Remaba contra corriente en aquel mar proceloso, tan parecido a las burbujas que de niño lanzaba con su máquina de hacer pompas de jabón que ambos podían confundirse con facilidad: también las pompas luchaban con el viento y se perdían en el horizonte.

Aquella imagen le parecía no solo satisfactoria, sino también promisoria. Al fin y al cabo sentía que nadar contra corriente era lo mismo que sumergirse en una pompa de jabón y dejarse arrastrar.

Lo importante, se decía, era no permanecer estático y eso era un auténtico genio, un tránsfugo de la permanencia, eso es lo que era, o al menos eso creía ser sin más cuestionamientos que los que otros pudieran hacerle, lo cual no era demasiado importante en las circunstancias en que creía estar.

No es que careciera de la sencillez intelectual o de cualquier otra, pero su sencillez era fácilmente confundible con un orgullo, que a muchos les parecía desmedido y que, sin embargo, él ni siquiera lo consideraba de tal forma.

Su propia pretensión de moverse siembre en las burbujas mecidas por el viento o en los mares procelosos, no era más que una consideración literaria que nada tenía que ver con su realidad del día a día, en el que se movía más bien de forma estática y parsimoniosa.

Se sentó a remar pensamientos, algo que le gustaba de sobremanera. Después de las fantasías venía aquella remada analítica que, si bien era desgastante, tenía un significado preciso que se podía hallar en su complicada personalidad psicológica.

Se negó a psicoanalizarse por enésima vez y prefirió divagar, careciendo del método adecuado en esta ocasión. Al fin y al cabo con Freud siempre llegaba al mismo lugar y quizá si probara con trazos religiosos venidos de oriente podría avanzar más.

Probó entonces a configurarse con trazos de hinduismo y terceras dimensiones abiertas al ojo de la frente. Eso le hizo volar fuera y encontrar su cuerpo tendido en una cama flotante que le hacía cosquillas.

Reía al lado de una nube y soltaba agua desde una cubeta dorada que no tenía fondo. Los rayos del sol le rozaban la piel agujerada y por ellos llegaban a la ciudad donde había vivido toda su vida.

No supo si despertó por un ruido o si el sueño había terminado, pero el caso es que se sintió un tanto aturdido al levantarse. Después trabajó todo el día con aquella sensación de que algo distinto pudiera pasar.

Al acostarse volvió a soñar con cosas extrañas y palabras oscuras que lo retrotrajeron al fondo de su corazón. Quizá si permaneciera allí en vez de intentar moverse, como siempre hacía, encontrara en el fondo de su corazón el sentido a todo aquello.

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