Aquel lejano junio de 1988 salía de Barcelona con dirección a Berlín. Llevaba lleno el saco de esperanzas y henchido el corazón de aventura. A mi lado, Julio miraba el amanecer con ojos de asombro y duda. No quería alejarse de Ana, pero tampoco deseaba abandonar la pasión por el teatro que lo consumía.

A las siete en punto, con la puntualidad de un reloj suizo, llegó el pequeño auto que nos llevaría de un tirón hasta Colonia, donde nos recogería otro vehículo hasta Berlín. Ataron nuestras mochilas en la capota. Lo curioso, que a la vez me pareció significativo, fue que las ataduras se hicieron con cintas de plástico que anunciaban una cerveza española, San Miguel. Llegaríamos al país de la cerveza anunciado una que era del país que dejábamos.

El viaje fue incómodo. Teníamos poco espacio atrás y las piernas no podían estirarse, todo el tiempo las tuvimos encogidas. No paramos en ningún momento. Por suerte éramos jóvenes y no tuvimos necesidad de ir al baño.

El muchacho que manejaba era un as del volante y volaba por las autopistas francesas. Sin darnos cuenta la catedral de Colonia, donde se encuentra el famoso relicario de los tres reyes magos, estaba ante nosotros. No tuvimos tiempo de admirarlo, pues bajamos de un auto y subimos al siguiente. Volamos de nuevo, esta vez por las carreteras alemanas, las cuales transcurrían por paisajes en transición que se movían velozmente hacia un destino deseado.

En Berlín nos estaba esperando Alex, quien nos recibió con una amplia sonrisa y un abrazo. Enseguida nos puso al corriente de los planes de la “compañía”. Nosotros éramos la “compañía”.

Nos instalamos en la pequeña casa de Ralph, a quien cariñosamente, poco después, españolizamos el nombre y empezamos a llamarlo Ralfito. La casa no era demasiado cómoda, pero no nos importaba. Era suficiente para nosotros, quienes estábamos tan llenos de sueños que cualquier lugar nos hubiese parecido el palacio de un sultán.

No dormimos en toda la noche. A la luz de las velas Gislán, un amigo brasileño que se nos hizo entrañable, tocaba la guitarra y cantaba bossa nova como el mismísimo Caetano Veloso. Además, la cerveza alemana era exquisita; nada que ver con la que vinimos anunciando por toda Francia y parte de Alemania federal.

Las horas pasaron demasiado deprisa. Las estábamos saboreando con la delicadeza de unos corazones jóvenes llenos de alegría. Teníamos poco dinero en la bolsa, pero todo el porvenir por delante.

Al día siguiente nos despertó un Sol frío que no calentaba como el de España. Debíamos darnos prisa, Alex nos tenía preparada una visita al muro de Berlín. Después iríamos, entrada triunfal incluida, a Alemania oriental. Allí nuestro amigo nos presentaría a sus colegas, pero sobre todo, a su novia, Julia, de la que tanto habíamos oído hablar.

El muro no era gran cosa. Me pareció una barra de chocolate blanco, pintada de pastel, que se alargaba más allá de donde alcanzaba la vista. Entonces no éramos conscientes de lo simbólico que era aquel pedazo de hormigón que palpitaba en sus entrañas.

En el cruce de la frontera, por el paso de Checkpoint Charlie, predominaron sentimientos de curiosidad, asombro y temor. Nos metimos en un laberinto de metales brillantes que reflejaban nuestra imagen caminante deformada. Íbamos con la lentitud propia de una fila interminable de hombres y mujeres que paso a paso se acercaban a los soldados inescrutables que revisarían su documentación. Los ojos de los soldados grises eran de metal frío y cortante, estremecían al mínimo contacto con los propios, que se cerraban para no ser aniquilados.

Al otro lado, siempre es cuestión de lados, aunque entonces lo ignorábamos, estaba Julia esperándonos. Su sonrisa me pareció algo afectada, aunque deseché ese pensamiento en un instante, imbuido como estaba del espíritu de aventura.

Berlín oriental era gris oscuro. El polvo del carbón, que se acumulaba en las calles, se mezclaba con las desconchadas paredes de los edificios. Entramos en una librería en la que todos los libros eran de autores marxistas. No existía otra literatura en aquella Alemania. En la pescadería, una inmensidad de latas de tamaño estándar nos dio la bienvenida. En ese mundo no existían los pescados sino las latas frías que hacían olvidar los mares azules.

La tarde pasó agradable. Una buena taza de té con unas galletitas y la música de Bach, tocada al violonchelo por Julia, nos hicieron olvidar nuestras primeras impresiones. Muy cerca de allí el muro contenía su aliento fétido.

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