A ella le gustaba contemplar la Luna; a él le gustaba contemplarla a ella.
Ella miraba el lago argentino y liso que colgaba entre estrellas parpadeantes, la rebanada azogue de una zanahoria celestial inalcanzable, y apenas se movía durante su noche de contemplación. Él admiraba lejano el embelesamiento de ella, el viento noctámbulo meneando su suave pelaje blanco, tersas mareas níveas que naufragaban en quietud, sus orejas puntiagudas inmóviles pero siempre alertas, su figura contagiada de plata por la Luna.
Vivían una era cuando la Luna siempre brillaba, inmaculada, lisa, una era anterior al afán empecinado de designaciones generalizadas, cuando cada piedra tenía un nombre, y cada árbol, cada fruto, cada noche… cuando el nombre, tu nombre, era único e irrepetible, cuando era lo más valioso…
Él quiso aproximarse, y desistió al instante. Recordó las veces anteriores: se acercaba, las orejas de ella se ponían alertas, lo descubrían, ella lo miraba un instante con rabia por romper su contemplación antes que escapara con ágiles brincos, y siempre era inútil perseguirla. Ahora solo la veía, lejos, y sabía, con certeza, que era suficiente.
Pasó la Noche de las Dos Nubes, la Noche Ventosa, la Noche de las Luciérnagas, y pasaron más y más, y ella contemplaba la Luna, y él la contemplaba a ella… y ella sabía que siempre estaba él cerca.
Si hubiera podido contarlas, él hubiera sabido que fueron cerca de 400 noches después que la encontró, que ella, lánguida pero irremediable como el andar de los astros, se acercó. Quedó inmóvil, hipnotizado, su Luna venía hacia él. Ella acercó su perfecta nariz rosada a sus orejas, su boca se entreabrió con la paciencia de una flor que germina, su aliento le llegó hasta el espíritu, y ella le dijo, en murmullo, suave, tan quedo como la música de las esferas, su nombre.

***

No volvió a verla.
La buscó sin encontrarla; ahora solo miraba un sitio vacío en noche tras noche bañada de blancura. Quería verla, pero sabía que era inútil. Ya no estaría cerca.
No, no nada más verla, él quería darle un obsequio, un regalo del tamaño de su nombre. Qué sería, qué podría ser. Miró hacia arriba, hacia el pálido y pulido disco que colgaba inerte en la noche, y obtuvo su respuesta.
Brincó deprisa entre la noche iluminada hacia el risco más alto que pudo llegar. Ahí, con su corazón latiendo y su pecho resollando, habló a la Luna, “¿dónde está ella?”, le preguntó. Y, tras un rato, la Luna respondió.
“¿Dónde está quién?”. “Sabes quién: ella”. “Dame su nombre y la encontraré por ti”. Él vaciló. El nombre de ella era todo lo que quedaba, lo único que tenía; “no”, respondió en la noche repleta de Luna. “Entonces, ¿qué quieres de mí?”. “Que le entregues un regalo, que sepa que no la olvido, que sepa que aún la contemplo”. “Nadie jamás, en todas mis eras, había pedido cosa semejante, aunque puedo hacerlo, pero necesito algo a cambio, algo valioso… y un nombre”. Él volvió a vacilar. ¿Qué más tenía de valioso? Nada. Solo, solo…
“Me tengo a mí, solo a mí, es lo único que tengo, es lo único de valor, es lo único que puedo dar”. Una pausa, un instante que duró apenas varias palpitaciones de las estrellas, y la Luna aceptó. “Aún falta su nombre, y tienes que dármelo”. Pensó y encontró la manera de engañar a la Luna para que nadie arrebatara su inapreciable secreto, le dijo un nombre que no era por completo cierto pero que no era del todo falso. “Ahora ven”, dijo la Luna.
Retrocedió del risco, tomó impulso, se lanzó en carrera por convicción, no, por certeza; al llegar a la orilla brincó tan alto como jamás lo había hecho, quedó suspendido un momento entre la noche mientras pensaba en ella, solo en ella… y cayó.

***

En alguna parte, ella miraba la noche, y no entendía por qué estaba oscura, tampoco comprendía por qué, si ponía suficiente atención y se mantenía muy, pero muy calmada, podía entrever su nombre en la oscura rodaja. Pero nadie más que ella lo sabía, ella y…
“Tranquila”, le dijo la Luna, “solo tú puedes ver tu nombre, y solo en mi lado de luto, luto que guardaré cada tanto por el tonto conejo que intentó engañarme, llamándote ‘Certeza’, ‘su Certeza’. Iluso. Tratar de engañarme. Una letra brinca al final y…”. Ella seguía inmóvil, la Luna continuó: “Tómalo como una consideración secreta, consideración a la primera criatura que me dio todo por su todo, y aquí está el regalo que trajo en tu honor”.
Tardó varios días, y al final se llenó de nuevo, pero ahora la gota plateada la tenía a ella perfilada, un regalo nocturno que duraría la eternidad, un regalo con su nombre grabado que solo ella podía ver en el lado oscuro, un regalo meritorio de su nombre.
A ella le gustaba contemplar la Luna; y a él a él le gustaba contemplarla a ella… y darle regalos…

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