En esta ocasión, quisiera plantear en este espacio algunas reflexiones sobre problemas que a mi juicio afectan la enseñanza superior, más concretamente, de la ciencia económica. Si bien el doble cometido de esta última es producir y distribuir la riqueza, con frecuencia el primero se pondera en muchos planes de estudio de las escuelas como casi único, sin ocuparse sobre quién se apropia la riqueza y se beneficia de lo producido. Incluso, en algunas instituciones se considera como impropio del economista ocuparse del problema de la distribución y de la pobreza. De acuerdo con este enfoque, postulado sobre todo por la escuela de Chicago y otras seguidoras de la misma línea, lo único que merece ser estudiado, y formalizado con todo rigor, es la producción, y que la tarea fundamental es contribuir a elevar la eficiencia productiva, reduciendo el dispendio de recursos.
La meta es optimizarlos, fortalecer la disciplina laboral, abatir costos, todo ello hacia una elevación de la productividad, con el fin último de elevar las utilidades de las empresas. Y, ciertamente, producir con eficiencia es una tarea fundamental a la que deben aplicarse los economistas, y para ello se hace necesario el análisis cuantitativo riguroso. Es fundamental elevar la eficiencia productiva y optimizar; son retos vitales de toda economía exitosa. Para distribuir, primero hay que producir; por eso es falsa toda promesa política que ofrezca reparto de riqueza sin que a la vez explique cómo crearla.
Por ello, producir eficientemente no agota la contribución de la ciencia económica a la felicidad de los seres humanos (desde mi punto de vista, su objetivo central). Debe ayudar a explicar y resolver los problemas de la distribución de la riqueza, para lograr que todas las familias puedan gozar los satisfactores creados. En la distribución está el sentido humano de la economía. Sin embargo, el minusvalorar este aspecto responde a intereses bien definidos, concretamente de los empresarios, cuyo interés no está en poner a discusión el reparto de la riqueza, sino solo su producción, argumentando, cuando mucho, que si se produce más, ésta permeará hasta las capas inferiores de la sociedad: la llamada teoría de la filtración. El hecho es que gracias a que detentan el derecho de propiedad sobre los medios de producción, aquellos se apropian el producto, sin necesidad de políticas distributivas de ninguna índole. Así, el derecho de apropiación no corresponde a quien creó las cosas, sino a quien posee los medios con que fueron creadas. Por eso, para ellos, no vale la pena discutir el punto.
En cuanto a la metodología del análisis y la exposición de esta ciencia, sin duda alguna que una herramienta fundamental es la matemática, valiosa disciplina que ayuda a la economía y le da rigor en el análisis; sin embargo, suele ocurrir que tras este argumento, totalmente cierto, suele arrancarse a la economía del contexto de las ciencias sociales a las cuales pertenece, no obstante, toda la formalización que de ella pueda hacerse. Y un hecho central a considerar, al reivindicar el carácter de ciencia social de la economía, es el reconocimiento, en la enseñanza, de que vivimos en una sociedad dividida en clases sociales en conflicto, algo que queda oculto en el enfoque predominante en la enseñanza, que concibe a la economía como un mundo aparte, ideal, políticamente aséptico, donde no hay pobres, ni ricos, ni intereses de clase, induciendo así a estudiantes y futuros profesionistas a vivir, o a querer vivir, en un ambiente desvinculado de la realidad social.
Otro problema frecuente en la enseñanza de esta ciencia es que se la expone de manera ahistórica, mostrando al sistema actual como definitivo y único, como si no hubiera existido nada antes, ni fuera a existir nada diferente después. La economía de mercado resulta entonces la suma y síntesis, el techo, de la historia, sin pasado ni futuro. Es del todo necesario reforzar la investigación y la exposición económica con la aportación insustituible de la historia, pues es sabido que nada puede comprenderse a fondo si no se ha entendido su origen y las circunstancias en que surgió, así como las leyes que rigen su devenir. Los enfoques fijos son engañosos.
Indispensable, también, es el soporte filosófico de la economía; pero por desgracia, en muchas esferas intelectuales tiene gran aceptación el principio positivista que considera a la filosofía no como ciencia auxiliar fundamental de las disciplinas particulares, sino más bien como un estorbo, o como un asunto de ideología, o de razonamientos místicos, ajenos a la ciencia. Se niega así su importancia como herramienta que ayuda a sistematizar y generalizar conocimientos, a descubrir leyes o regularidades del desarrollo y a dotar de método general a las ciencias particulares.
Pero sucede que mientras por un lado expulsan a la filosofía, por otro la introducen de contrabando en forma de supuestos básicos sostenidos en tesis filosóficas no demostradas, pero aceptadas con carácter axiomático, como dogmas. Por ejemplo, se asume, y se da por bueno, que el hombre es egoísta e individualista por naturaleza y que siempre buscará solo su provecho, aún en daño de los demás; que no puede modificar su realidad social, y que lo más inteligente es adaptarse a ella, etcétera.
Por último, en este breve resumen de los que considero retos de la enseñanza económica, no podemos dejar de mencionar la necesidad de que los profesionistas dominen, al menos, un idioma extranjero. En nuestra sociedad globalizada ya no hay economías aisladas, ni se puede aspirar a la autarquía. Las relaciones sociales son cada vez más globales, por lo que hablar otra lengua es decisivo para el éxito. Y finalmente, pero no menos importante, si pensamos en el modelo de profesional que nuestra sociedad requiere, todo proceso educativo debe incluir, en alguna medida, al arte, el deporte y la cultura general como elementos indispensables; sin ellos estaríamos produciendo robots, no seres humanos preparados.

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