Pachuca.- Eran las 6:10 de la mañana del 7 de marzo de 2018 cuando Erick abordó el autobús de pasajeros que diariamente utilizaba para acudir a su trabajo en Tizayuca; sin embargo, aquel día quedó grabado en su memoria luego de sufrir un asalto a bordo de la unidad y ser testigo del homicidio de uno de los pasajeros, quien afirma, no se resistió a ser despojado de sus pertenencias, tal como aseveró la versión oficial de los hechos.

Mientras me muestra mensajes de texto de ese día, en los cuales informaba a sus familiares que estaba bien y pedía faltar al trabajo para asimilar lo ocurrido, recuerda cómo aquella mañana todo le resultó extraño desde que abordó el autobús de la línea ODT en la central de Pachuca.

Asegura que en aquella ocasión el boleto que le dieron no tenía la hora correcta, pero los encargados de la unidad le dijeron al pasaje que no existía problema y podían subir.

Al ingresar, observó a Ruy Lohengrin, el profesor que aquel día fue asesinado, sentado en el primer asiento de la izquierda detrás del chofer, donde recargó su mochila contra el vidrio para acomodarse y después quedarse dormido; Erick se colocó en el asiento del lado contrario, junto a una mujer de la que aún recuerda la vestimenta.

El autobús comenzó su marcha, minutos después, a la altura de Acayuca, cuatro hombres abordaron la unidad. Con precisión, Erick detalla que dos se fueron al fondo y el último en subir, un sujeto de aproximadamente un metro 70, calvo y de peculiar voz, les indicó que se trataba de un asalto y acto seguido los amedrentaron con armas de fuego.

Mientras intentaba sacar sus pertenencias, entre el temor y temblor que ello producía en su cuerpo, Erick vio al hombre calvo apuntar con su arma al profesor, que permanecía dormido; en seguida, producto del impacto generado al despertar y observar un arma delante suyo, la primera reacción de Ruy fue estimar la mano y sujetarla, por lo que sin mediar palabra el asaltante le disparó a quemarropa.

Pero el testimonio del joven pasajero describe que ese primer disparo no fue el que lo mató, pues este aún se puso de pie y se sujetó de los asientos que dan al pasillo, como intentando reponerse; no obstante, fue en ese momento cuando su agresor le disparó por segunda ocasión, esta vez en la cabeza.

Mientras observaba todo, Erick recuerda que la sangre del hombre que diariamente viajaba desde Pachuca a Tizayuca para dar clases comenzó a correr por el piso y llegaba a sus zapatos. En tanto, los sujetos continuaban asaltando y exigiendo la chofer que no detuviera su marcha.

El camión avanzó otro poco, no recuerda cuánto con exactitud, pero sí que estaba a punto de amanecer cuando los asaltantes descendieron de la unidad y se perdieron con rumbo desconocido. Tras ello, con ademanes dice lo complicado que le resultó ponerse de pie, en medio del cuerpo de aquel hombre que ya no respiraba.

Los demás pasajeros se impacientaban por descender de la unidad, Erick habla de cómo uno a uno los ayudó a sortear el cadáver para que pudieran bajar.

Los hechos ocurrieron más rápido de lo que parecieron, afirma el joven, pues dentro fue como si algo congelara el tiempo. El impacto de aquel día dejó huella en su memoria y durante los primeros días, incluso le imposibilitó dormir y viajar tranquilo.

Pese a ello, encuentra el valor para relatar lo vivido, pues asevera que Ruy jamás se opuso a ser asaltado o insultó a los ladrones, como incluso dieron cuenta los testimonios del juicio de uno de los involucrados en el delito, él tan solo “fue víctima de un despiadado que no tuvo reparo en asesinarlo”.

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