Los reencuentros
son un volado, una carta cuya cara nos da emoción descubrir pero también temor. ¿Qué nos aguarda esa cita después de tantos años? ¿La decepcionaré? ¿Mi cuerpo le causará repulsión? O, por el contrario, ¿esta vez sí le resultaré atractivo? El reencuentro es el choque de dos realidades apartadas hace tiempo, dos historias que tuvieron que escribirse por separado a partir de una súbita bifurcación. Tal vez nunca debimos dejar este
Maldito Vicio.

Antonio Madrid*

Sí voy. No voy.
Sí voy. Mejor no. O sí. ¡’Ta madre. Ya no sé!
Sí, sí voy.
Y voy, ahí voy, con paso apresurado, aunque este maldito sudor me ruede y me pique por la frente, las mejillas, el pecho, la espalda, las piernas, los pies. ¡Maldita sea!, ¡qué calor!
Ahí voy, esquivando el tumulto de personas que caminan por las aceras, pasando de una canción a otra en los puestos de discos pirata, escuchando las ofertas que por altavoces hacen los comerciantes, angustiado por sí la veo, preocupado por si no la veo, ansioso por verla, temeroso de no verla.
¡Ufff!
Y la imagino. ¡Vaya que sí la imagino! Lo he venido haciendo desde que salí de mi casa. Que si será alta, que si delgada, que si exuberante, que si morena, bueno, morena sí, así la recuerdo, pero… ¿tanto tiempo y se ve muy joven? ¿No será un falso perfil?, ¿O una foto de hace tiempo? O… Maldito Face, tan engañoso que es.
¡Pues ya voy! Me digo decidido, pero justo antes de llegar a la Plaza de la Libertad siento la vibración de mi celular dentro de mi bolsa izquierda del pantalón.
“Mejor nos vemos en hora y media. Me salió un compromiso.”
Ya no voy.
O sí, pero de regreso. ¿Será una trampa? No. ¡Se arrepintió, claro! De este mensaje, en hora y media llegará otro que ponga otro plazo y así se la llevará, pienso. Me dará largas. ¡Maldita sea!, bueno, pero también venía consciente de eso, que era un albur, que reencontrarte con alguien que no has visto en 12 años o más, quizá 15 y que esté viviendo ahora a 400 kilómetros de distancia, podría ser todo y nada a la vez. Podría ser el cielo o el averno. El paraíso o la desgracia. El delirio o la decepción.
Parecía que era esta última.
Ahí voy de nuevo, pero ahora de regreso al mercadito, ahí donde venden mariscos, ahí donde el barullo se multiplica, ahí, junto al quiosco, donde unos músicos de la tercera edad tocan canciones de la Sonora Santanera y la Sonora Dinamita.
Y que si fue en un cabaret. Y que si la pollera colorá. Y que si la medallita. Y que si…
Vuelve a sonar otro mensaje. Presiento lo peor. Mi mano vuela hacia la bolsa izquierda de mi pantalón, pero casi tan rápido como iba a sacarlo me arrepiento y mejor no lo saco. Ya sé, pienso, va a decirme que mejor no, que mejor otro día, porque…
–Su orden señor…– ha llegado la mesera.
–¿Tendrá cerveza?
–No señor. Le quedo mal. No tenemos.
–Mmm– me quedo pensando. Es raro no encontrar una cerveza en un restaurante porteño. Pero no. No hay.
–Tengo agua de limón…
–Ya qué, tráemela. Con hielos– ordeno.
Vuelve a vibrar el celular. Lo saco de una vez. Total, qué más puede pasar. Si dice que no, pues ya buscaré alguna diversión y me regresaré cuanto antes a mi casa. Total.
“¿Porque no contestas?”, pregunta el mensaje. Antes otro que dice: “Ya me desocupé. Nos vemos en media hora. Donde quedamos”.
“Perdón –le contesto–. Ok. En media hora”.
Me apuro a comer, pero luego reflexiono que si a mí ya me tocó esperar, ahora que espere ella.

