“Hace algunos años, hace algunos meses mejor dicho…” ¡Já! Así decía un joven Miguel Bosé en un ahora añejo concierto grabado en Barcelona pero que, para el caso, sigue sirviendo de introducción al tema de hoy: la música, con sus trucos, tratos, chismes, chistes y berenjenas (esto último no sé por qué lo puse, pero si no lo encuentran apropiado, no se preocupen, si gustan no lo lean).

Aún recuerdo, con algo de dolor, por cierto, cómo mis viejos ídolos del rock de la adolescencia –quienes tenían cierta duda existencial sobre la locura de su madre y sobre qué beber además de tu sangre– aparecieron con el hoy extinto Paco Stanley (¡ándale!) moviendo el hocico y haciéndole al cantor. Mi ilusión de aquella presentación se desplomó junto con la admiración que les tenía (lo bueno es que hace un par de años vinieron a la FUL y pude ver que no era para tanto). Lo que queda tras una experiencia así resulta traumático. Después del episodio constantemente me preguntaba: ¿todos los cantantes son iguales? Por suerte pude constatar que no. La vida me puso enfrente a otras personalidades que, para bien de las artes, mal de los productores de televisión, fortuna de la sociedad y ventaja de las redes sociales, tienen talento.

Hoy me complace decir que la música me late. Es chido levantarse a la mitad de una rola y sentirse gracias a ello a la mitad de una película. También es padre disfrutar de un concierto ya sea anhelado, inusitado o improvisado e incluso participar en una intensa bohemia entonando a la vox populi.

Y es que.

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. ¿Quién no ha vibrado a la par de unos acordes bien interpretados o ha sentido cómo se agrega la pimienta de la vida a nuestras propias vidas gracias al lenguaje universal? ¿O quién no ha evocado un pasado y momentos lejanos gracias a una nota musical grabada en la memoria? (y no precisamente USB). Sí, en definitiva, la columna no va para aquellos que bajo la mística reguetonera mercantil se sostienen de quienes fingen cantar o sonsonetear, sino para aquellos que enaltecen la condición humana gracias a su virtuosismo al interpretar una melodía o, elevan el espíritu personal y colectivo con el sonido de sus cuerdas vocales (la mía ya va sanando, gracias por preguntar).

Así pues, hagamos de nuestra vida una larga, grata y armoniosa canción.

Tan, taran, tan, tan… Turururú… Taran taran, tan, pum. Jeje.

“Cuando el hombre trabaja Dios lo respeta, pero cuando el hombre canta Dios lo ama” Rabindranath Tagore [email protected]

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