Harald no importa en esta historia, gusta de organizar recepciones para incentivar la creación.

–Si yo hubiera encargado una capilla Sixtina la habría llenado de santos con mi rostro– bromea.

La reunión inicia en la estancia; sobre una mesa, charolas con bocadillos minúsculos que los asistentes no saben comer.

–La próxima vez ofreceré frituras– dice sonriendo.

Caminan a la biblioteca, el grupo lo sigue atento a la historia de cuadros y objetos iluminados dramáticamente.

Una joven escritora levanta un libro pesado que se encuentra sobre una mesa, contempla el grabado, una orgía entre humanos y bestias.

–Mejor no lo toques, al Demonio le gusta jugar.

–Es tan real– murmura ella, mientras acaricia el grabado–, parecen vivos.

–Es piel, piel humana; hay historias que solo pueden contarse como heridas– dice Harald colocando su mano sobre la pasta–, solo algunos textos merecen semejante honor, y para ello se necesita más que zafias descripciones de coitos, locura o anécdotas de viajes en tercera clase.

La escritora continúa acariciando el libro, se corta el dedo con el herraje que cierra el ejemplar. Harald ríe con franqueza, sujeta la mano de la mujer y lame su dedo.

–Deberías ser cuidadosa– le dice mientras la mira con ojos abrasivos–. Los grimorios son mucho más que tus autores nórdicos.

Mozos de traje gris aparecen con bebidas. Harald recibe una copa.

–Cada licor tiene un daemon, este tiene un ser femenino y, como todas las mujeres, seduce y después traiciona. Sean cuidadosos.

El grupo bebe receloso los primeros tragos amargos, después disfruta del líquido. Ocurre una danza en los movimientos de empuñar el trago.

Las sonrisas se vuelven abiertas, despreocupadas, estúpidas. Harald, desde el centro contempla, invita, acerca.

Los criados grises recorren la biblioteca con botellas verdes, dejan tras de sí las copas llenas, como rastros de insectos en el pasto.

Las copas se llenan y se vacían, se llenan.

–El reloj recuerda lo inevitable. En ese círculo se encuentra la repetición de todas las vidas, ¿es posible negar esto? Sí queridos artistas, es posible si colocamos un gran acontecimiento.

Los invitados cruzan algunas miradas cuando un criado baja la luz.

–Baila, preciosa–, le dice Harald a una bailarina de escote prolongado. Antes de que ella tenga tiempo de responder continúa– baila para nosotros, ¿o necesitas una orquesta?– toma el control remoto que se encuentra sobre la mesa, apunta al muro, suena alta una melodía cadenciosa y popular–. Baila, pagaremos.

–No es necesario– murmura ella, mientras cuestiona con la mirada al grupo sorprendido.

–Sí es necesario hermosa, porque el precio lo fija quien paga y he decidido hacerlo– el hombre gris entrega a la mujer un sobre, ella sin disimular la curiosidad mira el contenido.

La bailarina guarda el sobre en su bolso, se levanta frente a Harald, este cierra los ojos. Los asistentes contemplan con lascivia a la mujer que contorsiona la pelvis al ritmo de las percusiones.

–Nuestro acontecimiento resulta demasiado vulgar para romper el tiempo– dice Harald incorporándose, extiende la mano y apaga la música–. Necesito más que tu baile para recordar esta noche, eres demasiado… ordinaria.

Harald no importa en esta historia. Después de esta fiesta organizará otras para artistas en ciernes que reciben en su domicilio, de manos de un mozo gris, una ornamentada invitación; acuden por la promesa de dinero mensual. El final de las recepciones sucede igual: Harald se fastidia de la ebriedad estúpida y la adulación, da una pequeña palmadita –audible para los hombres grises–; en silencio discreto, los mozos dejarán a cada uno de los invitados en medio del bosque. Ya frente al camino enmarcado por árboles, el grupo será consciente de la humillación. Nadie lleva vehículo ni teléfono celular.

Pero esa madrugada –como todas las madrugadas que prosiguen a las reuniones–, Harald se retira a su habitación, quiere dormir unas horas, traga un puño de pastillas y aguarda el efecto, el amanecer lo descubre, llorando acuclillado.

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