Relato minero. El Hilario

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Relato minero

Consejero editorial

Esta historia de Ramón Santamaría López tiene cuatro protagonistas, incluido el narrador, y cuenta la vida de un desventurado desde su nacimiento, el Hilario, los momentos de satisfacción del muchacho (hijo de gringo y una muchacha del pueblo), su crecimiento como hombre y trabajador valiente y estoico hasta la tragedia que lo dejó baldado.
Don Ezequiel, el narrador, era de Guanajuato, como tantos trabajadores que emigraron a las minas de Pachuca y su comarca. Cuenta don Ezequiel que “la mamá del Hilario era una mujer chula con unas chapas como de manzana y ojos de engaña a veinte, trabajaba como lavandera en la casa del gringo viejo, quien vivía por San Juan Pachuca. Anduvieron un buen tiempo hasta que ella quedó embarazada y él la corrió. Ella regresó al barrio con una tía borracha que ahí residía. Vivió en paz todo ese tiempo, muy pobre, a veces no tenía ni para una tortilla porque el míster, aunque bien sabía lo que había hecho, nunca le dio un solo centavo. Del chamaco no cabía duda de que era hijo del gringo viejo: nació colorado y con los ojos azules. Ella estaba loca por su muchacho. A mí me consta que sí lo quería mucho; se quedó con él hasta que le acabó de dar de mamar; después lo dejaba con la tía borracha mientras ésta vivió… Luego, solo y su alma. Claro que yo y mi vieja siempre vimos por él. Creció siempre sano, desde chico se veía lo que iba a ser de grande, tenía su carácter, su orgullo, ya trabajaba, acarreaba agua, cuidaba borregas, hacía mandados, todo con tal de ganarse unos centavos o un taco. Nunca le gustó que le regalaran nada.
“A veces mi vieja lo llamaba a comer; no siempre iba, pero cuando lo hacía primero llevaba el viaje de agua o el tercio de leña. Él nunca supo de juegos, de pelota, de canicas ni nada, él había nacido para trabajar. Mientras tanto su madre llegaba cada sábado, le llevaba cosas y comida; en ocasiones se quedaba hasta una semana, lo cual hacía muy feliz a Hilario, pero cuando se iba la mamá el muchacho se ponía muy triste y esperaba su regreso. Sin embargo un fin de semana la Lupe no apareció, ni el siguiente, entonces el muchacho al ver su ausencia se decide a ir a buscarla y bajó a Pachuca con la esperanza de encontrarla. Se dirigió directamente a la panadería del español, pues sabía que su madre tenía que ver con él. Al buscarla en el negocio y no encontrarla le reclama en forma airada al gachupín, quien lo corre. Hilario regresa muy triste a su cuarto presintiendo algo malo.
“El tiempo corrió y el muchacho llegó a los 16 años, aun cuando aparentaba ser de 20, y lo recomendé para que entrara a trabajar a la mina. El gringo al verlo inmediatamente dijo que sí. El jueves se presentó de día, dispuesto a trabajar. Yo lo pedí como mi ayudante, estaba que ni hecho para ser ademador, yo le enseñaba todos los secretos del oficio, que el aprendía con atención. Desde siempre le gustó poner atención y ver cómo se elaboraban las cosas. Su vida empezó a cambiar, mejoró su condición económica y siempre demostró su capacidad para el trabajo. Estaba dispuesto a apoyar en todos sentidos para que saliera el trabajo. En una ocasión en que hubo un accidente en la mina el fue de los primeros en llegar a prestar auxilio a sus compañeros y no se retiró sino hasta el día siguiente, con las manos sangrantes. Así pasaba el tiempo en la mina; en el barrio estábamos mucho mejor, ya habían puesto una tienda y un gallo de agua, por ahí se rumoraba que Hilario iba a ser encargado, iba a quedar en el segundo turno, en lugar de don José, que ya se iba a retirar. Yo le platicaba a mi vieja: ‘me quito el nombre si no dentro de un año no es sota minero y después pa’ arriba, hasta de coche lo vamos a ver, si no, al tiempo’. Mi vieja se sentía orgullosa del diantre de escuincle que ya era un hombrón.
