Karla E Rentería Hernández

Existe una necesidad inherente en el ser humano de relacionarse con los demás, de comunicarse y, sobre todas las cosas, de mantener una imagen buena. El desarrollo de las tecnologías de la comunicación nos situaron de una manera muy rápida en un escenario en el que la conectividad y la inmediatez permiten hacer esas tres cosas fácilmente y sin necesidad incluso de invertir mucho tiempo en ello.

Según la Asociación de Internet, en su estudio número 14 sobre los hábitos de los usuarios de Internet en México, correspondiente a 2018, 67 por ciento de los mexicanos de entre seis y 55 años utilizan Internet, mientras que 64 por ciento de ellos se encuentran conectados las 24 horas del día, siendo las redes sociales la principal actividad en línea de los internautas, con un resultado de 89 por ciento. Cabe resaltar que de 2014 a 2018 la estadística aumentó 25 por ciento.

Así que, para dimensionar un poco estas cifras, analicemos la serie británica “Black mirror”, emitida por Netflix, que retrata lo que sucedería con una sociedad dirigida completamente por la tecnología. Si no la has visto, necesitas por lo menos considerar el primer capítulo de su temporada número tres, titulado “Caída en picada”. Este episodio nos enseña la vida de las personas dependiendo al 100 por ciento de las redes sociales y de las puntuaciones que se otorgan entre sí a través de una tecnología que permite estar conectado por medio de un chip que va directo a la red neuronal, y a un lente ocular capaz de grabar cada uno de los momentos por los que alguien pasa. Con este lente, se puede ver el rating de la otra persona en realidad aumentada y sus interacciones sociales en tiempo real, retratando a una sociedad que funciona por likes y por la cantidad de estrellas que se ganan a través de sus experiencias. Entre más amabilidad, más puntuación y, con ello, el acceso a una mejor vivienda o un trabajo con una remuneración más alta, a viajar en avión o poseer un auto elegante.

Ahora, luego de revisar este episodio, pensemos por un segundo en las distintas aplicaciones que nos piden calificar un servicio en especial. Un ejemplo claro lo podemos encontrar en las apps de Uber o Didi, estas te dejan calificar a tu conductor para que él pueda obtener más viajes debido a sus altos puntajes. Pero, por otro lado, este mismo conductor puede perder este puntaje cuando la gente se detenga a ver las calificaciones y se encuentren con comentarios negativos o con una simple mala valoración. Lo mismo sucede con Mercado Libre, donde los compradores acceden a un artículo y lo primero que se encuentran son el número de estrellas que cataloga a ese vendedor en el ranking de calidad. Y bueno, ni qué decir del meme “pésimo servicio” que inunda la redes sociales. En ese ejemplo, absolutamente todas las acciones o cualquier cosa que tenga que ver con una persona son calificadas a través de estrellas. Por supuesto que la máxima es llegar a las cinco estrellas para decir con orgullo “excelente servicio”.

Todo se trata entonces de “status” y de imagen digital. De todo lo que se hace por mantener ese lugar en las redes y de cómo se perciben los usuarios por medio de sus perfiles en sus cuentas de Facebook o Instagram, por dar un ejemplo. ¿Qué tan lejanos estamos de llegar a esto? Se nos ha dado el poder de controlar nuestra imagen basados solamente en lo que somos en las redes, de nuestra información de perfil, del número de seguidores que tenemos o de la calidad de nuestras fotografías, las cuales además muestran estilos de vida envidiables. Así que podemos decir sin lugar a dudas que todos y cada uno de nosotros hemos caído en esta trampa. Alimentamos nuestros perfiles esperando tener alguna respuesta, alguna interacción con cualquier otra persona y, por supuesto, anhelamos tener muchos likes para ser alguien en el mundo digital, para ser famosos influencers o para tener un lugar privilegiado ante la mirada de los demás internautas. Por supuesto que la conectividad tiene muchísimas ventajas, la tecnología nos ha llevado a un avance glorioso en el cual tenemos acceso a muchísima información que además nos facilita procesos, nos ayuda a aprender a distancia y nos mantiene conectados cuando más lo necesitamos, pero, ¿qué tan responsables somos como ciudadanos digitales? Hemos olvidado la parte social y ética y ni hablar de la moral. Estamos llegando a la era de “Black mirror” y es sumamente importante detenernos para revisar lo que estamos haciendo en estos nuevos escenarios, y sobre todas las cosas, para revisar quiénes somos en las redes sociales y cómo las utilizamos. Para concluir, me gustaría hacerte una pregunta, y tú, ¿pasas mucho tiempo viviendo en tu versión digital?

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