Lo ves tendido, la boca entreabierta, los ojos perdidos y la cara pálida, ya no es un niño y, sin embargo, tiene 16 años nada más.

–Ya no quiero estar así –te dice cuando siente tu mano en su cabeza–.

–No vas a estar así, vamos a buscar ayuda.

Abre los ojos y asiente con la mirada.

–Mira mujer, ya te he dicho, lo quiero como si fuera mi sangre –pone su mano en tu pierna mientras el semáforo está en rojo–.

Quieres contestarle algo pero comienzas a llorar, últimamente lloras por todo, primero creías que era la menopausia, después te diste cuenta que es el dolor, eso comenzó cuando tu hijo dejó la casa para irse a vivir con esa muchacha flaca que lo volvió loco, no lo juzgas, tú misma estuviste enamorada de un desgraciado, de su padre, antes de cumplir los 18. Es de familia, amar así es de familia, solo esperas que tus otros hijos no tengan ese mal, que no les hierva la sangre cuando está esa persona. Y ahora lloras, son lagrimones que salen de manera involuntaria. Maldita droga, mil veces maldita droga, lo tiene así, violento y temeroso. Pero lo vas a sacar, él pidió ayuda, lo vas a sacar.

–Mira, vieja, es aquí, se ve grande –Se estacionan frente a un edificio blanco, en la puerta está rotulado el nombre del centro: Centro Renacer.

El jardín es amplio, no hay pasto, solo tierra y unas bancas oxidadas debajo de unos álamos con el tronco deformado por bultos.

–Eso es una enfermedad –le dijiste al director de la clínica que estaba entusiasmado hablando del tratamiento.

–Pues sí, las adicciones son una enfermedad del alma y del cuerpo.

Te levantas de hombros, te sientes estúpida, mientras hablan de tu hijo, estás viendo los árboles, pero no entiendes cómo una clínica puede tener los árboles enfermos, moribundos frente a su cara, sin hacer nada por ellos.

Para pagar el tratamiento les aceptaron un coche. Esa mañana dejarás en la clínica a tu hijo y el coche que usabas para ir a trabajar. Lo vale, todo lo vale, piensas.

Lo persignas antes de que se pierda en el edificio.

–No se preocupe señora, la próxima vez que lo vea será otro.

Cierras los ojos y te guardas su imagen, te despides con la mano en alto, le pides a Dios que lo cuide por ti.

“Desmantelan red de trata”, dice el encabezado y en la foto aparece el director de la clínica.
Llamas para preguntar por tu hijo. Nada. No responden los teléfonos. Tomas el camión que te deja a unas cuadras, quieres respuestas.

Hay unas enormes etiquetas cerrando las puertas, le preguntas a los vecinos que se levantan de hombros, estás desesperada, el señor de la tienda lo nota y por fin decide hablar.

–No señito, váyase a la Policía, cuando llegaron ya no había casi gente, no sé qué les hagan. Yo los veía encuerados mientras los bañaban con mangueras y luego así, encuerados, como animales, uno les iba tomando fotos.

Dejas de escuchar, corres a la Policía, nadie te informa, preguntas en cada escritorio, las secretarias, indiferentes, te van turnando a otra área, hasta que después de un par de horas llegas con la primera que estuviste y por fin atina a mostrarte la lista de personas que fueron recuperadas.

No está tu hijo, la sangre se te hiela desde la espalda.

Ahí comienza tu historia, de madre que busca a su hijo. Lo buscas vivo, esperas que se esté tapando por las noches que hace frío, esperas que al menos esté comiendo. Lo buscas vivo.

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