Lol Canul

La promoción de los derechos de los animales gira en un trasfondo de justicia con las especies no humanas que son explotadas de manera indiscriminada para satisfacción y placer de los humanos de diferentes maneras: para diversión, para alimentación, para vestido y calzado, para adorno, como herramienta de trabajo y como objeto de prueba para productos de comercio en la industria, este último aspecto es el interés de la columna de hoy.

En México, hay legislaciones que buscan regular las prácticas en un intento de otorgar el mayor bienestar a los sujetos de prueba, pero nada sustituye el ejercicio de empatía que nos corresponde con las especies e individuos usados. Para llegar a ello, primero hay que ser conscientes de todos los productos de los que nos beneficiamos gracias al testeo y experimentación en seres vivos, que básicamente son aquellos para la higiene (como jabones y shampoo), para la industria estética (como maquillajes) y finalmente, los medicamentos. ¿Cuántos productos de esos usamos?, ¿cuáles son los más comunes que conforman nuestra rutina diaria? Luego de un conteo de ellos, es necesario reconocer la deuda histórica, eso es saber que para que esos productos llegaran a nuestras manos han debido ser usadas varias especies y en varias fases del desarrollo de esos productos. Un siguiente paso responde a la justicia ética: reducir el consumo de productos que sean innecesarios, reemplazar por otras marcas libres de pruebas y sufrimiento animal y, una tarea más compleja aún, practicar estilos de vida que permitan una salud óptima que requiera lo menos posible el uso de medicamentos, ya que no basta la exigencia de reducir el testeo animal; en un sentido de coherencia, es necesario implementar acciones para su reducción y cese.

Un hecho poco conocido es que los medicamentos, para salir y permanecer en el mercado, permanecen en repetidas pruebas de laboratorio en las que la experimentación se realiza en humanos. ¿Esa práctica genera el mismo desinterés que el de la experimentación en animales? Las primeras semanas de este mes fui sujeto participante de uno de esos proyectos en una organización formalmente constituida que lleva 30 años de experiencia en investigación clínica. Se trató de un estudio de bioequivalencia, es decir, de comparar el efecto de dos medicamentos que se encuentran en el mercado en la medición en sangre; durante el proceso, me fueron tomadas 16 muestras en un periodo de 30 horas para cada medicamento evaluado, en total 32 tubos.

Esos protocolos son aprobados por un comité que asegura que son procesos que no ponen en riesgo la salud e integridad de las y los participantes; además, para conformar el grupo de sujetos de prueba, a cada uno se le realizan numerosas pruebas médicas para asegurar que su salud sea óptima, por lo que no cualquier persona es candidata; los viáticos, alimentación y necesidades de esas personas durante el estudio son cubiertas por el equipo responsable de la investigación, misma que no tiene ningún costo para quien participa, y al final recibe una compensación a cambio.

Cabe señalar que es gracias a esos estudios que se cuenta con medicamentos genéricos de bajo costo. Pese a todas las garantías, muchas personas temen aportar al desarrollo de esas investigaciones, aun cuando se reciben beneficios que seguramente los animales no humanos no gozan de su aporte a la industria.

¿Por qué seguimos esperando recibir beneficios de cosas a las que no estamos dispuestas a aportar? Eso claramente es producto de la ideología de la explotación de otros seres para mi beneficio, centrada en una inequidad y abuso de poder de la especie humana. Justa y necesaria es una profunda reflexión acompañada de la propuesta personal reflejada en nuestras formas de consumo y estilos de vida.

Twitter @lolcanul

Comentarios