Las escusas peregrinas de las medias rasgadas y del cambio de hora no eran creíbles, tampoco el beso y los arrumacos que M, contra su sentido de sobriedad habitual, le había dado. En esas circunstancias, tan clarificadoras para la percepción aguda de K, su estremecimiento de temor, que su esposa creyó que era de gusto, fue lo suficientemente significativo para que ella lo tomará tal cual era, pero dándole un sentido de ignorancia que estaba lejos de ser verdadera. Es decir, el fingimiento por parte de su marido estaba dando resultados contrarios no solo a lo que él esperaba sino, sobre todo, a la claridad del ocultamiento que ella deseaba.
El estallamiento de los nervios del hombre llamado K debería darse de un momento a otro y lo haría en direcciones ignoradas, aunque con la suficiente fuerza para iluminar a la verdad por obscura que fuera. Era, por tanto, cuestión de tiempo que la luz de la certeza apartara toda sombra. Pero ahí estaban precisamente los miedos y las angustias de él, juntas y agazapadas, aliadas contra cualquier esperanza.
M sonrió como si nada estuviera sucediendo. En realidad su alma era un huracán de palabras. K le devolvió la sonrisa de una forma imprecisa, con unos labios que podían significar cualquier cosa excepto alegría. Su alma estaba dividida entre la lucha y la renuncia, entre la permanencia y el sufrimiento de la ausencia, con la soledad anticipada. “¿Ahora, qué?”, se preguntaba; “¿qué sigue?”, se preguntaba ella.
Ambos sabían que algo sucedía, eran conscientes a plenitud de que la situación anquilosada en la que se encontraban cerraba las puertas y los encerraba en sí mismos, lejos del lado del otro; distanciados sin remisión y llevándolos al desamparo de un erial sin retorno. Pese a ello se obstinaban en no dejar ninguna salida.
Distanciados pese a la proximidad física, los ojos cansados no se miraban pero aún se veían y las manos extendidas se llamaban y se buscaban. Eran recuerdo, no presencia; rutina instalada en las pupilas y en la piel. Los anclajes eran sólidos y estaban fijos en las raíces de sus seres. Tanto así que ni M ni K eran capaces de soltar amarras. Desesperaban el uno junto al otro, más cariñosos que nunca pero sin sentirse cerca.
Ahora tocaba alejarse para respirar. M se levantó para ir a la cocina, le tocaba preparar la cena. Su marido la vio desaparecer con alivio. Las palabras atravesadas se disolvían en su boca, dejándole un gusto amargo que le bajo al estómago. El reflujo no tardó en llegar y tuvo que pedirle ayuda para encontrar las pastillas. Entonces, ¿qué haría si ella no estaba? Moriría de ese sabor amargo que le llenaría el estómago de dolor. Desesperado, la abrazo. La amaba y la necesitaba desesperadamente porque la amaba.
A M le conmovió ese abrazo en el que K le expresaba su amor y su necesidad. Eso la apartó de su decisión surgida de la duda que ahora despejaba. Se sintió con plenitud y la risa surgió con fuerza arrolladora. Su marido la acompañó en esa risa de reencuentro; risa fácil y alocada, risa de alondra que vuela entre los campos nevados.
¿Sería esa la solución?, la risa de la alondra. Ninguno de los dos lo sabía, pero era un rayo de esperanza que daba calor a sus corazones después de tanto frío. Ahora ella volvía a la cocina con un andar diferente y él la miraba también de forma distinta. No todo estaba resuelto, pero tampoco estaba todo perdido. Renacía la esperanza entre ellos. El tiempo diría si eso sería suficiente, por el momento lo era.

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