Ramón Llull, también conocido como Raimundo Lulio, es uno de los favoritos a la hora de pensar en la edad media y una de las mentes más brillantes de la historia, además de cercana al comienzo del renacimiento, aunque sus desavenencias pasan por toda suerte de episodios que todavía hoy le preservan su carácter enigmático.

Dado que se trata de un personaje no solo singular, sino insuficientemente documentado, Racionero dedicó el recuento de lo que alcanzó a recoger en un relato pretendidamente neutro, a sabiendas de lo rabiosamente controvertido que Llull pudo ser, sin los recursos para comprobar o refutar lo que los especialistas ya saben de él, máxime cuando se parte de una de las versiones más fieles que sería la Vida coetània.

Quizás lo más cercano a Lulio sea el recuento historiográfico de Ginzburg en El queso y los gusanos cuando se refiere al inverosímil Menocchio, salvo porque se trata de un estudio muy bien documentado y así como Menocchio no es un personaje de ficción, tampoco lo fue Raimundo.
A saber, uno de los primeros en aventurar la fusión del conocimiento asiático en Europa, justo cuando su pellejo pudo arder en la hoguera de cara contra la inquisición, además de hacerse a la mar, antes de que Marco Polo, Américo Vespucio, Magallanes y Cristóbal Colón hablaran o dijesen que había un mundo más allá de las costas y las fronteras conocidas por el hombre occidental.

Lulio, entre otras cosas, fue de los primeros que en medio de su proverbial capacidad para instalarse como uno de los alquimistas más notables, cuando se hace de lado la figura de Paracelso. Fue de los primeros en, además, ingresar al conocimiento sufí, que a la larga se convertiría en uno de los que debutarían ante el mundo como los primeros, primerísimos, intelectuales en haber expuesto la necesidad de recoger, escribir y desarrollar aquello que se conocía como saber humano.

Escribió sobre gramática, retórica, lógica, psicología (aunque bajo diferentes nombres: entendimiento, memoria, voluntad), moral, política, derecho, teología, filosofía. metafísica, medicina, anatomía, química y su trabajo comprende 476 tomos.
Quizás porque fue alquimista y se encontraba en la edad media tardía no gozó de la celebridad de Da Vinci, pero la enorme cantidad que compone su producción, así como los temas que abarcó, no dejan lugar a la duda en términos de su capacidad para resolver y desarrollar un conocimiento de tal suerte complejo que lo instalan como uno de los genios indiscutibles de su tiempo. Pero, así como en el Nombre de la rosa, de la mayoría de sus libros apenas se conserva media docena.

Así como existe un conocimiento reservado a ciertas expresiones de la cultura, Lulio es uno de los hijos predilectos de Cataluña; su producción, a diferencia de todo lo que se pueda considerar inaccesible, se encuentra en esa expresión de la lengua española que ha sido objeto de decenas de traducciones a otros idiomas, así como algunos de los más preciados tomos recopilatorios de cuando se considera poligrafía española.
Quién se imaginaría que la actual Kabbalah, como se encuentra difundida en la actualidad, en realidad es producto de los arreglos que Lulio hizo para occidentalizar esa forma del misticismo que, cuando se encontraba en su forma original, no hizo sino amortiguar la dificultad para acceder a ella y le dio el sentido que hoy tiene, sugerido por el pensador español.

Precisamente porque la importancia de Llull, Savall, mejor conocido por su carácter de intérprete musical, se entregó a la composición de lo que algunos definen como uno de sus trabajos más ambiciosos, así como oscuros, dado que el propio sentido al que refiere se encuentra perdido en las marismas del tiempo.

Quizás porque Savall no tiene forma de ser refutado, esa versión ultra económica de Lulio, es el primer acercamiento al que un americano podría aspirar, a reserva de que en su oportunidad acceda a cualquiera de las manifestaciones más recomendables de la forma filosófica.
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