Para reparar tus sueños, no lo sé. Aún no puedo componer los míos. A lo mejor ya no tienen arreglo. La otra vez vi una película en la que unos soldados estaban mal por soñar. Quien sabe qué soñaban pero no podían salir de sus sueños. Aunque tampoco se quejaban. Pero era seguro que no era bueno porque los tenían en un hospital o algo así. El hospital no se parecía a un hospital. Tú sabes, todo estéril y blanco, con doctores y enfermeras vestidos igual. No. Este hospital no era así. Era todo de madera vieja y húmeda y estaba en medio de la jungla. En un mismo cuarto tenían a todos los soldados enfermos de soñar. También hacía calor. Mucho calor. En las ventanas no había vidrios y los pacientes eran atendidos por unas señoras que al principio se veían comunes y corrientes pero luego me daba cuenta que podían comunicarse con los enfermos sin hablar con ellos. Así nada más, ellas sabían lo que ellos sentían o pensaban y se lo decían a sus esposas que esperaban la cura. Pero ellos nunca despertaban. Estaban malos, malos de soñar. Y en la noche, ya que no había nadie, los soldados enfermos de soñar se quedaban solos con sus sueños. Con ellos había unas máquinas que parecían tubos con luz, la luz se hacía azul, luego verde y luego roja, y luego otra vez azul. Así toda la noche, en todas las camas. Y al otro día ellos seguían dormidos…

Cementerio de esplendor (Tailandia, 2015)

Cineasta de impronunciable nombre, Apichatpong Weerasethakul, digámosle Apich para no complicarnos la lengua. Apich hace cine independiente en Tailandia, donde hay jungla y hace calor y donde hay personas que creen en la magia. ¿Crees en la magia? Yo sí. Aunque debo decir que no conocía la magia que documentó Apich en su película Cementerio de esplendor. Sí, la película en la que unos soldados estaban mal por soñar.
Es una película de un aliento tan largo como el de un sueño descompuesto, de esos que se parecen a las películas independientes que te aburren tanto como mirar por una hora a una vaca que pasta en el centro de un llano ancho, y que de tan cansado que estás de verla te da sueño y te quedas dormido para verla otra vez en tu sueño provocado. Y luego el sueño te aburre y por eso despiertas pero la vaca que pasta en el centro de un llano ancho sigue ahí, pastando con su mandíbula resignada.
Es posible que eso les pase a los soldados de Apich porque no despertaban nunca. Pero Apich es un mago, no un mago como Merlín o los magos que usan varita mágica y arreglan todo solo con agitarla o con el chasquido de sus dedos. Su magia tampoco es como la magia del cine en el que todo aparece y desaparece con chispas o alucinantes luces. La magia de Apich está en los ojos de las personas que lo ven mientras hace magia. Ya sé, crees que es un charlatán. Pero no lo es, te lo prometo. Apich es un mago tan poderoso como el amor verdadero que no se diluye en el tiempo. Apich es capaz de convertir un piso de hojas secas en un palacio enorme con tinas de mármol y espejos que dicen la verdad de ti. Apich hace que los ídolos de cualquier religión te visiten en tu mundo para que después no sepas qué es la realidad. Te hace sentir rey en un Imperio construido a tu medida. Te convierte en mago y te dice que para curar el mal de los sueños basta con que abras los ojos. Ábrelos tanto como puedas, ábrelos como si quisieras que el mundo entero quepa en ellos. Ábrelos para descubrir puntos de fuga y textos detrás de los textos. Ábrelos y sabrás dónde se esconde el esplendor.

@lejandroGALINDO | [email protected]

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