Las sociedades democráticas tienen la ventaja, y al mismo tiempo, plantean el reto de la convivencia pacífica entre personas con convicciones y creencias diferentes sobre muchas cuestiones. Son sociedades pluralistas, si no lo fueran no serían democráticas.
Una de las esferas más delicadas e importantes del pluralismo, es el pluralismo moral o ético. Es en este sentido ético-moral del actuar humano que el aborto genera un dilema social importante entre quienes lo consideran un delito y quienes lo apoyan como un derecho a la maternidad voluntaria. Si tenemos en cuenta las presiones culturales que padecen las mujeres para ser madres, no queda claro si la decisión de encarar estos tratamientos es verdaderamente una opción.
En México, además de ilegal, el aborto es considerado religiosamente inmoral tipificando a la mujer que practica estas terapéuticas como asesina y a la vez castigando socialmente a la mujer y destinándola a la clandestinidad y estigmatización por parte de quienes la tratan. La estratificación social juega un rol muy importante ya que esta define la atención y búsqueda de apoyo médico y social para quienes recurren a ese tratamiento, es a partir de esta diferencia social que se estudian las circunstancias particulares y sociales de quienes enfrentan el proceso.
Es esa construcción social de lo que llamamos género una de las principales condicionantes del apoyo social a las mujeres que recurren al aborto, pero, ¿por qué el género juega un papel tan importante? Dentro de la sociedad, las mujeres adquieren un rol de cuidadoras, cuidadoras dependientes (se ha observado a través de algunas lecturas estudiadas con anterioridad), es ese papel de dependencia emocional y económica el que aísla a las mujeres reduciendo considerablemente sus relaciones y por consiguiente sus apoyos y redes sociales, la movilidad, conflictos en las interacciones sociales y la falta de identidad y autonomía no son más que signos de una estigmatización social hacia las mujeres, quienes al final del día terminan constituyéndose en personas aisladas, marginadas y sin posibilidad de movilizar ayuda ante eventos adversos. El aborto en sí es un hecho estigmatizante que requiere de búsqueda de atención médica y emocional y de apoyos económicos y emocionales, es decir, contactos que disminuyan los riesgos para su salud facilitándoles ese proceso sin actitudes de culpa.
Otro factor importante es la incapacidad y limitaciones económicas, las cuales generan por sí mismas un señalamiento social debido a una desigualdad en la atención médica que se brinda en función a la capacidad de pago, expresando así la vergüenza y estigmatización de ser pobre limitándose a pedir ayuda o solicitar a las instituciones “rebajas” para poder cubrir los costos. Es en ese sentido que la posición dependiente de la mujer limitada en su identidad, autonomía, interacción social y por consiguiente en su capacidad económica la destina directamente a una experiencia francamente negativa.
Las condiciones de pobreza y marginalidad contribuyen a un aislamiento condicionado por el género y los conflictos sociales generados en esos contextos, definiendo un bajo apoyo social que limita la disminución de la culpabilidad y mejoramiento del impacto psicológico y emocional del aborto en la mujer.

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