Pese a que la presencia de Walter Benjamin guió casi todo el pensamiento intelectual de la posguerra primero en Alemania, después en Europa y más tarde haría mella en el mundo, su obra crítica es por descontado una de las prácticas textuales no solo más celebradas sino conocidas de su obra, pero no sucede lo mismo con el trabajo que emprendió para la radio, ya fuesen sus programas cuyas temáticas rompieron con todos los tratamientos de la época, sino sus libretos para dramas radiales, así como aquellos estudios en los que exploró las posibilidades del medio.

De ese periodo semidesconocido, el mismo Theodor Adorno, quien conoció cada etapa del trabajo, lo calificó de “radioactivo”, en términos de la capacidad de Benjamin para conjurar una producción además de atípica y hechizante, suficientemente capaz de adaptarse a las demandas de la infraestructura y con el talento, incluso, para producir contenidos para el público infantil.

Afuera del entorno de producción, se dice y hay memorias al respecto, Benjamin mostró un interés muy peculiar y acusado hacia todo aquello que se podía producir con la voz humana, en calidad de un desprendimiento de lo corpóreo y cómo mediante un recurso al que se da por descontado entre las capacidades humanas, se le puede inocular una dimensión creativa que la apareja con la composición musical.

Es decir, uno de los intereses centrales de los textos escritos por Benjamin radica en que, a diferencia de toda su obra producida, aquellos extraños que formaron parte de una producción de radio, tienen un vínculo inexpresado entre guion y partitura, ya que ambos están planteados para una ejecución que solo tendrá vida y sentido hasta ser articulados por quienes lo pongan en práctica.

Ese aparente hermetismo de la palabra articulada por el intelectual que espera la lectura como una experiencia subjetiva, se modifica de tajo por el solo hecho de que los textos para acceder al autor están pensados para generar una experiencia que la voz llevará de principio a fin en toda su dimensión conceptual.

Vistos en retrospectiva, Radio Benjamin mantiene toda la actualidad que cabría esperar de uno de los principales teóricos de la Escuela de Frankfurt; no obstante, así como se prestaría para poner en duda su pertinencia, el espíritu que asoman los textos equivale al de las actuales producciones de revistas culturales, al igual que los intereses que hoy guían canales y espacios documentales orientados al esparcimiento del público, sin abandonar la posibilidad de conforme se acercan a un medio donde la atención no se da como exige la lectura, no constituye pretexto para abandonar el intento de promover un espacio de información educativa.

Bajo la misma mirada de lo que ocurre cuando un creador abandona una postura y ensaya otra vertiente de trabajo, en su momento, Laurie Anderson dejó ver que sus presentaciones en vivo así como compartían elementos con el performance y una ambición por incrementar la experiencia musical, poco a poco se rodeó no solo con la presencia de William Burroughs, de quien tomaría parte de su narrativa para escribir “Language is a virus” y después daría forma a una serie de presentaciones que resumió en The ugly one with the jewels and other stories.

En ella, la neoyorkina acumuló todas las narraciones en vivo de sus cuentos y anécdotas que le habían llamado la atención desde que comenzó en la música y se fue acercando a Lou Reed, con quien después se casaría y le apoyaría en la producción de sus álbumes, hasta antes de morir.

Con el mismo aire ecléctico y narrativo que se desarrolló la obra de Laurie Anderson, las narraciones tienen vida propia y su música se asoma desde fondos que no le roban atención a cada uno de los relatos que además la pondrían entre las primeras cuentacuentos que de manera explícita le apostaron al espectáculo de la narración como un ejercicio creativo por cuenta propia, sin demeritar ni ajustar absolutamente nada para enaltecer la sola práctica, excepto el placer de contar historias.

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