“Pero aquí viene lo malo: fue uno de esos malditos domingos que lo dejaban trabajar. Él también tuvo la culpa; yo ya se lo había advertido: los domingos no se trabaja, Ese domingo iba a bajar al nivel 425, allí en San Rafael. El motor del acarreo estaba descompuesto, iba con el maistro del taller eléctrico (esos motores siempre se amuelan del control). Según me dijeron era cosa de tres horas, era cosa fácil, y así fue; terminaron rápido, según contó el maistro. Sí, todo paso cuando lo andábamos probando, la garrucha que lleva la carretilla que corre por el trole se chispó; esas tienen un resortote que cuando se zafa va a pegar a la roca, y hay que jalarle y acomodarle en el trole nuevamente; ustedes ya conocen el trole, es como el del tren que va a Dos Carlos, es un cable así de grueso que lleva mucha corriente. El ayudante de motorista lleva la garrucha siempre agarrada, eso iba haciendo Hilario, pero este como era de atrabancado quiso acomodarla rápido, la carretilla se volvió a chispar y le llevó la mano hasta el trole, lueguito dio el flamazo y lo empezó a azotar contra las rocas, no lo soltaba, lo traía como hilacho terminando tirado en la atarjea. Alguien se acercó corriendo y lo encontró como muerto. Un bombero que se encontraba también ahí llamó rápidamente a la jaula con el toque 5-5 (es el toque de accidente). Al escuchar la alerta todos nos arremolinamos en la puerta de la mina. Los de patio ya lo habían sacado de la mina y lo llevaban en la camilla para la enfermería en espera de la ambulancia. Al quitarle la ropa y los zapatos se pudo apreciar la magnitud de las heridas, todas feas, las de los pies que parecían como secos, las de la cara que le recorrían desde la oreja hasta la boca.
“Más tarde fueron los compas por mí para ver qué decían en el hospital de Hilario. Yo no los quise acompañar, me sentía muy triste y preocupado, después me enteré de que se lo habían llevado a México pues estaba muy grave.
“Como pasaba el tiempo y no tenía noticias de la salud del muchacho, un domingo me armé de valor y me trasladé a México. Después de mucho batallar, me topé con el doctor que lo estaba atendiendo y me comentó que estaba muy grave, que si quería pasar a verlo, y me llevó a la sala donde se encontraba. El muchacho, a pesar de su fuerza, estaba mal, muy mal; el director ponía todo su empeño y lo estaba sometiendo a un fuerte tratamiento, parecía que estaba reaccionando. Yo creo que por eso lo tenían así con tamañas mangueras metidas en las narices y en el brazo la manguera del suero. El doctor se salió y yo detrás de él.
“Al pasar los meses un día me avisaron que el Hilario estaba en la clínica minera esperando a que alguien fuera por él. Solamente chequé mi tarjeta y me fui corriendo a recogerlo. Lo encontré sentado en una cama, flaco como esqueleto, viendo con un solo ojo que tenía bueno, de un azul transparente sin nada de brillo, como si no tuviera vida. Yo me fui a trabajar como siempre; a las cuatro que salí ya me estaba esperando mi viejita en la puerta: ‘figúrate –me dijo– que se fue el Hilario… en la mañana que le llevaba su café ya no estaba’. La puerta de su cuarto ya tenía el alambre retorcido. Se vino a vivir por el barrio de La Surtidora, donde nadie lo conocía. Yo cuando lo encontraba le daba sus fierros, así me sentía más tranquilo. Al poco tiempo mi viejita se me murió. Hasta para morirse fue buena, se fue tranquila como ella siempre había sido, sin quejas ni nada.
“Casi en seguida me vine para este barrio, me gustó desde que venía a buscar al Hilario. De esto han pasado casi dos años. Me dolió mucho dejar esos barrios de Camelia y San Rafael. Me fui a despedir de mi viejita, que se quedó allá en el camposanto del poblado de El Cerezo. Los amigos que se habían venido del barrio de San Rafael a Dos Carlos me consiguieron trabajo en la nueva cooperativa, me la dieron de guarda de la puerta de San Francisco y estoy muy contento. Encontré un cuartito aquí en la vecindad, no me meto con nadie y tengo muchos amigos, tengo la alegría de ver seguido al Hilario y de cuidarlo aunque sea de lejos, ‘pos’ aunque no lo crean, yo tengo la fe de que algún día recobre la razón y me reconozca. Todos asentimos con la cabeza… nosotros también lo creíamos, conociendo al Hilario como ya lo conocemos, sabíamos que era capaz de todo.”

 

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