Adriana Arias González

Llegué a casa. Todo estaba a oscuras, Esther aún no regresaba del trabajo. Yo temblaba y en mis oídos quedó atrapado el ruido de las sirenas. A pesar de escuchar en la televisión y leer en los periódicos todos los días sobre la inseguridad, la verdad es que jamás me habían asaltado. Recuerdo que, de pequeño, camino a las tortillas, un borracho me quitó el dinero. Pero esto jamás lo había vivido: los gritos de ese hombre exigiéndome la cartera mientras ponía en mi frente el arma. Dicen que cuando se está tan cerca de la muerte uno ve pasar toda su vida; no me ocurrió. O tal vez no lo recuerdo porque todo fue muy rápido. El tipo estaba junto a mí, apuntándome. En mi frente podía sentir el frío del cañón. Hubo un estruendo que asustó al asaltante. Aproveché su descuido, lo empujé y salí corriendo del microbús. No me detuve hasta llegar aquí. Saqué las llaves del bolsillo y entré a la casa. En la sala había un espejo grande que colgaba en la pared, no quise encender la luz para no ver mi miedo reflejado. Así que permanecí a oscuras, sentado en el sillón. No pude más, tapé mi rostro y lloré. Pronto, las lágrimas, las babas y los mocos mojaron mis manos. Me sentí indefenso. Al poco rato, dejé de llorar. Me dolía el pecho y sentí mis ojos inflamados. Me recosté en el sillón. Esther no llega. No me atrevo a hablarle porque notaría mi nerviosismo y no quiero preocuparla. Necesito verla, abrazarla y percibir su perfume. Pero no deseo que me vea así, lloroso, con miedo. En la oscuridad veo unos ojos amarillos que me ven y se acercan a mí. Es Canela que lame mi mano y recarga su cabeza en mi pierna. He dejado de temblar, estoy un poco más tranquilo. Ella parece triste, como si supiera lo que me pasó. La abrazo y en cuanto lo hago siento que algo tibio recorre mi rostro. Canela empieza a gruñir como si de repente me desconociera. En esa oscuridad escucho la voz de Esther. “Quieta, Canela, ahora yo te cuidaré”. Un aroma a flores y velas quemándose penetra mi nariz. Alguien enciende la luz. Lo veo. Es como si estuviera frente a ese gran espejo. Solo que mi reflejo está inmóvil, pálido, como durmiendo. En mi frente hay un pequeño orificio.

Publicado originalmente en la revista Alapalabra. Julio-diciembre 2017. Universidad Central, Bogotá, Colombia.

Tengo 37 años y soy mexicana, vivo en la Ciudad de México. Recientemente me titulé como licenciada en creación literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Como escritora me identifico con la literatura de HP Lovecraft, Edgar Allan Poe y Amparo Dávila. Escribo porque tengo la necesidad de mostrar a los demás esos mundos que viven dentro de mí y que anhelan ser conocidos. Escribo porque quiero dar voz a todos esos seres que viven en mí. Mi deseo es abrirme paso en el mundo de la literatura y que mi trabajo sea reconocido.

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