Ayer me encontraba en un restaurante familiar disfrutando un partido de mi equipo favorito. El recinto contaba con media docena de pantallas que transmitían tres eventos diferentes, por lo que cada saque de meta representaba la oportunidad de verificar el marcador de los otros partidos. Cabe mencionar que la pantalla a mi diestra tenía un juego repetido de la Liga Mx Femenil.

Si bien no soy ajeno a la filial del balompié para damas, la elección del restaurante me hizo preguntarme si aquel cotejo realmente sería del interés de los comensales. Afortunadamente, llegó una pequeña niña a responder mi introspección. Desde la mesa de junto llegó la voz de la infante que exclamó con emoción: “¡Mira, mamá! ¡Son niñas jugando futbol! ¡Como yo!”

El balompié es un juego simple, y por lo mismo, primitivo. Quienes lo ven desde el exterior lo conciben como un conjunto de hombres que corren temerarios tras una pelota. Poco hay que agregar a esta premisa: hay veces en las que ni siquiera es necesario el balón. Basta con un objeto que patear y dos más que hagan de portería para convertir un terreno baldío en el estadio Azteca.

Digo que es simple porque es un juego de hombres, y los hombres somos simples. Por eso nos cuesta complejizar aquello que hay detrás. Si alguien nos pregunta, preferimos hacernos los desentendidos y continuar con las prácticas tradicionales, las cuales no siempre son correctas. Gritamos “puto” y nos da risa porque creemos que no dañamos. Minimizamos el balompié femenil porque nos “aburre” y, en el peor de los casos, lo sexualizamos. En síntesis: el futbol no puede seguir siendo cavernario en plena posmodernidad.

Megan Rapinoe recibió el premio The Best que la avala como la mejor jugadora del planeta. En el ciclo futbolístico anterior lo ganó todo con la selección estadunidense y a nivel individual. En su discurso, recordó a las mujeres iraníes que protestaron envolviéndose en fuego porque no se les permitía jugar futbol. La capitana realizó un llamado a utilizar el juego como una plataforma para cambiar al mundo, rechazando el racismo, sexismo y homofobia.

No es un tema menor que el deporte sea un instrumento que conduzca a la paz. Al final del día, el discurso de inclusión en eventos deportivos nos da referentes con los que cualquiera puede identificarse. Si no me creen, pregúntenle a la pequeña que se emocionó viendo a mujeres futbolistas por televisión.

Comentarios