Buscaba K la perfección y la perfección no existía; solo un simulacro de ella era posible alcanzar con mucho esfuerzo. Después esa existencia se convertía en una obsesión que constantemente obligaba a repetirse hasta el cansancio, hasta que el eco gastado formaba unas burbujas ascendentes, paroxísticas y agónicas.
Entonces, se decía K: “La perfección se alcanza al repetir una y otra vez un contenido que se considera que no es posible mejorar. Un encuentro en la búsqueda permanente, podríamos decir, que es mero ejercicio repetitivo de lo anterior. No se trata de copiar y pegar un contenido sino de la apropiación polisemántica de las transformaciones paulatinas, epítome fundamental de lo dicho; no promoción, eso sería pervertir el pensamiento, venderlo”.
El pensamiento para K era, pues, apropiado para la repetición exacta, para la definición imperfecta de las paráfrasis emitidas en la circunstancia adecuada, en la situación huida un segundo después de ser emitida, en la transformación precisa de las definiciones cariacontecidas en la noche más larga.
Ahora surgía el poema como forma agonal, pero con reglas fluctuantes que se componían en el mismo juego, a medida que los jugadores realizaban sus acciones en el campo de la fantasía. Ahí la repetición dejaba de ser certeza para convertirse en azar, y eso estaba sujeto a la ignorancia más prosaica.
“Repetir, repetir, repetir”, se decía K, y se seguía diciendo que solo así era posible vivir, que solo así era posible conocer a detalle los puntos y las comas que separaban la vida en ideas, en mundos.
La mano alzada, el gesto adusto y la mirada ida del lado de las palabras que formaban sus dedos en el aire blanco. M lo veía desde la esquina dibujar quimeras de viento y lo miraba con ojos grandes y una sonrisa de entendimiento en los labios
Volvía a repetirse algo 100 veces repetido, mil veces continuado de la misma manera, sin alteración. K se sentía feliz en ese estado aletargado por la falta de variación, catatónico en su devenir de sombras ignoradas.
Para él no era un crimen repetirse, saciarse de palabras formadoras de una misma composición en apariencia, pero que en esencia tan distintas como las existencias que le salían al paso.
Paso a paso, sin lugar ni tiempo, solo con el puro transcurrir de un sentimiento todavía no expresado pero ya presente como una necesidad sentida y añorada. No porvenir y ni mucho menos futuro ansiado. Presente y más presente repetido desde un pasado inexistente o quizá existente alguna vez, no recordado.
K levantó su cabeza de la pantalla del ordenador por un momento y sonrió a M, quien le devolvió la sonrisa. Le pasaban por la mente imágenes distintas que escribiría en un futuro más o menos cercano pero no ahora que repetía como un salmo las desgastadas palabras con sus viejas formas.
Se levantó y abrió la ventana, un aire fresco entró en la habitación y rozó su piel por un instante. Se fue a la cocina y preparó un café para su mujer y él. No había acabado su texto, pero le era totalmente indiferente. La repetición seguía ahí esperándolo, agazapada en cualquier rincón. Sirvió el café. No volvió a trabajar aquella tarde.

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Doctor en ciencias políticas y sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona, maestro en análisis y gestión de la ciencia y la tecnología por la Universidad Carlos III de Madrid. Profesor investigador de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autor de varios libros y artículos indexados. Columnista de Libre por convicción Independiente de Hidalgo.