Retornar al lugar de origen es una decisión observada en los poblados rurales de nuestro estado, desde hace décadas, habitantes de pueblos y comunidades rurales e indígenas han migrado por razones laborales, algunos a ciudades mexicanas, otros al extranjero. Su regreso al pueblo ante la emergencia de salud que vivimos nos hace mirar otros escenarios ignorados hasta el momento, los poblados que están recibiendo a los migrantes, que por voluntad propia u obligados por el desempleo están retornando a sus pueblos.

¿Los retornados tendrán certeza de su inmunidad al Covid-19? ¿Los residentes de los pueblos tendrán inmunidad ante un posible infectado asintomático? ¿Esos lugares estarán preparados para atender la emergencia de un caso de coronavirus? La discusión pública monotemática se concentró primero en la dimensión biológica: ¿dónde vive el virus?, ¿Cuánto dura en el ambiente? ¿Qué temperaturas soporta? ¿Qué personas corren más peligro de enfermar gravemente? Luego se está discutiendo la forma en que la pandemia del coronavirus irrumpió nuestras vidas, se instaló en nuestras preocupaciones y nos recluye en nuestros hogares; casi todos los ejemplos están situados en los ámbitos urbanos, poco se sabe sobre las experiencias es las áreas rurales. Tal carencia de información puede deberse a la nula cobertura mediática o la inexistencia de casos en el ámbito rural.

El Covid-19 tiene orígenes biológicos pero su propagación es social, porque no importa el lugar donde habitamos, nuestro género o la creencia religiosa que profesemos, estamos atravesados por formas universales de socialización que aprendimos en nuestras familias, nuestras comunidades y reafirmamos en otros espacios. Desde la infancia asimilamos que: los abrazos, besos, manos estrechadas y otros acercamientos humanos están significados como expresiones de reconocimiento y afecto de los otros para con nosotros y viceversa. Alejarse o ignorar esas formas de relación nos coloca como seres displicentes y en riesgo de no ser incorporados a las dinámicas de convivencia de nuestros entornos.

Las personas de retorno a sus lugares de origen, deben cumplir con esas formas establecidas para ser reconocidas y reincorporadas a las dinámicas de las comunidades, el cumplimiento de las prácticas sociales locales los coloca como puntos de aceleración de la propagación de la enfermedad. Hasta la primera fase del plan de contingencia, es sabido que los y las primeras infectadas fueron personas que viajaron o retornaron del extranjero, su posibilidad de financiamiento del viaje los ubica como integrantes de la clase media para arriba. A través de ellos, los subsecuentes contagios involucran a sus círculos familiares y amistosos casi todos ubicados en zonas urbanas. La parte menos visible es que esas personas, tienen bajo su cargo a personal para la realización de los servicios domésticos, de mantenimiento, de abastecimiento, entre otras labores en el área de comercio y servicios. Una parte de ese personal, ante la incertidumbre laboral están retornando a sus lugares de origen, provenientes de ciudades como Guadalajara, Monterrey, Ciudad de México, Pachuca y otros destinos.

Así que, retomando la dimensión social del coronavirus, puede ser que los enfermos y enfermas ocurran de manera masiva en el área rural, pues nunca como ahora estamos interconectados con el exterior, esa conexión ocurrió antes que la web, porque la migración es tan antigua como las mismas enfermedades, retornar al lugar de origen significa trasladar con nosotros ese bagaje del lugar donde permanecimos, en esa maleta también pueden estar el Covid-19.

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