En este espacio se ha dado cuenta de la función metafórica que cumple el deporte con respecto a la realidad en la que subyace. El microuniverso que supone cada Liga de futbol es causa y consecuencia de su contexto directo: como es afuera es adentro y viceversa.

No es de extrañar que se peregrine a la Basílica de Guadalupe cuando juega la selección, se celebre el Día de la Independencia vistiendo la camiseta del Tri o se pida la renuncia de actores políticos como si fueran los directores técnicos de algún club. Todo está conectado y arraigado a la cosmología del mexicano promedio.

En medio de una pandemia que no termina de llegar a su punto máximo, se decidió reactivar la economía a costa del bienestar de la ciudadanía. No corresponde a esta columna discutir si la medida fue cabal o no, pero las estadísticas evidencian que el regreso a la vida pública ha potenciado los contagios. Eso, claro está, concierne también al juego de 11 contra 11.

La fecha acordada para reanudar el futbol profesional –actividad altamente lucrativa en México– fue determinada con poco más de un mes de anticipación, con más ilusiones que certezas. Llegó el 23 de julio y el que sería el partido del regreso, Bravos contra Atlético San Luis, fue suspendido por la alta concentración de casos del Covid-19 en el cuadro fronterizo.

¡La decisión fue tomada horas antes del compromiso!

Desde que se retomaron los entrenamientos en forma, los clubes mexicanos registran 84 casos acumulados del nuevo coronavirus; solo Pumas y Pachuca han mantenido la estadística en cero. La gravedad del asunto no solo recae en el alarmante número de contagios, sino en su persistencia en vísperas del arranque del torneo Guard1anes 2020.

Para dar un panorama claro, la Premiere League de Inglaterra no registró casos positivos en las pruebas realizadas unos días antes de volver a las canchas. En cambio, el balompié azteca regresa con casos activos en las nóminas, medidas sanitarias permisivas y la negligencia habitual de cumplir con el calendario a como dé lugar. Semejantes condiciones solo son posibles en un país que sigue discutiendo sobre la funcionalidad de los cubrebocas.

De cualquier manera, el balón ha vuelto a rodar. Por mucho que el deporte sea un catalizador de emociones negativas propias del encierro prolongado, no podemos dejar de señalar que, así como en la coyuntura mexicana, el futbol ha adoptado la reapertura al estilo “sálvese quien pueda”.

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