El refugio de la libertad

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Victor Valencia

Para el mediodía estarían todos muertos, sin importar qué tan rápido escaparan. Manchagrís lo sabía, el plan iría a pique, era tan descabellado que resultaba imposible que funcionara, y aun así, en la remota posibilidad que tuvieran éxito, las alas de la muerte los alcanzarían, ese sería el precio del cielo…
Lo repitió una y otra y otra y una vez más, pero siguieron sin escucharlo, a él, Manchagrís, que sabía para dónde se movía el sol, que había nacido y esperaba morir entre estos árboles, entre ese alambrado, que conocía las dificultades, el terror que acechaba en el follaje de la libertad, la complejidad de conseguir alimento, cuando ahí lo tenían todo: seguridad, comida, fronteras que no los encarcelaban, al contrario, delimitaban los terrores de afuera.
Pero no lo escucharon.
En su lugar escucharon a Pechorojo, un polluelo, un pichón apenas recién llegado, un alborotador con sueños tan grandes como las nubes, tan imposibles como la noche; pero claro, era tan orgulloso y soberbio como su canto. ¿Cómo no escucharlo?, si Manchagrís mismo fue así en algún tiempo, tantos fríos atrás, hasta que dio cuenta de lo afortunado que era estar adentro.
Los cantos comenzaron a cesar, llegaba el mediodía, la hora de escapar para todos, la libertad para algunos, la perdición para otros como Manchagrís, quien se desprendía nervioso de la alambrada para agarrarse más abajo, y luego volver a subir.
Decidió cooperar con el resto, no porque creyera en sus ideales ilusorios, sino porque lo necesitarían después de que pasara el embriague de vuelos. Aún lo respetaban, y lo seguirían si fuera necesario, pero no esperarían por él. Acordó irse.
El silencio cayó como un frío nocturno, nadie se movió. La reja chirrió cuando fue abierta. Entonces Pechorojo se lanzó en picada junto con un escuadrón sobre la figura que cargaba un balde de semillas, de preciosas semillas. Aletearon con ímpetu, más para distraer que para lastimar. Un segundo escuadrón impidió la cerrazón de la puerta, el resto fue una vorágine de plumas y viento.
El grupo de Pechorojo cesó aleteos cuando escucharon la señal que todos estaban fuera, tras librar la puerta emitieron otro canto y el grupo de que impedía que cerrara huyó.
La parvada remontó hacia el cielo, por arriba del aviario, dejando tras de sí tres de los suyos, heridos por los manotazos del guardia, y otro aprisionado por la puerta al no alcanzar a salir. Ahora surcaban un aire más azul del que Manchagrís había visto nunca, y por puro regocijo dieron piruetas sincronizadas. Aceleraron, buscando un sitio donde establecerse para que descansaran los más viejos y se serenaran los más impetuosos. Un lugar donde disfrutaran la libertad prometida por Pechorojo, un lugar donde disfrutaran la libertad reclamaba por lo más profundo de su ser, intrínseca en sus almas.
Y luego…

***

La locura diezmó parte del grupo: extasiados por espacios inconmensurables, volaron en éxtasis, en ritmo desacostumbrado, hacia arriba, y arriba, y arriba, hasta el agotamiento letal. El hambre hizo lo suyo. Algunos esperaron botes de semillas que nunca llegaron, otros se aventuraron en tierras saturadas de depredadores desconocidos, y nunca volvieron. Solo una pequeña fracción llegó a un poblado de hojas y ramas. Ahí, bajo el mando de Manchagrís, sobrevivieron.
Pechorojo volvió de su excursión con material para continuar la construcción de acuerdo con las instrucciones precisas de Manchagrís, y partió de nuevo. La parvada imitaba la tarea, y en poco tiempo el refugio estaría terminado, un refugio que, hecho de ramas y aleteos, asimilaba la forma de un aviario enrejado.

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Maratón Anual de Lectura 2017, semana 28

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