosas farolas, jardines con flores y árboles, kioscos, pérgolas, pabellones, andadores de piedra de recinto, bellas bancas, lugar de reunión de todos.
En la plaza Independencia, los gobernantes en ese aciago siglo XX le metieron la mano desfigurándolo, destruyéndolo, para dejar su vulgar huella y manejar millonarios recursos públicos en un proceso degenerador que llega ahora al siglo XXI dejando un centro histórico prácticamente perdido de desagradable escenografía de fachadismo señalada como improvisada por verdaderos técnicos conocedores. Vivimos la decadencia de la imagen de ciudad minera, esa recordada por la anciana como el diseño que reveló el esfuerzo del sudor y el trabajo de sus habitantes del pico, marro, la barreta, la pala, de socavones, de tiros, de rebajes y lumbreras, actualmente en completo desprecio y abandono.
Comprendimos y aprendimos el recio carácter inconfundible de la villa en todas sus vecindades, calles y callejones chuecos, a la vez espectaculares emergieron al oriente, al poniente florecieron y volvieron así mismo a desaparecer dependiendo del declive y auge de los centavos de la plata, se reflejó en la prosperidad de sus pocas fincas, son de lo más auténtico y disparejo por su quebrado desplante urbano, su perspectiva compuesta de sorprendentes rincones y recovecos producen la impresión de cierto desorden armonizado que les da esa imagen, un disfrute inspirador incluso apreciado por el visitante, pintor y fotógrafo. La prosperidad y la pobreza van de la mano en sus barrios, en lo social, en lo económico, en sus edificaciones, desde los cerros frente al reloj monumento se arriman a él humildes al ser vecindades, cuarterías y casonas de discreta construcción que acentúan la composición rodeando la plaza centro Independencia, dando contraste y singularidad.
De ese carácter estamos hechos, hemos crecido aquí, aun que por ignorancia y desprecio se niegue, debemos y tenemos la necesidad y obligación de conservar y rescatar la antigua villa minera de las manos de rapiña de autoridades y grupúsculos, ahí está el salvado quiosco-pérgola de las músicas Abundio Martínez. Es urgente redimir, recuperar, proteger y preservar nuestro legado atendiendo e incorporando aquello que es compatible con la revitalización, con el auténtico sentido de la modernidad y el progreso del siglo XXI. Arrinconar frivolidades que buscan justificar atentados contra nuestro legado, como esas expresadas por autonombrados “especialistas internacionales” que hacen analogías del desatinado minimalismo en la depreciada plaza Independencia con la pirámide de cristal del vestíbulo del Louvre en Paris, con la gran plaza de Zaragoza, con la mole del manifestodromo rodeado de impresionantes edificios palaciegos del Zócalo de la Ciudad de México y más atrocidades de actualidad.
La anciana insistía no en revivir, ni resucitar el pasado minero sino en saberlo, preservarlo difundirlo porque da y es el verdadero merito estético histórico del centro de la ciudad, la antigua villa reclama el recobrar parte de lo poco que tuvo de su auge argentífero tan grande como el sueño de sus mineros, tan enorme como su breve historia, para permitir el disfrute del legado, que aunque modesto nos llena de orgullo por original. De él poco quedó en la plaza Independencia-Indecencia, atreviéndose los dichos “autorizados” a recomendar que ¡“Resultaría conveniente que sea el pueblo quien califique con el uso si aprueba o reprueba esa enésima remodelación”! que la dejó sin sombra, con múltiples absurdos, un verdadero error del proceder autoritario. El cascabel al gato se quedó en silencio esta vez al entender que sí es posible arrebatar de las garras y mentiras en las que está envuelta nuestra historia, nuestro relato oral, los legados que pertenecen a todos. Ella recordaría: “El arte eleva, no complace”.

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