Fueron muchos meses de conocer a Elvira Hernández Carballido, doctora, cuando al fin pude coincidir con su presencia; prestaba servicios a razón laboral de corrector de estilo en la casa editorial que publica estas líneas, situación que impelía la lectura (más nunca corrección) de la columna semanal que tiene a bien publicar semanalmente en este mismo diario, situación que me llevó a externarle reclamación al conocerla.
Visita fortuita aconteció entonces a la oficina de mi siempre directora Elsa Ángeles; pasmo inenarrable al ver en persona a quien otrora, y aún, leo semana a semana, pues lucía, y luce, como la imaginación materializa a quien lee sin conocer su rostro ni su presencia: Elvira Hernández, doctora, vestía de viento, su cuerpo y espíritu hecho de palabras precisas, su sonrisa alada de vuelos incansables, mirada amurallada en castillo de cristal cuyo reinado carece de fronteras.
Tras la sorpresa llega la calma, aunque en esta ocasión que fue aquel encuentro llegó la admiración y la ebullición cardiaca, así como la raíz del título arriba expuesto. Pareció necesario, más que prudente, externarle el reclamo, y cito textual, “de colocar una advertencia al inicio de sus columnas: este texto le hará llorar de emoción. Y la razón es que tiene la puntería de Guillermo Tell para disparar justo al corazón”.
Hubo un abrazo, con lágrimas que apenas pude contener, como contuve casi todas cuando leía, en el centro de la redacción rodeado por compañeras y compañeros de esta casa editorial, las palabras tejidas con aire y belleza de Elvira Hernández, textos que son más que textos, estrellas que titilan durante el día para complementar el Sol, constelaciones que guían en la noche, semillas plantadas en el pecho que germinan alas, y viento para estimularlas.
La doctora Hernández Carballido es bella y airosa, como es consabido con razón más que justificada, y esta cualidad es extensiva a ella misma, un toque de rey Midas para la belleza y la libertad: su presencia, su literatura, sus clases, enseñanzas y cátedras, su andar con pies alados, su familia… todo cuanto rodea y manufactura transmuta y renueva brillo.
Pero también tiene fortaleza y esperanza, la paciencia del viento para moldear piedras, montañas, historia, para horadar caminos que serían imposibles sin su ayuda, visibilizar que hay sueños lejos de las manos pero cerca del corazón.
Sin el privilegio de ocupar pupitre en salones donde amplía y repercute su inteligencia y la belleza, su obra tiene la capacidad de adentrarme en sus cátedras; leerle es igual que estar presente en su enseñanza y, por lo tanto, cualquiera que se adentre a sus palabras es su alumno y aprendiz, su cómplice.
Ahora cuento con el privilegio de visitarla de vez en vez, aunque nunca serán las suficientes ocasiones; ahora tengo el gozo de conocerla un poco más, como se puede conocer a alguien mediante sus lecturas y su presencia, aunque nunca acabaré por conocerla de todo; ahora es momento, tal vez, de suprimir el citado reclamo, porque ¿quién querría comenzar cualquier lectura con el aviso “este texto le cambiará la vida”, “estas palabras le harán libre”?
Con seguridad, sé que ahora es el momento de agradecerle doctora Elvira, y anhelar, con todo el corazón y el amor que le tengo, que todos y cada uno de sus años continúen y multipliquen lo que ha logrado ser: una persona alada, una maestra entrañable, la mujer más bella y airosa.

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Egresado de la UAEH, amante de la ciencia ficción, cafeinómano empedernido y simpatizante indiscriminado del chocolate