La vieja mujer en su tenaz verborrea señoreaba el añejo centro de la villa del Real Minero de Pachuca, andando eternamente con sus granujas Pelones, esa tarde de su ir y venir en la prístina calleja de Ocampo de traza original del siglo XVI, regida por emociones intestinas casi sin aliento, con palabras entrecortadas se le oyó: “el adelanto y cuidado actual del real de argento en todo lo de nuestro
origen y comienzos, tradiciones,
herencia y arquitectura es el fiel reflejo de lo que somos ahora en lo dicho
de económico, político, social y cultural, porque casi nada se ha valorado de las fincas, las construcciones, las callejas, calles, callejones, plazuelas, plazas y comercios viejos originarios, se han relegado a un último plano ante los insistentes embates de la incapacidad, de la ignorancia y la soberbia de autoridades escudándose en pretextos rancios, llamados de modernidad”.
En lento andar, tirando de su recua de Pelones la anciana reclamó “en esta de Ocampo que fue empedrada y enlozada arteria junto a la plazuela de 5 de Mayo, esquina con calle de Hidalgo, para construir el palacio del Ejecutivo el gobierno de don Perico Rodríguez en 1904 compró la finca donde funcionó en la segunda mitad del siglo XIX el antiguo Hotel de San Carlos”. Mirando a lo que fue esa olvidada plazuela y al lado norte de la calle de Ocampo suspiró emocionada la viejilla “esa fue una finca de dos platas con huellas de su edificación de finales del siglo XIX y primeros años del siglo XX, ahí se vio uno de los pocos tesoros más importantes de la tercera década del siglo XX el salón familiar y cantina El Regio de 1928, con sabor a historia, emblemático de los más antiguos comercios del centro del real de minas, siendo la primera cantina de Pachuca con ambiente familiar y acceso a mujeres, ahí llegó don Pepe Márquez en 1953 para hacerse cargo, después de haber despachado por más de una década en la pulcata El Charrito de la misma calleja a unos metros cuesta arriba del abarrotero Lazo Mercantil”.
El recordado y tradicional salón El Regio de 1955 a 1983 fue atendido por la Güera Cruz Calva venida del pueblo otomite de Santa María Amajac. Ahí está alardeando de sus seductoras butacas de madera machimbrada y gabinetes privados familiares, “se imagina uno en un viaje en ferrocarril del segundo tercio del siglo XX”, sobresale al fondo la contrabarra del bar de primorosos detalles labrados de carpintería vernácula, artesanal, imitando a las grandes cantinas de la década de 1950 del siglo XX, pues por esos años se talló, creando un ambiente muy especial familiar, tradicional, ahora casi perdido y desconocido por muchos.
El antiguo salón en la bella contrabarra, al fondo, luce grandes espejos de entrepaños y sus detalles en madera tallada se miran desde la barra en los bancos fijos, con cómodo tubo para apoyar los pies. El acceso que da a la calleja de Ocampo, luce viejas puertas metálicas de doble acción guareciendo al asistente, a la izquierda cuenta con una barra de concreto cubierta de mosaicos frecuentada para deleite de alimentos, degustar una bebida de rápido, de prisa acompañada de los manjares de don Rubén, que no son ni botanas, ni cocinados, son un verdadero deleite propios del salón que se envuelven en aromas de suculentos chiles en vinagre, resultando verdaderas delicias para saciar el olfato, el goloso paladar y la temeraria vista de los muy exigentes. La abuela aseguró “en pocas palabras por aquí ha pasado la crema y nata de la esforzada población de argento; barreteros, aguadores, cargadores, comerciantes, burócratas, músicos, magos y payasos de pueblo, gente del rumbo de los reales mineros conocedores y ligados al centro de la villa”.
Es El Regio “lugar de reunión de la mantequilla, la manteca y el sebo”, lugar de encuentro de familias de los alrededores sabedoras del disfrute de una pata de res a la vinagreta, un caldo de camarón con bigotes, papas, zanahorias y chile mora, ¡una delicia el filete de pescado sierra con una fría cerveza o una copa! “Los suculentos filetes de frescos pescados rebosados, rubios, crujientes al incarles el diente, con pequeñas rodajas de olorosa cebolla que, ¡desde la puerta hacen babear con nada más oler semejante sabrosura!, aderezados con deleitosa salsa de la casa de chile chipotle secreto de la familia Márquez”. Ineludibles las tortas de crujiente pan rellenas de rebanadas doradas de asado de cochino a punto de tueste, la telera untada de frijoles refritos, pequeñas rodajas de colorado jitomate y cebolla, trozos de aguacate rematadas con un chorrito de aceite de olivo acompañado siempre con el toque de pequeños chiles en vinagre, ruedas de zanahoria, ajos enteros con todo y piel, macerados en vinagre, aromatizados con hierbas de olor; tomillo, mejorana, laurel y pimienta, clavo, ¡un placer, un tesoro en riesgo del centro!”
La villa ha padecido autoridades vanas que ensalzan lo contemporáneo que dicen de ajeno, de contrario a lo original, a lo del pasado, a lo viejo y antiguo para avalar atentados, daños a la herencia. Ahí esta el discurso en la inauguración de la plancha Indecencia-Independencia utilizado hace un año como alegato en favor de la destrucción de la plaza y jardín; ¡soltaron alegorías, dieron escusas al igualarla con ajenas plazas europeas, con el zócalo de la Ciudad de México! Esa palabrería mandada para esconder y justificar obscenos desaciertos al no dejar ni un árbol, ni una sombra, ¡ni la sombra del jardín histórico que fue!, acabaron con lo que enseñó y albergó el pasado minero, lo añejo, para legar gran muestra de lo mal hecho, de la corrupción y formas de saqueo de los recursos públicos, inútiles son las palabras estériles, rancias, políticas en voz de trapecistas. El cascabel al gato truena. A un año de que el otro masculló: “serán los pachuqueños los que emitan el fallo definitivo porque ellos son los dueños de este espacio centenario de Pachuca”, carente de argumentos para descalificar, desautorizar opiniones en defensa del patrimonio destruido de la antigua plaza histórica”.

Rating: 2.5. From 2 votes.
Please wait...

Comentarios