“Como la quierooo
Cuanto la extrañooo
Pide de miiiiii
Lo que tu quieraaaas”

Los viejos ahora tocan salsa.
Me quedo mirando el panorama. Casas viejas, evocación de la época de oro en el puerto. Calor, intenso calor. Mujeres guapas, paseando en diminuto short o en minifalda. Sacudo la cabeza. Los mariscos, al parecer, han comenzado a hacer efecto, pienso y me sonrío.
Vuelve a sonar el celular. ¿Qué onda con el celular?, ¿no hay descanso para el dueño de un celular?
“Ya estoy aquí”, dice el mensaje.
Ahora sí me atraganto. Me entra la temblorina. Nervios, muchos nervios.
Pago la cuenta y casi corro hacia el lugar indicado. Subo calles. Una, dos, tres, cuatro cuadras, doblar a la derecha, luego a la izquierda. Ufff. Estoy agotado.
Llego a la plaza y la duda vuelve a aparecer, atenta, solicita, aunque en realidad nadie la ha llamado.
¿Cómo será?
Ya falta poco, ya falta poco. Ahora sí, el quiosco, donde quedamos, ya se ve a lo lejos. Mmmm, voy despacio ahora. ¿Con qué me limpio el maldito sudor que corre como hilillos por todo el cuerpo, con qué? Ya me he acabado los pedazos de papel higiénico que cargaba. ¡Maldita sea!, que inoportuno, pienso.
Me faltan solo unos pasos. Ahora sí, busco en el quiosco. Primero veo a una muchacha gordita. No, no es, es muy joven. Una señora, gorda también, muy gorda, morena, de pelo lacio y peinada con cola de caballo. No, no creo que sea. Eso espero. Más allá un señor, luego unos niños. Hasta el fondo una mujer. Alta, delgada, de cintura breve y caderas anchas. Su cabello negrísimo. ¿Sí es? No es.
Sí, sí es.
¡Ay Dios mío!, ¡Ay Dios mío! Me entra la taquicardia (¿así se dice?) o no sé qué, pero todo se me revuelve en la cabeza, en el pecho y en el estómago. Llego pero no llego. Saludo pero no saludo. Me quedo pero…
–Hola– me dice.
–Hola– trato de contestar, pero no me escucho ni yo mismo. Tengo el cuerpo completamente mojado por el sudor, pero la boca la tengo seca. Reseca. Requeteseca.
Es ella. Mercedes. La que daba clases en el Conafe. La guapita. La que se chiveaba cuando la miraba. La que una vez le agarré la mano en lugar de a su hermana y que la retiró luego, pero que se sonrió. Y está igualita, bueno casi igualita. Más bien mejor.
Lo demás es trámite. Reconocernos y saludarnos. Saludarnos y reconocernos. Después, ya después, como si no hubieran pasado los años, nos metemos a un lugar donde la felicidad tiene precio por hora.

*Originario de Huauchinango, Puebla, es licenciado en ciencias de la comunicación, apasionado de la narrativa, ha publicado cuentos de corte costumbrista en revistas y periódicos de Puebla y Veracruz. También ha ejercido el periodismo en el género de crónica y columna.

 

La mujer que no (fragmento)

Jorge Ibargüengoitia*

Debo ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré… En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya junto con las de otras gentes y un pañuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién. O mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus grandes ojos almendrados, el pelo restirado hacia atrás, dejando al descubierto dos orejas enormes, tan cercanas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo… su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.
Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cercanos a la Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y 300 pesos en la bolsa. Era un mediodía brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una docena de veces era mucho. Le puse una mano en la garganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y con hijos, que yo había tenido mi oportunidad 13 años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impulsos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche, que estaba estacionado muy lejos. Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de enmedio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que 13 años antes no solo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino 3 o 4 millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. No importante, no importa”. Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza… hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.
Después del accidente, fuimos al SEP de Tamaulipas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores. La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. ¿Te veré? Nunca más. Adiós, entonces. Adiós. Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina El Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.
Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha… fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: Búscame mañana, a tal hora, en tal parte; y desapareció.
¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos mentales, diversión de los pobres, esparcimiento de los intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gracias, Señor, por habernos concedido el uso de estos artefactos, que hacen más que palatable la estancia en este valle de lágrimas en que nos has colocado!

*Guanajuato, México, 1928-Madrid, España, 1983. Escritor y periodista mexicano, considerado uno de los más agudos e irónicos de la literatura hispanoamericana y un crítico mordaz de la realidad social y política de su país.

Director del mal: Jorge A. Romero

Colaboradores viciosos: Mayte Romo, Ilallalí Hernández, Alma Santillán, Enid Carrillo, Erasmo Valdés, José Luis Dávila, Diego José, Óscar Baños, Luis Frías, Rafael Tiburcio, Abraham Gorostieta, Negra Magallanes, Elizabeth Rivera, Daniel Fragoso, Julia Castillo, Isabel Fraga, Antonio Madrid, Jorge Daniel el Ene, Víctor Valera, Sonia Rueda, María Elena Ortega, y otros que, si bien no están, podrían caer en el vicio algún día.

Ilustración: Especial

TUITIZA LOCA

Quien se va sin despedirse, nunca se va del todo. #Despedidas #Reencuentro
@Puzzle_gc

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